La sombra del palo de achiote

A los 7 años Cándido emigró a la capital con cinco primos más, un tío se los llevó para que empezaran a trabajar y ayudaran en los gastos de la casa, en las madrugadas lo ayudan con su venta de jugos de naranja, atol y panes con frijoles que pone cerca de la pasarela de la avenida Bolívar; durante el día trabajan en un lava carros y en las noches le ayudan con la venta de elotes y güisquiles cocidos que venden en canastos cerca de la pasarela del Aguilar Batres y el periférico, para aprovechar cuando salen los alumnos de la Universidad de San Carlos. Originario de Nahualá, Sololá, Guatemala, Cándido aprende a encerar carros a mano a la velocidad en la que se le va olvidando el kaqchikel, su idioma materno. Regresan al pueblo sólo para Navidad y dos días para la feria patronal, viven en una champa hecha de lepas y pedazos de lámina en un terreno que su tío invadió cuando recién crearon Ciudad Peronia, una periferia cercana a Villa Nueva y a Ciudad San Cristóbal a donde también fueron a invadir cientos de familias que salieron huyendo de sus pueblos en occidente a finales de los años del genocidio. Cándido tiene 4 hermanas menores, su papá trabaja en los sembradillos de Zunil, llega a la casa una vez al mes y su mamá hace chuchitos para vender todas las tardes.


En Peronia, Cándido ha conocido gente de todas partes de occidente, sólo en su cuadra puede contar unas 20 familias de pueblos distintos que hablan otros idiomas apararte del español, con los años se ha enterando que la mayoría tienen familiares desaparecidos y masacrados por el ejército, a otras les quemaron sus cosechas y sus casas entonces buscaron refugio en la capital y ahí se enteraron del nuevo proyecto habitacional del presidente Vinicio Cerezo, invadieron en Ciudad Peronia y encontraron nuevo hogar donde han podido comenzar de nuevo al que les ha tocado defender de los antimotines en varias ocasiones, porque llegan en cuadrillas a quemarles sus covachas y a tratar de sacarlos, pero sus deseos de quedarse han sido más fuertes y han resistido una y otra vez, a su tío la policía ya le deshizo la covacha tres veces pero él dice que si se la deshacen cien veces él la levanta mil más pero que no lo sacarán de su hogar.

Al poco tiempo de estar ahí hicieron un destacamento militar entre la aldea La Selva y El Calvario justo al pie de las montañas y las familias aterrorizadas comenzaron a ver el desfile de camiones llenos de soldados que pasaban por el bulevar principal, en escuadrones los soldados caminan por las calles cuando bajan a la colonia a comprar comida y sus cosas de limpieza personal viaje que muchos aprovechan para emborracharse sus tragos en las cantinas.

Las familias capitalinas y de oriente que no han vivido la crueldad del genocidio y la Tierra Arrasada los ven sin ningún temor pero las familias indígenas de occidente que viven en las cercanías del mercado, El Asentamiento y de La Surtidora entran en pánico y no se atreven a salir de sus casas por el miedo porque saben de lo que es capaz el ejército; sin embargo los soldados rasos que son jóvenes, casi niños, indígenas también del occidente a quienes han obligado a realizar el servicio militar no pasan de comprar sus cosas, tomarse unos tragos y regresar al destacamento militar. Pero una noche los despierta el estruendo de varias ametralladoras, al día siguiente se enteran de la noticia; unos soldados ebrios a los que les entró la noche buscando cerveza lograron llegar al Asentamiento y tocaron la puerta de una tienda en la madrugada, mientras gritaban que les vendieran cerveza, la familia dormía, se levantó el papá a ver quién somataba la puerta de esa forma y se encontró con soldados armados y borrachos a quienes les dijo que no les podía vender porque era muy tarde y que la tienda estaba cerrada, a todo esto ya había llegado la esposa y los hijos y les suplicaban que se fueran, pero los soldados insistieron en la cerveza y totalmente fuera de control les dispararon masacrándolos ahí mismo. Otros cuentan que sí les vendieron cerveza por el temor, pero ellos querían más y cuando les dijeron que no los masacraron; lo que se convirtió en noticia nacional porque una vez más en tiempos de democracia unos soldados masacraban a una familia indígena. Lo sucedido aterroriza a las familias indígenas del Asentamiento y muchas emigran fuera del país por el terror de la masacre en manos del ejército y así es como su tío que ya tiene esposa y una hija recién nacida agarra a su familia y también a los sobrinos y se los lleva lo más lejos que puede, logran llegar a Estados Unidos.

Cruzan por el lado del río Bravo es el 24 de diciembre de 1993, no les cuesta cruzar México, se transportaron en autobús, el país sigue siendo lugar de refugio de miles de familias indígenas que hicieron asentamientos en Chiapas y alrededores, cuando salieron huyendo del genocidio. A su tío le da posada en California un amigo que salió con toda su familia desde El Ixcán, Quiché en 1989, les contó su tío que a su amigo le masacraron a sus papás, tíos, abuelos, primos, 34 miembros de su familia en total en todo Quiché.

Cándido lleva 29 años trabajando en los viñeros en California, sus primos en los campos de cultivo de verduras de los alrededores y su tío vive en Colorado donde hay una comunidad de Nahualá con la que han comprado entre todos un pedazo de tierra que les sirve como parcela para sembrar en verano; tienen loroco y chipilín además de la milpa, el maicillo y las enredaderas de ayote, trabaja con su esposa limpiando oficinas. Cada año recaudan fondos, útiles escolares, camiones llenos de cajas de ropa, zapatos y medicina para los pobladores de Nahualá.

Cándido se casó con una joven de Totonicapán que conoció trabajando en los viñedos, tienen 4 hijos, todos estadounidenses que también trabajaron en los viñeros media jornada mientras estudiaban, todos se graduaron de la Universidad de California y todos hablan el idioma materno que es el kaqchiquel, idioma que Cándido aprendió de nuevo con su esposa.

Recién ha logrado sacar sus papeles, los pidió su hija mayor. Por primera vez en 29 años tiene planeado ir a Guatemala a visitar a sus papás y a sus hermanas, a quien nunca ha dejado de enviarles remesas mensuales, allá lo esperan con los brazos abiertos, los ojos secos de no verlo y con el negocio familiar: la Panadería Cándida que reparte pan en todo Sololá. Cándido ha pasado soñando 29 años con el retorno a su natal Nahualá, para abrazar de nuevo a sus padres y a sus hermanas, aunque sólo sea por una semana, ya que no le dan más tiempo en el trabajo y no son vacaciones porque no le pagarán los días, pero eso es lo de menos para él que flota en el aire con la ilusión de ver de nuevo a quienes nunca dejaron de enviarle en encomiendas tamalitos de frijol, café molido, gallinas de patio asadas y achiote molido del palo de la casa; árbol que Cándido recuerda patente aunque dejó de verlo cuando tenía 7 años, la primera vez que emigró.



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Ilka Oliva Corado


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