La suplantación del pensamiento crítico en la vida pública

En su libro Crítica y verdad, el filósofo y semiólogo francés Roland Barthes (1915-1980) argumentó que la crítica es una acción social creativa orientada a discernir o distinguir y a desdoblar con miras a hacer inteligible la realidad. De tal modo que es posible agregar que la crítica es un decir, pero –ante todo– es un hacer para posicionarnos ante el río caudaloso de los acontecimientos y sus avatares inciertos.

Sin el ejercicio del pensamiento crítico el ser humano tendería a extraviarse en el mar del sinsentido, a omitir la relevancia de la construcción del futuro y de las alternativas de sociedad, a perpetuar el estado de cosas y a invisibilizar las limitaciones del poder en cualquiera de sus formas. De tal modo que el pensamiento crítico denota un ejercicio de creatividad para trastocar el statu quo y para navegar a contracorriente de aquellas narrativas que se pretenden erigir como verdades incuestionables e inmutables. Mientras el establishment se esfuerza por encubrir sus contradicciones a través del control de las significaciones, el pensamiento crítico apuesta por el deseo de transformar la realidad mediante la imaginación creadora y el argumento razonado.

Sin embargo, en la vida pública puede constatarse un retraimiento respecto al ejercicio del pensamiento crítico y a su misión histórica y creadora. Sujetos a la lapidación de la palabra (https://bit.ly/3aDAs7x) y a la tergiversación semántica, los debates públicos no solo son despojados de toda posibilidad de desplegar el pensamiento utópico (https://bit.ly/30kbnsV), sino que son vaciados de sustancia al hacer de la crítica un falaz ejercicio de destrucción de "el otro" y de su forma de pensar y concebir la realidad. La instauración de una sociedad de los extremos –de posturas e intereses creados encontrados– (https://bit.ly/3oWfhlT) torna ininteligible el sentido y las causalidades de los problemas públicos y de la realidad social en general; al tiempo que distancia a quienes piensan diferente de aquel o aquellos que pretenden instalar una versión de la "verdad". Lo que subyace en ello es un extravío ideológico (https://bit.ly/3jcOkKz) ante la ausencia de referentes en la praxis política, que se complementa con una carencia de respuestas ante el carácter convulso y lacerante de los problemas públicos (https://bit.ly/3xBINRZ). Siendo ello una manifestación más del colapso civilizatorio contemporáneo.

Si la política no se mira más como una praxis orientada a la transformación de la realidad social, entonces el ejercicio de la crítica es superfluo y carente de sentido. Significando ello un vaciamiento de la inteligibilidad y una proclividad a privilegiar el vuelo rapaz de las emociones pulsivas y la confrontación vaciada de razonamiento y argumento. Esta suplantación del pensamiento crítico se corresponde con el triunfo incuestionable del individualismo hedonista (https://bit.ly/2QIhEMG) y su tentación de trivializar la vida pública y el fortalecimiento de la cultura ciudadana.

Lo anterior no es privativo de alguna sociedad en lo particular. Lo mismo se suscita en Europa, que en los Estados Unidos o en América Latina y en el resto mundo subdesarrollado. Ampliando con ello los márgenes para encubrir y silenciar las causas profundas de los problemas públicos, y obstruyendo semánticamente toda posibilidad de cuestionar el carácter excluyente y depredador del patrón de acumulación hegemónico.

Los mass media convencionales –e, incluso, las mismas redes sociodigitales– desempeñan a la perfección su papel de friccionar toda posibilidad de crítica tras adoptar perspectivas descontextualizadas y personalistas en torno a los problemas públicos. Desde sus tribunas es eclipsada la vocación para cuestionar la realidad social tras desatar la "maquinaria infernal" que estigmatiza, ningunea y sofoca todo ejercicio de discernimiento. Si se apela a la emoción pulsiva y no al debate razonado, entonces las sociedades se deslizan instintivamente por los senderos de la denostación, la mentira y el control de las mentes y las conciencias; fungiendo ello como un dispositivo de poder que tiene limitados contrapesos.

La pandemia del Covid-19 representa el dispositivo de control perfecto para afianzar un pensamiento hegemónico en torno a la realidad social y sus problemáticas urgentes (https://bit.ly/3l9rJfX). En tanto crisis sistémica y ecosocietal, las distintas manifestaciones de la pandemia fueron invisibilizadas tras capitalizarse el miedo, la impotencia, el negacionismo y la indiferencia de amplios sectores de la población mundial. En aras de afianzar la falacia de la "nueva normalidad", no solo se impuso una "verdad" respecto a este fenómeno, sino que se sofocó toda posibilidad de deliberación pública en torno a las salidas y las posibles soluciones. Ni las élites políticas e intelectuales mostraron posicionamientos críticos al respecto, sino que se replegaron al dictado marcado por la construcción mediática del coronavirus (https://bit.ly/2VOOQSu), omitiendo las causalidades, descontextualizando los acontecimientos y tergiversando las múltiples facetas e interpretaciones al respecto.

Lo anterior también se observa en el tratamiento de las vacunas y las costuras geopolíticas que en su invención, comercialización y aplicación subyace. Estos biológicos se erigieron en territorios de disputa que se engarzan con los dispositivos de control y con las estructuras de poder y riqueza que pretenden monopolizar la salida de la crisis pandémica. La supuesta crítica no es más que un dispositivo de ataque y descalificación en el contexto de las luchas hegemónicas en las relaciones económicas y políticas internacionales. Y aquí es donde los mass media y sus comentócratas se autoerigen en furibundos expertos en la materia (https://bit.ly/3yNzTkO).

En suma, el extravío del pensamiento crítico se relaciona con la misma despolitización y desciudadanización de las sociedades contemporáneas y con el entetanimiento (o tittytainment) sugerido por el geoestratega Zbigniew Brzezinski, y que se posiciona como un macro-experimento de propaganda desde finales del siglo XX hasta la actualidad con la finalidad de no cuestionar el credo infundado del patrón de acumulación imperante y del estilo de vida que le es consustancial.

Reivindicar el ejercicio del pensamiento crítico en la vida pública atraviesa por rescatar al ciudadano de las garras marcadas por estas tendencias analizadas. La misma cultura política no sería tal sin esa capacidad de desplegar el vuelo de la imaginación creadora y sin la capacidad para conciliarla con la construcción de escenarios alternativos. No menos importante resulta la capacidad de las sociedades para desembarazarse del poder e influencia que ejerce la industria mediática de la mentira. Solo así tornaremos inteligible la realidad social y sus lapidarias problemáticas.



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Isaac Enríquez Pérez

Ph D. en Economía Internacional y Desarrollo. Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 isaacep@comunidad.unam.mx      @isaacepunam

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