(Dia)lógicas y paralajes sobre lo público

¿Por qué quienes provocaron la crisis ahora se presentan como la solución?



Uno de los síntomas de la crisis de la praxis política (https://bit.ly/2OdSmBL) es la desmemoria o el olvido. Entre los grandes triunfos de la ideología del fundamentalismo de mercado y de la racionalidad tecnocrática predominantes a lo largo de las últimas cuatro décadas, se encuentra –a nivel mundial– la instauración del individualismo hedonista (https://bit.ly/2QIhEMG), la desciudadanización, la trivialización de la vida pública y el olvido respecto a las crisis y catástrofes contemporáneas. Pese a los cúmulos de información que invaden a toda hora a las audiencias masivas, éstas se tornan incapaces de procesarla o de discernir su calidad o veracidad. De ahí que información no sea sinónimo de conocimiento ni de formación de la cultura ciudadana.

Sin embargo, la desmemoria respecto a la vida pública y sus avatares responde a un proceso más amplio que no se limita a la tergiversación semántica o al acceso a información de calidad. Hunde sus raíces en el inmediatismo y en el carácter efímero de las sociedades contemporáneas; así como en la pérdida de confianza en la política como praxis transformadora y emancipadora de la realidad y sus problemáticas. Las mismas élites políticas e intelectuales son embargadas por esa crisis de sentido donde se pierde la fe en el futuro y en las posibilidades de cambio en las sociedades. Se deja de imaginar y proyectar el futuro, y prevalece la tendencia a la gestión de los problemas públicos, más no a la solución de sus causas profundas, sistémicas y estructurales.

Entonces, si se pierde de vista o se suprime el futuro como horizonte de acción y transformación, el ser humano diluye todo referente que oriente su posicionamiento y praxis en el espacio público. Y si los referentes se pierden, no resta más orientación que la falsa brújula brindada por la selva que se forma en las redes sociodigitales y el espesor de la jungla que se erige en sus autopistas de la desinformación, el odio, la emoción pulsiva, y de la imagen que se antepone a la palabra. De ahí que las élites políticas tiendan a reciclarse apelando al olvido inducido que prevalece entre los ciudadanos; tergiversando incluso el presente y el pasado de esas sociedades e instaurando un discurso maniqueista y sectario.

Tanto facciones conservadoras como autodenominadas progresistas se arrogan la “verdad” y en torno a ello afianzan sus posturas y disputas. Sin embargo, prácticamente el conjunto de esas facciones de las élites políticas se tornan incapaces de imaginar y proyectar escenarios alternativos de sociedad. No es que no lo quieran, sino que padecen una lapidaria resignación que les imposibilita en el esfuerzo intelectual que supone la construcción de esos escenarios. La denostación y la confrontación suplanta toda posibilidad de imaginar alternativas de sociedad y, entonces, el futuro no es más que una prolongación de un presente que se concibe como inmutable, eterno y ajeno a toda posibilidad de transformación social.

El ideario ultra-liberal, desde sus orígenes, apela a relegar la relevancia del Estado y de la política como praxis colectiva y emancipadora que considera el interés común; sustrae a su vez el tema lacerante de las desigualdades y se muestra incapaz de comprender las causas profundas y estructurales de los problemas públicos. El mercado y la iniciativa privada son asumidos como un mantra incuestionable y, a su vez, son aderezados con una teoría económica que –como principal referente ideológico y moral– privilegia la ganancia del individuo y su afán de competencia por encima del sentido de comunidad. Entonces la eficiencia económica se antepone a la equidad y al bienestar social o, a lo sumo, éste es concebido como resultado de la sumatoria del bienestar individual.

El “emprendedurismo” y el afán de lucro y ganancia que le son consustanciales, tienden a suplantar los valores de la Ilustración europea. De ahí que la libertad, la justicia, la cooperación, la solidaridad, entre otros, son soslayados con la entronización del individualismo hedonista, el cálculo racionalizador del coste/beneficio, y el olvido del pasado. Más todavía: el número se impone al argumento y la cantidad a la cualidad, a los juicios valorativos y a los ideales o referentes intangibles. La crisis pandémica y su obsesión compulsiva por el dato son muestra clara de ello en la actualidad. Las sociedades se rigen por la cantidad de contagios, muertes o pacientes recuperados, y no por el imperativo de comprender las causas profundas de la crisis epidemiológica global (https://bit.ly/3l9rJfX). Entonces la vida pública experimenta un imperialismo del cuánto que se antepone al por qué y al cómo. De ahí que las élites políticas sean incapaces de despojarse de lugares comunes en su retórica demagógica.

Sin embargo, se contabiliza el éxito del fundamentalismo de mercado, pero no los impactos de la acumulación por despojo y –tras la “quiebra” de las grandes corporaciones– de los paquetes de rescate en el bienestar (o malestar) de las sociedades contemporáneas. No existen juicios de valor respecto a los impuestos sustraídos a las clases trabajadores, y canalizados a este ejercicio de “socialismo de los ricos”, la corrupción, o a las exenciones fiscales y al pago de servicios básicos que apuntalan los procesos de acumulación de capital en las empresas.

Quienes suplantaron a la política por la racionalidad tecnocrática y la expertise de los gestores, no repararon –al menos en su discurso, que no en su mentalidad– que las brechas de la desigualdad se ensancharían y que el Estado es fundamental para salir de las recurrentes crisis que esas élites tecnocráticas provocaron desde los años ochenta hasta la actualidad. No solo erosionaron a las clases medias como escalafón socioeconómico que representó las posibilidades de la movilidad social, sino como grupo social capaz de fraguarse una cultura ciudadana que posibilitara el ejercicio del pensamiento crítico. La pauperización social y el empobrecimiento son el signo de los nuevos tiempos y el sostén mismo de la expansión de las grandes corporaciones transnacionales y del capitalismo rentista/financiero.

Lo lamentable de esta generalizada resignación es que quienes provocaron esas crisis desde hace cuatro décadas hasta la actualidad, se presentan ante la opinión pública como los salvadores del desastre y como los adalides de las soluciones que enderezarán el camino en cada uno de los países donde esas convulsiones acrecentaron la vulnerabilidad de los ciudadanos. Y se presentan como tal porque se atienen al olvido y a la orfandad ideológica que asedian a los ciudadanos.

Por ejemplo, en Italia, tras el azote de la crisis pandémica Giuseppe Conte dimitió como Primer Ministro en enero de 2021. Su lugar fue ocupado por Mario Draghi, antiguo empleado de Goldman Sachs, ex gobernador del banco central de Italia (2006-2011) y Presidente del Banco Central Europeo (2011-2019). Ávido de impulsar las medidas propias de las políticas de austeridad fiscal y de cuantiosos recortes en los presupuestos sanitarios, desde esos cargos financieros Draghi fue uno de los causantes de las crisis económico/financieras que asolaron a la Europa mediterránea desde el 2008, y ahora como Primer Ministro Italiano se presenta como el salvador de la crisis acentuada con la pandemia del Covid-19. En la primera década del siglo XXI fueron también casos paradigmáticos de esta tendencia el economista y tecnócrata Mario Monti en Italia y Lukás Papadimos en Grecia.

En los Estados Unidos, Joe Biden (http://bit.ly/3bGyfJ9) se presenta como la solución a los grandes problemas (desempleo, pauperización social, desahucio de viviendas, crisis sanitaria) causados por la élite plutocrática y el viejo establishment político de Washington del cual él es fiel representante. En Ecuador, Guillermo Lasso, como ex banquero se presenta como la solución a las múltiples crisis de la nación andina. Y en México, con el proceso electoral 2020-2021, no deja de llamar la atención que la misma élite tecnocrática arraigada en los partidos tradicionales que impulsaron el fundamentalismo de mercado que está detrás de las grandes crisis de las últimas décadas, ahora se erijan en la solución sin más argumento que el ataque, la denostación y el odio.

Solo la desmemoria y los intereses creados explican el retorno de estas facciones a la conducción de la vida pública en distintas naciones. Y ese olvido no podrá remontarse con la indiferencia de los ciudadanos respecto a la praxis política. Solo la información veraz y la pluralidad de voces y posturas contribuirán a esa (re)construcción de la cultura política y al alejamiento de la desciudadanización y despolitización de la vida pública.



Investigador de El Colegio Mexiquense, A . C., escritor y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos.

Twitter: @isaacepunam


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Isaac Enríquez Pérez

Ph D. en Economía Internacional y Desarrollo. Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 isaacep@comunidad.unam.mx      @isaacepunam

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