Te recuerdo Víctor Jara

Víctor Lidio Jara Martínez nació el 28 de septiembre de 1932. Es decir, si la barbarie no se hubiese apoderado de Chile en el año 1973, en el noveno mes del año tan agitado e histórico para el pueblo chileno, el insigne cantor y artista integral estaría cumpliendo 88 años de vida. El golpe de estado contra Salvador Allende, presidente que impulsaba a la nación austral hacia una profunda transformación social, dejó una estela de sangre y muerte que jamás dejará de doler.

Una de las acciones trágicas más significativas de lo que se conoce como la dictadura chilena fue el martirio al que sometieron al cantor. Víctor estaba por cumplir 41 años cuando le arrebataron su vida. Augusto Pinochet dio su zarpazo el 11 de septiembre y al día siguiente, en la sede de la Universidad Técnica del Estado, se llevaron a docentes y estudiantes, entre ellos a Jara, quien había asistido a su lugar de trabajo a darle ánimo a su gente en esas horas de angustia e incertidumbre que les tocó vivir en la capital chilena.

Al ser reconocido por los militares, Víctor fue apartado de todos y llevado a uno de los camerinos del estadio. El recinto deportivo había sido convertido en un campo de concentración. Varios días lo tuvieron retenido en el estadio Chile junto a otras 5 mil personas. Y no fue sino hasta el 19 de septiembre cuando hallaron su cuerpo en los alrededores del Cementerio Metropolitano, con evidencias de tortura y con 44 impactos de bala según reveló su autopsia. La dictadura asesinó al hombre y le dieron vida a la leyenda.

El rostro del fascismo

En esas horas aciagas, Víctor escribe lo que significó su último poema. En el texto, el cantor nos revela la cantidad de personas secuestradas. "Somos cinco mil", así comienza sus angustiosas líneas donde describe la agresividad, que horas posteriores, él viviría: "Un muerto, un golpeado como jamás creí se podría golpear a un ser humano".

Más adelante expresa: "¡Qué espanto causa el rostro del fascismo! / Llevan a cabo sus planes con precisión artera sin importarles nada / La sangre para ellos son medallas / La matanza es acto de heroísmo". Seguidamente, eleva una pregunta: ¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío? / ¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo? / En estas cuatro murallas sólo existe un número que no progresa / Que lentamente querrá la muerte.

Y para cerrar este histórico texto, describe su condición, su sentimiento y su destino: "Canto, que mal me sales / cuando tengo que cantar espanto / Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto / de verme entre tantos y tantos momentos del infinito en que el silencio y el grito son las metas de este canto / Lo que nunca vi, lo que he sentido y lo que siento hará brotar el momento..."

Hombre de teatro

Luego de pasar 2 años en el seminario de la Congregación del Santísimo Redentor, en la zona sur de Santiago, provincia del Maipo, desiste del sacerdocio. Afectado por la muerte de su madre, buscaba, dentro del ministerio de Cristo, refugio. Al respecto dijo en una entrevista en Moscú, lo siguiente: "Para mí fue una decisión muy importante ingresar en el seminario, (…) lo hice por razones íntimas y emocionales, por la soledad y la desaparición de un mundo que hasta entonces había sido sólido y perdurable, simbolizado por el amor de mi madre."

Luego de esa experiencia y de cumplir dos años en el servicio militar obligatorio, ingresa al Coro de la Universidad de Chile. En su tiempo en el seminario, aprendió Cantos Gregorianos, eso le serviría, así como toda la influencia musical de su madre, porque es en la universidad donde logra desarrollar su potencial como hombre de teatro y como músico, cuando conoce al grupo Cuncumén y a Violeta Parra. Allí comienza a perfilar su vocación hacia el canto. Pero no cualquier canto, sino aquel que se compromete con la visibilización de sus iguales, de su pueblo, sus luchas y sus sueños.

Con tan solo 27 años y gracias a su dedicación al teatro y a la música, dirigió obras y viajó por diversos países. A inicios de la década de los sesenta recibe el título de Director Teatral, integrando el cuerpo de docentes de la universidad. Con el Premio "Laurel de Oro", entre otros reconocimientos, logra consolidarse como uno de los directores teatrales más notables de su época.

El cantor

"En mi casa siempre había una guitarra, porque mi mamá era cantora", dice un sonriente Víctor en la entrevista realizada en Panamericana de Televisión del Perú, en julio de 1973 (dos meses antes de su cruel asesinato). En el programa, el cantor canta y cuenta. Canta sus temas, habla de su amistad con Violeta Parra, su familia y la trascendencia en su vida. También cuenta su visión del amor, sentimiento que define como la esencia de un cantor popular.

Chile, en los años sesenta e inicio de los años setenta, era una cantera cultural. El trabajo de Violeta Parra es uno de los pilares fundamentales para comprender esa dinámica creativa en el sur del continente. Cantores y grupos como Patricio Manns, Rolando Alarcón, Tito Fernández "El Temucano", Inti Illimani y el Quilapayún, agrupación con la que Víctor trabajaría un buen periodo, son esenciales para la obra musical de Jara.

Víctor Jara nos dejó 8 discos como cantor. El primero en el año 1966, titulado "Víctor Jara". Al año siguiente, grabó dos. El llamado "Canciones folclóricas de América", el cual graba con el Quilapayún y otro homónimo también. Luego precisamos que entre el año 1969 y 1973 realiza 5 trabajos discográficos. Los nombres son: "Pongo en tus manos abiertas", "Canto Libre", "El Derecho de Vivir en Paz", "La Población" y "Canto por Travesura", respectivamente.

"Te recuerdo Amanda", "Luchín", "Canto Libre", "Ni chicha ni limoná", "El Arado", "Manifiesto" son parte de sus composiciones más emblemáticas. Con "Plegaria a un labrador" obtiene el primer premio en el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, logrando proyectar su talento y su sensibilidad a la canción dedicada al hombre del campo, a sus quehaceres, sus ilusiones y sus desafíos.

Cuando la maldad se desató en su país natal, Víctor Jara se encontraba desarrollando investigaciones dedicadas a la recopilación de canciones populares en el territorio chileno. En honor a su memoria, la Fundación Víctor Jara, dirigida por su viuda Joan Jara, sus hijas y amigos del cantor, mantienen viva la memoria de Víctor, en plena sintonía con la lucha de su pueblo, inspiración del noble cantor chileno que hoy recordamos y que siempre vivirá en la memoria de esta Patria Grande.



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Marco Sarmiento


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