Vasily Chuikov, el más grande Gral de infantería de todos los tiempos

Triunfó en batallas en las que nadie siquiera sonó poder alcanzar. Desarrolló de la nada todas las tácticas de la guerra en localidades urbanas. Destruyó a la fuerza más poderosa que haya visto la especie humana en 700 años, desde los días de Genghis Khan y sus hordas mongolas. Salvó a la humanidad de la monstruosa obscuridad del nacismo genocida. Y nadie en occidente ha escuchado hablar de él.

Eso no habría molestado al Mariscal de la Unión Soviética, Vasily Ivanovich Chuikov, comandante del legendario 62º Ejército que durante más de cinco meses combatió al gigantesco Sexto Ejército nazi, paralizándolo en las márgenes del Río Volga, siempre en inferioridad numérica en factores de hasta quince a uno.

El comandante victorioso de Stalingrado continuó su marcha hasta convertirse en el conquistador de la capital nazi, Berlín. Siempre fue mítico.

Por otra parte, Chuikov era un excelente escritor e historiador. Sus memorias de guerra son las más vívidas, dramáticas y analíticamente brillantes desde que Julio César escribió “Las Guerras Gálicas” hace más de dos mil años. Nada los iguala.

Sin embargo desde hace sesenta años en que se publicara en Occidente una abreviada aunque excelente versión de las memorias de Chuikov , solo la historia de la guerra de Michael K. Jones titulada “Stalingrado: Cómo Triunfó el Ejército Rojo” en el año 2007 reconoce el rol pivotal que él desempeñó.

Sencillamente se trató del más grande ejemplo de liderazgo militar por un solo hombre (o mujer) en la historia humana.

El Sexto Ejército alemán había sido la punta de lanza invencible e indetenible de las armas del Tercer Reich que ya había conquistado Polonia, Bélgica, Francia, Yugoslavia, Grecia y gran parte de la Rusia Europea en apenas dos años y medio, desde la primavera del año 1940 al otoño de 1942.

Pero, en los escombros pulverizados de la ciudad de Stalingrado, ciudad que la aviación del general Wolfram Frieherr Richthofen , la Luftflotte 4 había convertido en una pira funeraria para cientos de miles de mujeres y niños rusos, los alemanes encontraron la horma de su zapato.

Para el legendario 62º Ejército Soviético afincado a la orilla occidental del Río Volga a veces a una distancia de apenas 20 metros, bajo las órdenes del general Chuikov quien de manera sorprendente, de la noche a la mañana se convirtió en el principal experto del Ejército Rojo en tácticas de guerra en localidades urbanas. Literalmente fue en Stalingrado donde él escribió el libro sobre las tácticas exitosas de guerra en localidades urbanas.

Se trató de algo absolutamente diferente a todo lo que la Wehrmacht nazi había enfrentado con anterioridad. Las tácticas de la guerra relámpago con las cuales habían conquistado casi toda Europa en cuestión de meses, repentinamente estaban paralizadas. Un ejército acostumbrado a avanzar cientos de kilómetros cada semana, repentinamente estaba sufriendo miles de bajas solo para ganar una vivienda o parte de una fábrica cada vez. El ejército alemán sufrió más bajas en la lucha por tomar un simple elevador de granos, una planta fabril o un centro comercial que en invadir países enteros.

En sus grandiosas memorias Chuikov trae de regreso a la vida los apasionados ritmos del combate urbano.

“Acérquense a las posiciones del enemigo. Arrástrense por el suelo aprovechando cada cráter y las ruinas. Porten su subametralladora al hombro. Carguen diez o doce granadas de mano. El cálculo y la sorpresa estarán entonces de nuestro lado… una vez dentro del edificio lancen una granada. Luego de un breve lapso, otra granada y en seguida fuego de ametralladoras y así seguir adelante.”

Visitando a Chuikov inmediatamente después de la gran victoria soviética, el occidental corresponsal de guerra Alexander Werth, autor del clásico “Rusia en Guerra” realizó un vívido retrato del gran general.

Werth describió a Chuikov como “un típico oficial del Ejército Rojo, grueso y fornido, pero con un alto nivel de bonhomía y una risa estruendosa. Tenía una sonrisa dorada. Todos sus dientes tenían tapaduras de oro y brillaban son la luz de las lámparas eléctricas.”

Chuikov denominó el día 14 de octubre de 1942 como “el más ferozmente sangriento día de toda la batalla. Los nazis trajeron tres divisiones frescas de infantería, dos divisiones de tanques, apoyadas por una masa de infantería más su aviación… Durante la mañana no era posible escuchar los estampidos o las explosiones separadamente; todo estaba mezclado en un solo contínuo y ensordecedor rugido; en un refugio subterráneo donde la vibración era tal que una taza podía estallar en mil pedazos. Ese día, solo en mi cuartel general murieron 62 hombres”.

La masacre de soldados soviéticos que cruzaban el Volga desde la orilla oriental para reforzar la ciudad en llamas, fue horrorosa.

“Trajeron a través del río, con grandes dificultades, digamos unos veinte soldados nuevos, digamos unos tipos de cincuenta o cincuenta y cinco años o jóvenes de dieciocho o diecinueve.” –escribía Chuikov. “Permanecían en la orilla temblando de frío y de miedo. Al momento que estos recién llegados alcanzaban la línea del frente, cinco o diez de los veinte que cruzaron ya habían sido muertos por el cañoneo de los alemanes. .. pero, lo peculiar de aquellos muchachos es que cuando alcanzaban la línea del frente rápidamente se convertían en soldados maravillosamente endurecidos. Verdaderos frontoviks.”

Pero si los rusos soportaron un sufrimiento inimaginable, los alemanes repentinamente sitiados, que en realidad superaban a los rusos a razón de siete a uno o incluso de quince a uno, fue muchísimo peor.

“Hemos luchado durante quince días por una sola casa con morteros, granadas, ametralladoras y bayonetas. Ya al tercer día cincuenta y cuatro cadáveres de alemanes yacían tirados en los sótanos, en los descansos y en las escaleras.” Así lo describe un oficial de la División Panzer 24ª de la Wehrmacht .

“Stalingrado ha dejado de ser una ciudad”, exclamó. “De día es una inmensa nube de humo ardiente y cegador; es un gigantesco horno iluminado por los reflejos de las llamas. Y cuando llega la noche, una de esas calcinadas, sangrantes y aullantes noches, los perros se lanzan al Volga y nadan con desesperación para alcanzar la otra orilla.” La noche de Stalingrado los aterra. Los animales huyen de ese infierno, las piedras más duras no pueden resistirlo por mucho tiempo, sólo los hombres lo consiguen.”

Con toda certeza Stalingrado era un infierno, pero finalmente Chuikov regresó a él. A su propia insistencia, fue al único Mariscal de la Unión Soviética que no fue enterrado en los muros del Kremlin. Su tumba está ubicada en el vasto memorial de guerra en el Cerro Mamayev Kurgan, justo debajo de la inmensa estatua que se alza a 170 pies de altura de Rodina Mat, la Diosa Madre Defendiendo la Patria junto a quince mil de sus soldados. Mientras vivieron, los veteranos de esta batalla la visitaron y besaron su tumba.

Traducción por Sergio R. Anacona

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