Venezuela, tras el agotamiento económico. Y las perfidias humanas

Los síntomas de agotamiento económico vienen anunciándose desde hace meses por parte de las principales instituciones mundiales y en Venezuela, no se tomaron las previsiones básicas. Dos datos recientes -de Alemania y la Organización Mundial de Comercio (OMC), respectivamente- corroboran esta tendencia. Recientemente, la Oficina Federal de Estadística de Alemania informó de que la economía del país se contrajo el 0,1% en el segundo trimestre, rozando la recesión. Lo que frenó el PIB alemán fueron las exportaciones, fruto de las incertidumbres sobre un eventual brexit sin acuerdo y la guerra comercial entre EEUU y China, lo que entronca con el segundo anuncio, de la OMC, que prevé que prosiga la contracción de los intercambios comerciales en el tercer trimestre y situó su Barómetro de Comercio de Mercancías en la cifra más baja desde el 2010. Si la amenaza que supone la guerra comercial para la economía mundial no basta para convencer a Donald Trump de la necesidad de desbloquear las negociaciones con China en su totalidad, el mandatario debería pensar por lo menos en los perjuicios para su propio país. Algo de ello hay en la decisión del presidente estadounidense de retrasar para algunos productos la nueva subida de aranceles, cediendo a presiones empresariales. Si Trump no cambia las posturas inflexibles por el diálogo, puede acabar haciendo más mal que bien a los intereses de EEUU que dice defender. Y a los de todo el mundo

Pero, algo fundamental viene sucediendo y es que los evangélicos vienen retomando el liderazgo de los países progresistas ante el descalabro económico ocasionado por sus gobernantes, concejales y diputados, donde se incluye al propio presidente que rige los destinos de cada país que depósito mediante los votos del pueblo, el bastón de dirección política de esa región, ya Australia nombró un primero ministro que es evangélico.

Aunque las bolsas han acogido con cifras en verde las declaraciones de Trump, es improbable que transija con un desarme arancelario que supondría revisar de pies a cabeza las líneas maestras de su programa económico. Es igualmente improbable que una mera declaración de intenciones iraní le convenza de que la república de los ayatolás no aspira a poseer un arsenal nuclear. Es francamente aventurado suponer que renunciará a meter a Rusia en el club del G-7 -mutado en G-8- a pesar de la oposición de los aliados europeos, un asunto apenas discutido en Biarritz pero que para Emmanuel Macron y Angela Merkel no tiene vuelta de hoja. Y es asimismo ilusorio imaginar al presidente corrigiendo a Jair Bolsonaro en su desastrosa gestión de los incendios en la Amazonia, un tema como tantos otros en el que la relativa unanimidad de los convocados oculta diferencias insalvables entre las dos orillas del Atlántico. El G-7 no da para más.

No faltan precedentes para dudar de la hondura de las últimas propuestas y declaraciones de Trump. Hay en todas ellas dosis masivas de improvisación, efectismo y falta de mimbres para que se traduzcan en resultados concretos, y es poco probable que en esta ocasión las cosas discurran de forma diferente. Como tantas veces se ha dicho desde que Trump se instaló en la Casa Blanca, el presidente ha hecho saltar por los aires la idea misma de multilateralismo y ha conducido todos sus pasos hacia una liquidación de los argumentos que tradicionalmente han guiado la política exterior de Estados Unidos.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, prodigaba sus gestos de distensión en varias direcciones al cierre de la pasada cumbre del G-7, menudeaban las sospechas de que las buenas palabras eran poco más que una simulación de última hora. Ni el anuncio de que China está dispuesta a negociar un acuerdo comercial que acabe con la guerra de aranceles ni su disposición a destensar la cuerda con Irán bajo ciertas condiciones disminuye la sensación de que la cita de Biarritz ha sido confusa en sus objetivos y magra en resultados. Era difícil que fuese otro el desenlace después de los tormentosos preparativos de la reunión en plena crisis del comercio mundial y entre una gran incertidumbre sobre los grandes temas de siempre: Siria, la pugna por la hegemonía en el golfo Pérsico, Corea del Norte, el brexit inacabable, los desastres medioambientales y tantos otros.

Una operación salida está también en la expectativa de empresas autóctonas y capitales particulares, que confirmaba el presidente del Círculo de Empresarios, John de Zulueta, anunciando que ya había una fuga de inversiones en España, consecuencia del anuncio de gobierno de coalición del PSOE con Podemos con el apoyo de los independentistas.

Valga esta versión libre del título de la película de Manolo Summers, adaptada a la realidad actual de España para expresar el planteamiento que está empezando a instalarse en las expectativas de muchas de las multinacionales instaladas en España, y que alguna ha empezado ya poner en práctica. O se va a otros países

En la misma línea, y desde estas mismas páginas, las empresas de consultoría alertaban de una oleada de consultas de empresas y particulares para trasladarse a Portugal, además de constatar que algunas multinacionales se están planteando trasladar su dirección ejecutiva para el mercado ibérico desde España al país vecino. Alarma que se hacía patente también en la última Junta Directiva de este año al denunciar una caída de inversiones, que ya se está produciendo y que todo apunta se va a incrementar a corto plazo, especialmente por el auge de los populismos.

Nadie, absolutamente nadie, quiere una relación económica con la izquierda hispanoamericana por los errores cometidos y, no leen los libros claves de Fidel y el Che. La incertidumbre política, los populismos, el Brexit y la falta de una política migratoria en el UE son los cuatro jinetes del Apocalipsis que amenazan las inversiones, en un contexto económico mundial en palabras del presidente de la Comisión de Asuntos Económicos de la patronal, Íñigo Fernández de Mesa, quien definió el actual contexto económico internacional como un "desaceleración sincronizada de carácter global", con especial incidencia en Europa, América Latina y China. Al tiempo en que insistía en que el recurso a la política monetaria "se ha agotado".

Las multinacionales instaladas en nuestro país se plantean ya la 'operación salida'

Entonces, tenemos fuga de inversiones que se produce en un contexto en el que la Comisión Europea, el Banco de España y la propia CEOE certifican que la situación económica de España presenta claros síntomas de empeoramiento, perceptibles tanto en la evolución del consumo de las familias como de la inversión y las exportaciones de las empresas. En consonancia, como expone la organización empresarial, con el debilitamiento de la actividad, se ralentizan también el ritmo de creación de empleo en el sector privado y la reducción de la tasa de paro, y empeoran el saldo por cuenta corriente y la productividad del trabajo.

Las últimas previsiones del Banco de España apuntan a un crecimiento del 2 por ciento del PIB en 2019 y del 1,7 por ciento en 2020 y las avanzadas de la Comisión Europea para España son, incluso, más pesimistas y dejan el aumento del PIB en el 1,9 por ciento en 2019, y en el 1,5 por ciento en 2020. Y si nos centramos en los indicadores de inversión vemos como el indicador de confianza empresarial que publica el INE apunta a una caída del 2,6 por ciento en el cuarto trimestre de este año. Igualmente, el indicador de producción de bienes de equipo muestra una clara desaceleración a lo largo del año con un avance promedio de sólo el 1 por ciento en el tercer trimestre, período en el que las importaciones de bienes de capital han caído un 1,4 por ciento y la inversión en construcción registra un retroceso del 0,7 por ciento interanual tras mostrar un descenso Inter trimestral del 2,9 por ciento.

Cuarenta y cinco años después, deberíamos decir que "no" se puede ser comunista o socialista sin priorizar la ecología política en aras de construir un nuevo paradigma. Debemos destacar que en esta última afirmación el verbo priorizar está indisolublemente supeditado al verbo construir. Es decir, que la relación de dependencia relativa entre comunismo y socialismo de una parte y ecologismo de otra, solamente tiene sentido a la hora de diseñar, proponer y organizar colectivamente una nueva sociedad que necesariamente debe gestarse desde el seno mismo de ésta.

Dos son las líneas argumentales que sustentan la afirmación anterior: el proceso histórico desarrollado desde el siglo XIX y la entidad de la doble tarea a afrontar: detener el desastre del proceso de colapso civilizatorio y asentar las bases de la nueva sociedad.

Desde el siglo XIX han sido cuatro las propuestas de liberación que se han ido sucediendo: las Internacionales obreras ligadas al marxismo y al anarquismo, la aparición en 1949 del libro de Simone de Beauvoir El segundo sexo, que dimensiona al feminismo, la publicación en 1961 del libro Los condenados de la tierra de Frantz Fanon, con el que se abre la perspectiva de la liberación del colonialismo y la validez de la cultura propia para organizarse, y el informe en 1972 de Donella Meadow sobre Los límites del crecimiento; surgía la ecología.

Estas cuatro visiones de la contestación al orden y la cultura dominantes se han ido aproximando y confluyendo. En 1974 se acuña el término Ecofeminismo. En 2001 surge el Manifiesto Ecosocialista y en 2007 la Declaración de Malí sobre la soberanía alimentaria se obliga a producciones agrarias sobre bases sostenibles. Este proceso de síntesis concurrentes nos indica la necesidad de culminarlo en una única propuesta alternativa desde los dominados, pero también desde la mayoría de la humanidad.

Los pobres resultados de la COP25 se deben a que todo depende de los Estados

Uno de los vectores de fuerza que le dieron al primitivo movimiento obrero una garra de especial consenso, fue la idea del internacionalismo. Desaparecida aquella pulsión revolucionaria, la ecología política, en proceso de síntesis con otros impulsos liberadores, tiene la capacidad de construir una nueva - y necesaria - visión del internacionalismo; está ínsita en su esencia.

Los pobres resultados de la COP25 no deben extrañarnos. Las bienintencionadas organizaciones y propuestas oficiales tienen como lastre su dependencia de los Estados, y por ende, de los poderes económicos del sistema con toda su capacidad de crear consensos en torno al consumo, el crecimiento sin límites y la imposibilidad de una alternativa. Deberíamos retomar de las internacionales obreras del siglo XIX la capacidad de crear un mensaje liberador que, precisamente ahora, es más urgente y más necesario por la propia índole del problema a abordar. Un mensaje liberador construido con proyectos concretos y compromisos éticos personales y colectivos. Las embestidas antieuropeístas responden a una motivación ideológica, vengan desde la derecha o desde la izquierda (extremas). La desconfianza en el liberalismo, el miedo a la globalización, el sentimiento de pérdida de la identidad o el rechazo al sistema. Ésa es la línea que une a Salvini con Varufakis, o a Vox con un Podemos que ahora suaviza su posición porque por fin viene dado de tocar poder y no le interesa enfrentarse a Bruselas. Recelo de la sociedad abierta disimulado en la crítica razonable a ciertas consecuencias de la transferencia de decisiones a instancias y jurisdicciones externas.



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Emiro Vera Suárez


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