Fidel y su filosofía de vida

“(…) con la modesta filosofía que he dotado mi más íntimas convicciones siento un profundo desprecio por todas las vanidades y ambiciones humanas. Todo el orgullo del mundo vale menos que un átomo de humildad cuando comprendemos que los hombres somos una desoladora nada”

Desde la niñez he escuchado el dicho de que cada hombre es un mundo, y se pudiera añadir que todos los hombres con sus diversidades forman el mundo. Diferencias físicas, genéticas, de sexo, étnicas, intelectuales, culturales, sociales, espirituales, temporales, circunstanciales, y otras, y otras, ponen su sello individual especial en cada ser humano y pueden determinar su destino durante su existencia. Todo estos o parte de estos factores constituyen parte inmanente de cada hombre o mujer independientemente de su edad.

En torno a la filosofía personal sobre la vida, que tiene su raíz en el sentido de la vida de cada cual, sea trascendente o no para un colectivo humano, la sociedad de un país e incluso para la humanidad entera, siempre se estará en condiciones para valorar en qué medida las influencias internas y propias de cada persona, así como las múltiples externas, han conformado cada personalidad para hacerla anodina o descollante.

En Cuba, la revolución ha sido la obra más acabada y trascendente del pueblo a lo largo de sus duras batallas en más de 150 años. Sus tres dirigentes máximos, Carlos Manuel de Céspedes, José Martí y Fidel Castro, condujeron los procesos revolucionarios en cada una de las épocas históricas como hitos integrantes de una sola revolución que se proponía objetivos comunes que además de reflejar la continuidad en los propósitos o fines cardinales, implicaban saltos hacia la consecución de metas superiores en cambios, realizaciones y alcances.

Entre estos líderes existió un sentido de la vida superior y una filosofía de sus vidas que se puede resumir en una rebeldía expresada en una condición unitaria de virtud y lucha. Asombran las coincidencias en el pensamiento de estos grandes hombres, los tres abogados, que fueron capaces de sacrificarse y sacrificarlo todo en aras de la patria. Y es que como dijera Martí “… cada hombre es en sí el resumen de los tiempos, y el hijo de ellos”.

Céspedes, Padre de la Patria, iniciador de la lucha independentistas el 10 de octubre de 1868 y primer presidente de la República de Cuba en armas, expresó en versos con solo 23 años de edad: “yo aspiraba a vencer por la victoria, / era la lucha para mi la gloria.” “…sentí la vida andar despacio, y buscar a mis alas quise espacio”.

Ya declarada la contienda contra España y librando una guerra desigual contra la potencia colonial, declaraba: “...Empero, nosotros, suceda lo que suceda, para todo tenemos preparados nuestros corazones y no desmayamos en la resolución de vencer o morir en la lucha”.

A pesar de la fe y la perseverancia en los fines de la revolución, pero teniendo en cuenta los limitados recursos en hombres y armas frente a un enemigo superior, preveía con optimismo lo esencial: “… Nuestra lucha, como todas las de su clase, será larga”. Y como líder de aquel movimiento libertador, confesaba a su esposa: “… porque son grandes luchas las escenas de la vida de un hombre como yo y que te basta conocer que en ellas van saliendo siempre vencedor el sentimiento de tu amor…”

Estuvo al frente de la Revolución cubana y la república insurrecta desde el 10 de octubre de 1868 hasta el 27 de octubre de 1873, en que fue destituido por la Cámara, y, por lo tanto, durante 5 años y 18 días. Permaneció en los campos de Cuba hasta que libró su último combate en San Lorenzo, Sierra Maestra, solitario pero disparando su revólver contra una tropa española superior que lo conminaba a rendirse aquel día aciago del 27 de febrero de 1874, justo 5 meses y 3 días después de que fuera separado de la presidencia.

Su grandeza se sintetiza en esta frase: “Yo siempre lucho frente con el destino”.

Martí fue el líder seguidor de Céspedes, que trató de unir a Máximo Gómez, Antonio Maceo y a todos los combatientes de la anterior guerra de los diez años junto a nuevas generaciones, mediante la organización del Partido Revolucionario Cubano, del que fue su Delegado dirigente, proclamado en abril de 1892 y fundado “para congregar todos los elementos útiles a la salvación de Cuba y Puerto Rico”. Al frente de esa organización pudo desatar la nueva guerra independentista el 24 de febrero de 1895.

La esencia de la filosofía de su vida se sintetiza en estas ideas: “Lucha es la vida, y no hay que rehuirla”. “La vida del combate es mi vida”. “… la lucha en que se cobra fama necesita del combate diario y del estímulo, no es vergonzoso caer vencido en la liza de hoy, cuando esto aviva la inteligencia, exalta el ánimo, y lleva a vencer con más brillo en el combate de mañana”.

Su visión internacionalista y su vocación de servicio a su patria y a otros pueblos, se reflejan en estas ideas:

“Vivir humilde, trabajar mucho, engrandecer América, estudiar sus fuerzas y revelárselas, pagar a los pueblos el bien que me hacen: este es mi oficio. Nada me abatirá, nadie me lo impedirá [...].”

“Pero cuando se está dispuesto a morir, se piensa poco en la muerte, ni en la propia ni en la ajena. Con el dolor y la sangre, lo mismo que los hombres, nacen los pueblos.”

“Dígame sincero, y hombre que vive o muere de su idea, y que cuando la ve por lo alto puede mover un pueblo”

“Morir no es descanso. No hay descanso hasta que toda la tarea no está cumplida, y el mundo puro hallado”

Al arribar a la tierra cubana para incorporarse a la guerra junto al General Gómez, el 11 de abril de 1895, hubo de escribir: “Ahora soy hombre, ahora tiene sentido y luz la vida.”

Murió en combate con el grado de Mayor General, el 19 de mayo de 1895, día en que libró su primer y último combate en la guerra que había organizado y desatado con el fin de Cuba alcanzase su independencia definitiva.

Fidel fue el heredero conspicuo de Céspedes y Martí y de la rebeldía en los tiempos en que imperaba una dictadura que asaltó el poder el 10 de marzo de 1952. Ese mismo año acusó ante los tribunales al dictador por todos los delitos que implicaba aquel acto contrario a la Constitución de la República. Por supuesto, que el tribunal actuó como cómplice del régimen y no dio curso a la denuncia irrebatible. Por eso Fidel se dedicó en forma inmediata a organizar la lucha armada, que tuvo su concreción el 26 de julio de 1953 en los ataques al Cuartel Moncada de Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo, el 26 de julio de 1953. Por ese acto de rebelión sufrió prisión. Tras el indulto pasó a Méjico a organizar la expedición que salió con 82 hombres en el yate Granma el 25 de noviembre de 1956 y desembarcó en Cuba el 2 de diciembre.

En la lucha que libró en la Sierra Maestra hasta la victoria de la revolución el 1 de enero de 1959, reflejó su filosofía de vida en un carta memorable del 30 de agosto de 1958: “(…) con la modesta filosofía que he dotado mi más íntimas convicciones siento un profundo desprecio por todas las vanidades y ambiciones humanas. Todo el orgullo del mundo vale menos que un átomo de humildad cuando comprendemos que los hombres somos una desoladora nada”.

“Me preocupa solo la forma en que cada cual cumpla con su deber (…) Y cuando otros entiendan su deber de modo distinto al que mi conciencia me indique que es el mío, cuando esté seguro de que mis actos estén limpios de todo innoble propósito, me tiene sin cuidado lo que ello implique, porque en definitiva esa es mi vocación y mi destino: luchar,”

Fue siempre fiel a la idea martiana de que “todas las glorias del mundo caben en un grano de maíz”.

Al igual que Céspedes y Martí, rebeldes cada uno en sus épocas, Fidel tuvo esa cualidad y acción de lucha en grado sumo que se manifestó tanto en lo personal, lo nacional y lo internacional, entendida esta como esfuerzo que se hace para resistir a una fuerza hostil, para subsistir o para alcanzar algún objetivo, en estos casos nobles. Esa concepción de lucha se concatena también con el objetivo de convertir en realidad los sueños, en que se requiere la perseverancia en ser fiel a los mismos y combatir por ellos incluso hasta los que parezcan o sean imposibles.

En el discurso del 26 de julio de 1978, en Santiago, con motivo del aniversario del asalto al Moncada, se refirió al concepto de la lucha en su sentido universal: "Ser internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad. Quien no sea capaz de luchar por otros, no será nunca suficientemente capaz de luchar por sí mismo".

En la lucha más trascendente de Fidel frente al imperio norteamericano, existen muchos episodios que formaron parte de su verdadero destino, como lo vaticinara en carta en la Sierra Maestra contemplando el atroz bombardeo a los campesinos con bombas yankis, pero indudablemente un momento crucial fue la lucha frente a la pretensión del gobierno de Bush de extender su guerra a decenas de países. En la proclama en la Tribuna Antimperialista, justo delante de la Oficina de Intereses de EEUU, en La Habana, el 14 de mayo de 2004 al concluir una multitudinaria manifestación, desafió al presidente Bush.

"Puesto que usted ha decidido que nuestra suerte está echada, tengo el placer de despedirme como los gladiadores romanos que iban a combatir en el circo: Salve, César, los que van a morir te saludan. Sólo lamento que no podría siquiera verle la cara, porque en ese caso usted estaría a miles de kilómetros de distancia, y yo estaré en la primera línea para morir combatiendo en defensa de mi patria".

Otro hito fue durante su discurso ante el Parlamento de Sudáfrica, expresó:

”He cumplido mi tarea. Acabo de exponerles todo lo que a 10 mil metros de altura me ha pasado por la mente. No me pregunten por soluciones. No soy profeta. Solo sé que de las grandes crisis han surgido siempre las grandes soluciones.

Confío en la inteligencia de los pueblos y los hombres. Confío en la necesidad de que la humanidad sobreviva. Confío en que ustedes, distinguidos y pacientes miembros de este Parlamento, mediten sobre el tema. Confío en que comprendan que no es cuestión de ideologías, de razas, de colores, de ingresos personales, de categorías sociales, es para todos los que navegamos en un mismo barco, una cuestión de vida o muerte.
Seamos, por tanto, más generosos, más solidarios, más humanos”.

Y en sus discursos ante las Naciones Unidas y la Cumbre del Movimiento de los Países no Alineados, están contenidas estas ideas en que la LUCHA es un componente esencial de los sueños y de las realidades posibles a construir por toda la humanidad.

“Cualquiera comprende que el objetivo fundamental de las Naciones Unidas, en el siglo apremiante que comienza, es el de salvar al mundo no sólo de la guerra sino también del subdesarrollo, el hambre, las enfermedades, la pobreza y la destrucción de los medios naturales indispensables para la existencia humana. ¡Y debe hacerlo con premura antes de que sea demasiado tarde!

El sueño de alcanzar normas verdaderamente justas y racionales que rijan los destinos humanos, a muchos les parece imposible. ¡Nuestra convicción es que la lucha por lo imposible debe ser el lema de esta institución que hoy nos reúne!”

En la Cumbre del Movimiento de Países no Alineados celebrada en Durban, Sudáfrica, expresó:

“Muchas cosas tienen que cesar, y para ello primero que nada tienen que cesar entre nosotros la desunión, las guerras étnicas y los conflictos entre nuestros pueblos, llamados a luchar por su desarrollo y el derecho a sobrevivir y ocupar un lugar digno en el mundo de mañana.

Y algún día no nos separarán orígenes étnicos, ni chovinismos nacionales ni fronteras, ni ríos ni mares, ni océanos ni distancias. Seremos, por encima de todo, seres humanos llamados a vivir inevitablemente en un mundo globalizado, pero verdaderamente justo, solidario y pacífico.

Ese día hay que ganarlo luchando”.

En conclusión, el verdadero destino de Fidel fue la lucha concebida incluso contra lo imposible, a nivel personal, nacional e internacional. Su sentido de la vida o la filosofía de su existencia, soñando y transformando las realidades sociales, dejó su siembra en todas partes. Por eso fue consecuente incluso al dejar una herencia filosófica para su pueblo antes de partir hacia su siemprevida, aquel 25 de noviembre de 2016, solicitando que no se le erigieran monumentos, ni se diera su nombre a instituciones, calles o avenidas.

Bastaría que su pueblo asociara su nombre en forma sintética como el título de mi libro Fidel Castro: la vida del combate y la virtud, al dejar a los cubanos un legado invaluable, ya que en vida, y quizás en su sobrevida, su misión, su vocación y su destino era luchar. Y porque, como expresara un día, “todo el orgullo del mundo vale menos que un átomo de humildad cuando comprendemos que los hombres somos una desoladora nada”.

Sus cenizas sepultadas en una enorme piedra en el cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba, darán luz e inmortalidad a su obra ie deas, que serán siempre acicate para nuevas o renovadas luchas de hombres y pueblos en procura de un mundo mejor.


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Wilkie Delgado Correa


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