Porqué en Cuba no se rinde nadie

Hace una década, los cubanos perdieron a uno de sus héroes
revolucionarios más populares y queridos, hecho que fue recordado con
inusitado fervor patriótico en la isla antillana. El once de
septiembre de 2009 dejó de existir físicamente Juan Almeida Bosque, un
patriota cubano que reunía extraordinarios méritos de lucha que
habrían bastado para situarlo entre los más excelsos representantes
del pueblo cubano en cualquier momento de la historia de la Isla.

Pero en el caso de Almeida, en su paso por la vida confluyeron la
personalidad y talento de un joven de familia muy humilde, de piel
negra y con un corazón de oro con quien los cubanos simpatizaron
rápidamente apenas trascendió su papel dirigente como parte del
contingente que, liderado por Fidel Castro, encabezó la batalla
popular contra la tiranía de Fulgencio Batista conducente a la
exitosa liberación de la Patria del hegemonismo estadounidense y
materializando la segunda y definitiva independencia de Cuba.

Algún tiempo antes, Almeida había sido uno de los héroes que siguieron
a Fidel Castro en el ataque al Cuartel Moncada, gesta que, pese a
resultar un fracaso en el orden militar, encendió la chispa que llevo
al triunfo de la revolución cubana que sentara las pauta para los
cambios revolucionarios que han conmovido al continente desde aquel 26
de Julio de 1953.

A mediados del año 1960, cuando me desempeñaba en el Ministerio de
Relaciones Exteriores como Introductor de Embajadores (Director de
Protocolo) en un período en el que Cuba, en ejercicio de la
independencia y la soberanía obtenidas para el pueblo por la
revolución victoriosa, respondía como podía al cerco político y
económico que pretendía imponer contra ella el imperio en el
continente mediante el desarrollo de vínculos diplomáticos y de
amistad con otras naciones, me tocó acompañar, al recién estrenado
Embajador de la República Popular de Polonia en su visita de cortesía
al entonces jefe del Ejército Rebelde, comandante Juan Almeida Bosque.

Era este uno de los primeros encuentros del diplomático en la Isla con
autoridades del más alto nivel del gobierno revolucionario. Se trataba
de un hombre que hablaba fluidamente el castellano por haberlo
aprendido como combatiente revolucionario en las brigadas
internacionales que defendieron la república española.

Durante el trayecto en automóvil desde el Ministerio de Relaciones
Exteriores hasta la sede temporal del Estado Mayor del Ejército, en la
Avenida del Puerto (Edificio que entonces ocupaba la Marina de Guerra
Revolucionaria), el enviado europeo solicitó, y obtuvo de mí,
información acerca de la trayectoria militar y revolucionaria del
entonces Comandante Juan Almeida Bosque, a quien introduje brevemente
como asaltante del Cuartel Moncada, expedicionario del yate Granma, y
fundador y jefe del Tercer Frente Oriental del Ejército Rebelde en la
Sierra Maestra y otros meritos por acciones de combate de Almeida que
me vinieron a la mente.

Cuando hablé de la temeridad, la disciplina y la modestia que hacían
de él uno de los más queridos héroes de la revolución, mencioné
también, porque me parecía importante para identificar su sensible
personalidad, la condición de compositor musical del comandante
Almeida.

Luego de las presentaciones de rigor y de ofrecer Almeida la
bienvenida al Embajador, éste usó de la palabra para expresar
sentimientos de solidaridad con la revolución cubana y de
agradecimiento por la oportunidad de tomar contacto con una de sus
figuras cimeras.

Recurriendo a la información recién recibida, el Embajador hizo gala
de conocimientos acerca del historial político-revolucionario de
Almeida, pero, para finalizar, con evidente ánimo de enfatizar sus
muestras de simpatía, afirmó sentir “gran admiración por los himnos y
marchas de combate que usted compone”.

El comandante Juan Almeida Bosque, sin inmutarse, respondió
manifestando su reconocimiento por la declaración de solidaridad con
la revolución cubana del diplomático y, a continuación, con una
sonrisa que denotaba comprensión dibujada en el rostro, le aclaró que
aunque él hizo la guerra… las piezas musicales que componía eran todas
canciones de amor.

El diplomático se ruborizó.

Sin que se volviera sobre el asunto, siguió una enjundiosa
conversación acerca de las perspectivas de los vínculos entre la
nación representada por el Embajador y Cuba, que concluyó media hora
más tarde, con una despedida cordial.

Apenas subimos al automóvil para el viaje de regreso, me dijo el
diplomático polaco al oído: “Fue usted parco en el elogio. Es un
hombre extraordinario. Por eso compone canciones de amor”.


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Manuel Yepe

Abogado, economista y politólogo. Profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana, Cuba.

 manuelyepe@gmail.com

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