El Reloj del Tiempo

China, nos ha vendido productos chatarras ante un neoliberalismo, contumaz

Me preocupa Venezuela y más sí llega a caer de una manera definitiva en el bloque comunista, hay una razón simple, al hombre de izquierda venezolano no le gusta leer, ni ver entrevistas con personas progresistas. Lo mejor es seguir avanzando de una manera pública. Simplemente, vengo asumiendo una actitud enigmática y guardar silencio, ya que me he percatado la manera, como los nuevos izquierdistas tratan a sus hermanos, esto, paso en Nicaragua. Daniel Ortega Saavedra se endioso para fracasar y, como a todo comunista le gusta vivir en los Estados Unidos de Norteamérica y, no en Moscú, en uno de esos viajes, según la prensa del momento, fue a una óptica y se compro una buena cantidad de lentes para cada acción a emprender como gobernante.

Me enseñaron que cada hombre de izquierda debe pensar en su hermano, tener motivos, moralidad y ética para cumplir cada asunto encomendado. Muchos testimonios están a la vista, Sobre todo, los escritos sobre el comunismo. Todos, estamos sobre la marcha. Bueno, el marxismo en Cuba ya va para unos sesenta y un año, aquél sueño cumplido en 1959, hoy se escribe en las ideas de los residentes en esta isla casi caribeña.

Somos hermanos y, nos debemos lealtad. Ya nadie quiere un gobierno totalitario. Las historias, ya se encuentran escritas y debemos tener cuidado con la delación y la vigilancia que nos pueden someter un grupo de hombres fanáticos y demagogos consigo mismo, ahora, algunos de ellos, escriben sus historias.

Desde 2016, vivimos en un constante show populista con sus respectivas victorias, en ocasiones, esto, ha traído indignación de los votantes, hasta alcanzar la economía. Pero, estamos en riesgo. Los presidentes progresistas de este nuevo gobierno, aplican para sus intereses particulares un nuevo marcaje de valores para mantener el statu quo, sin importar las consecuencias políticas inmediatas, que, siempre fueron modestas, recordando poderosamente el pasado.

Nada, ha cambiado. Simplemente se viene aplicando políticas neoliberales. La economía mundial no se sesga, hay golpes duros en la economía que nos oculta, la globalización. Incluso Emmanuel Macron, que llegó al poder en Francia con la promesa de un nuevo pacto global favorable a la globalización, comenzó su mandato realizando reformas laborales que la mayor parte del resto de países europeos habían hecho hacía años.

Es poco probable que sigamos en esta línea. Como se ha visto con claridad en 2017, los grandes resultados obtenidos por partidos antisistema en Alemania, Austria y República Checa han demostrado que la ola de populismo en el mundo rico apenas ha aflojado. En Italia, las elecciones de 2018 podrían hacer del antisistema Movimiento 5 Estrellas la fuerza con más escaños del Parlamento. También podrían producirse auges populistas en algunos mercados emergentes, particularmente en México.

Y lo que es más importante: la historia sugiere que este auge populista no ha hecho más que empezar. Pensemos en el paso de los siglos XIX al XX, otra era de globalización acelerada y enormes cambios tecnológicos. Hoy el Internet de las cosas y la inteligencia artificial están revolucionando las economías tanto como la electricidad y el ferrocarril lo hicieron entonces. El nivel de creación de riqueza y de desigualdad son asimilables. Entonces, como ahora, la indignación de los que habían sido dejados atrás engendró un populismo rampante que tomó la forma de un antagonismo contra las élites y los inmigrantes. A finales del XIX comenzó la era del progreso. Llevó años, pero las reivindicaciones populares en pos del cambio, se tradujeron en una reestructuración radical del equilibrio entre el Estado y los mercados, desde la introducción de la fiscalidad progresiva y mayores niveles de protección social a la normativa antimonopolio.

En 2018 esos eventos se sentirán como siniestramente familiares debido a que habrá tres fuerzas, cada una con un sorprendente eco histórico, que harán que cambie el equilibrio moderno entre Estado y mercado. La primera es la tecnofobia corporativa (techlash). En todo el mundo los políticos posarán su mirada en los gigantes tecnológicos (Facebook, Google, Amazon) para imponerles multas y regulaciones y obligarles a interpretaciones más duras de las normas de competitividad. Será el equivalente del siglo XXI de la era antitrust, y en ella se demonizará a los gigantes tecnológicos como malvados pseudomonopolios cuya acción debilita la democracia, ahoga la competencia y destruye empleos. Incluso se hablará de trocearlos.

La Unión Europea marcará la pauta. Además, una nueva ley general de privacidad cambiará de forma decisiva el equilibrio de poder de las empresas tecnológicas. Ello limitará lo que estas puedan hacer con los datos e impondrá enormes multas a quienes violen las normativas.

Pero es en Estados Unidos donde la tecnofobia corporativa tendrá una apariencia más dramática. Impactado por la escala de la interferencia rusa en las elecciones de 2016, el Congreso estudiará exigir a Facebook y a otras empresas que revelen quién paga los anuncios políticos. Y la cosa no acabará allí. Aumentará la presión para que haya más transparencia sobre el origen y la exactitud de los contenidos on line, lo que afectará al corazón mismo del modelo de negocio de estas empresas. Sus adquisiciones de otras compañías se mirarán con lupa por las autoridades antimonopolio, y a medida que se acerquen las elecciones legislativas, tanto republicanos como demócratas presionarán para que se endurezcan las normas e incluso se troceen las empresas. Eso no ocurrirá en 2018, pero sembrará la semilla para el futuro.

La segunda fuerza de cambio será Macron, quien emergerá como un moderno Teddy Roosevelt. Hay grandes similitudes entre los dos: ambos envuelven una agenda reformista en una retórica de renovación y grandeza nacionales. Como Roosevelt, Macron está impulsando un nuevo contrato social que impulse la competitividad y el emprendimiento y a la vez atienda a los trabajadores que han quedado desprotegidos. La escala de la ambición de Macron quedará más clara en 2018, pero desde una reforma de las pensiones a cambios en la formación laboral o en educación, su objetivo es proveer a la gente de las herramientas necesarias para el siglo XXI. Si tiene éxito, macronismo podría convertirse en un sinónimo para designar un progresismo moderno.

La tercera fuerza será el cambio de actitud de China, la potencia emergente del siglo XXI. A finales del XIX y principios del XX el ascenso de Alemania determinó la política europea, por lo que las preocupaciones sobre el abrupto crecimiento de China y sus intenciones forman parte del escenario actual. En el propio país, el equilibrio entre empresas y Estado seguirá muy sesgado. Las empresas, ya sean públicas o privadas, seguirán bajo la sombra del Partido Comunista como socios menores del proyecto de Xi Jinping de lograr la grandeza de China. Pero a pesar de que Xi ha consolidado su poder tras el último congreso del partido, esto no hará que se reinvente como un audaz reformador económico. La dinámica no irá hacia una liberalización de los mercados chinos, sino hacia el intervencionismo, ya que otros países, temerosos de la pujanza de Pekín, tratarán de limitar la actividad de China en el extranjero.

De Australia a Europa, se endurecerá la legislación sobre inversión extranjera para desalentar la compra de empresas por parte de China. Macron será el gran animador del establecimiento de marcos regulatorios que salvaguarden los intereses europeos. Estados Unidos impondrá aranceles al acero chino y sanciones a los delitos de robo de propiedad intelectual. Se debilitarán las normas de la Organización Mundial del Comercio y no se castigarán estas medidas proteccionistas en contra de China.

Tomando junto todo ello, la tecnofobia corporativa, el macronismo y los temores sobre China, todo apunta a un cambio decisivo en Occidente entre el papel del Estado y el del mercado. Adónde llevará todo esto no está claro. En el peor de los casos, nos devolverá a un capitalismo más regulado, cerrado y proteccionista. Pero con un poco de suerte, se alcanzará un nuevo equilibrio caracterizado por un impulso de la competencia como mejor forma de arrancar el poder de unas élites atrincheradas y se producirá un replanteamiento creativo del papel del Estado en la protección del individuo. Eso convertiría nuestro tiempo en una era progresista de la que sentir orgullo.

China, tendrá que esconder su chatarra para fundirla, nos ha vendido maquinarias obsoletas a cambio de petróleo, han crecido más, mientras, los venezolanos empobrecemos.

Además, el bloque independentista va perdiendo fuelle. Han sido cinco años de intensas movilizaciones y la ciudadanía ya está cansada. Por el contrario, el bloque antindependentista comienza a despertarse y ya ha protagonizado este mes de octubre dos manifestaciones históricas en Barcelona. El gran peligro para los soberanistas es que, si el electorado partidario de seguir en España se moviliza masivamente en las autonómicas, la hegemonía parlamentaria del independentismo peligra. Por tanto, los partidos que tiraron del carro del procés, han de gestionar ahora la frustración de la gente a la que le habían prometido el paraíso independiente y, al mismo tiempo, recuperar votos de debajo de las piedras para hacer frente al voto unionista.

¿Podrá el independentismo romper su techo? Nadie lo puede asegurar e incluso se advierte un cierto desánimo en las filas soberanistas. De ahí que otro dirigente del PDECat explique que "estas elecciones no son las ideales. En realidad, hubiese sido más correcto que el propio president Carles Puigdemont las hubiese convocado él antes que Mariano Rajoy. Hemos llegado a un punto que es el peor escenario posible. El precio que hemos pagado es altísimo. Pero ahora nos hemos de mover y pensar en la convocatoria del 21 de diciembre".

A muchos Estados comunistas parece que les cuesta mucho adaptarse e integrarse en los valores de la libertad y la solidaridad.



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Emiro Vera Suárez


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