XIV Cumbre del Movimiento No Alineados

El Sur frente al sionismo y el belicismo imperialista

Guerra
Israel fue derrotado en términos militares en Líbano. Pero Estados Unidos, visto por el mundo entero como responsable de la agresión, sufrió una derrota política de enorme significación estratégica: el lugar de Washington como capital de la democracia y el futuro ha quedado definitivamente sepultado en la opinión internacional. Estos reveses no detienen la máquina bélica. Ya están en marcha agresiones contra Siria e Irán, siempre con el Estado sionista como punta de lanza. Reunido en La Habana del 11 al 16 de septiembre el Movimiento No Alineados (Mnoal) afronta la responsabilidad de impedir una guerra que plantea riesgos inverosímiles a la humanidad.

“Siento una leve sacudida en el avión, cuando se sueltan las bombas. Un segundo; y es todo. Eso es lo que yo siento”. Con este cinismo repugnante respondió el comandante de la fuerza aérea israelí, Dan Halutz, cuando un periodista inquirió sobre sus sentimientos luego de que un F-16 bombardeó, en la madrugada del 22 de julio, un edificio en Salah Shehadeh. La operación supuestamente destinada a destruir una base de Hamas, mató sin embargo a 15 civiles, 11 de ellos niños. Era sólo el comienzo de cinco semanas de bombardeos desde aire, mar y tierra sobre la población civil de Líbano.

Un editorial del The New York Times –hipócrita pero no por ello menos elocuente– agregó un dato clave: en Palestina y Líbano, Israel utilizó bombas de fragmentación, fabricadas por Estados Unidos. Estas armas, dice el NYT, “son útiles contra tanques, fuerzas convencionales masivas y otros objetivos estrictamente militares. Pero nunca deberían ser usadas en áreas pobladas. Por naturaleza, matan indiscriminadamente. Porque algunas bombas no explotan al caer, las víctimas continúan aumentando mucho después de que cesa la lucha. Estos objetos aparentemente inofensivos, a menudo no más grande que una pila, explotan cuando se los toca o mueve. Los niños los confunden con juguetes, con trágicos resultados”.
Pese a todo, Dan Halutz tiene su costado sensible: horas antes de iniciar la invasión, en el mismo momento en que enviaba a sus propios soldados a la muerte, este alto jefe militar se ocupó de vender acciones en la Bolsa de Tel Aviv, para evitar la pérdida financiera que resultaría de la guerra.

Halutz resume en la suya una degradación moral predominante en el alto mando israelí, que explica en buena medida el humillante fracaso de un ejército con reputación de invencible. Luego de un mes de salvajismo impar contra la población civil, Israel descubrió asombrada que la operación militar en sí misma había sido un descomunal desatino: “no teníamos agua. Olvidamos traer comida. Por varios días, sólo tuvimos una rodaja de pan. Fue la peor experiencia de mi vida”, explicaba ante los medios de comunicación Alon Gelnik, un avezado soldado de infantería.

No se trata de anécdotas. Estas conductas enajenadas expresan una realidad política y una ideología. Explican el carácter de la guerra desatada en Medio Oriente y el papel que Estados Unidos ha marcado para Israel en este capítulo que recién comienza. Con la sociedad partida al medio y bajo el doble impacto emocional de las atrocidades cometidas por sus fuerzas armadas y la imposibilidad de derrotar a Hezbolláh, Israel ya ha asumido un debate que urge. Las personas de origen o religión judía tienen ante sí una realidad que no admite subterfugios: el sionismo del siglo XXI es el nazismo. Por su brutalidad, ciertamente; por el desprecio absoluto frente al ser humano. Pero ante todo porque es la ideología con la que el imperialismo va a una guerra que plantea riesgos de catástrofe mundial.

A la búsqueda de justificación
Jamás se ha marchado a una guerra sin justificación ideológica. En el período más reciente el Departamento de Estado apeló a la defensa de la democracia y la paz mundiales, supuestamente amenazadas por “el terrorismo internacional”, para invadir Afganistán e Irak. La exposición de las mentiras fabricadas por el goebbelsiano aparato de propaganda estadounidense, sumada a la situación sin salida para las tropas de ocupación en Irak, ha demolido en poco tiempo ese andamiaje: en un giro descontrolado de la situación, la red planetaria de intoxicación informativa montada por el imperialismo, mostró por televisión, a miles de millones de personas, el verdadero papel de Estados Unidos en Irak, en Palestina, en Líbano: el bombardeo de ciudades, la muerte de niños y civiles desarmados, la evacuación forzada de cientos de miles de personas. “La guerra en Irak le ha costado algo de popularidad a Estados Unidos” admitió en Alemania la secretaria de Estado Condoleezza Rice. Explicó que en el futuro se esforzará para que se entienda la política estadounidense. “Tenemos que hablar con la gente en Medio Oriente y no ofrecer monólogos. Necesitamos tener más contacto con la gente, en particular con los jóvenes” dijo con su rictus habitual.
Pero no hay modo de justificar la demencia belicista de Estados Unidos; a nadie y mucho menos a los jóvenes, en Medio Oriente o donde sea.

Es aquí donde viene a jugar su papel el sionismo: la supuesta defensa de un territorio para el pueblo judío es en el siglo XXI el instrumento imperialista para marchar a la guerra. Y si en el pasado hubo espacio para que personas de convicciones democráticas y progresistas confundieran la defensa del Estado israelí con la causa del pueblo judío, de ahora en más la delimitación será tajante, porque como ha quedado claro en el último mes, los métodos empleados por las autoridades israelíes emulan las atrocidades nazis durante la segunda Guerra Mundial.

Fin de la etapa regresiva

Con la caída de la Unión Soviética ganó espacio una regresión ideológica que venía de mucho antes y no dejó ninguna posición a salvo. En el umbral del siglo XXI el mundo parecía entrar a un segundo medioevo. Mientras sagaces vendedores de libros anunciaban el fin del imperialismo, el sinsentido de la lucha por el poder político, la caducidad de la acción política y por supuesto de los partidos, la victoria inapelable del capital sobre cualquier variante histórica, todo en nombre de la última modernidad, los “condenados de la tierra” crecían en número y recurrían a los instrumentos que en cada caso tuvieron a la mano para resistir. Reaparecieron formas de religiosidad extrema, presentadas como mero fanatismo por intelectuales asépticos, escépticos y, por supuesto, progresistas. La inviabilidad coyuntural de la revolución se manifestó en estridentes paradojas y contradicciones difíciles de desenmarañar.

Ese período ha terminado, o por lo menos ha dado un salto cualitativo hacia delante. La sorpresa del mundo por la capacidad militar de Hezbolláh, la perplejidad de la sociedad israelí ante la evidencia de un fiasco inesperado, el fenómeno de agregación que la guerra produjo en Líbano uniendo a musulmanes, cristianos y laicos-socialistas en un frente único victorioso, permite medir a la vez la magnitud de la incomprensión respecto de lo que ocurría en el mundo durante los últimos 25 años y la distancia recorrida en pos de una alternativa histórica.

Aunque de manera apenas inteligible en la superficie embrollada de la realidad internacional, ya está en curso una dinámica de recomposición en todos los planos. Los términos lógicos están invertidos: delante suele ir una confrontación social sin organización, sin política, sin estrategia y por supuesto sin identidad ideológica. Lejos de condenar la racionalidad, sin embargo, este cuadro presenta la coherencia profunda de dos fuerzas en choque frontal a escala mundial, cada una procurando ejes teóricos y prácticos de recomposición para la acción. El motor que mueve a ambas es la crisis estructural del sistema capitalista mundial.

En esta inédita coyuntura histórica, la reunión de 116 países miembros y 20 observadores del movimiento seis décadas atrás denominados “no alineados” constituye un formidable punto de apoyo para trazar los rumbos de una nueva etapa. La necesidad de impedir la guerra será un poderoso punto de unión en ese conjunto de extrema heterogeneidad.
La reaparición del Mnoal, en un sentido anacrónica y en otro fundacional, es un hecho clave del futuro político mundial y los resultados que obtenga serán determinantes. Todavía no se sabe si Fidel Castro, el arquitecto de este encuentro, estará presente en las sesiones. Pero nadie duda que su ideología y su propuesta socialista están de nuevo en el horizonte de un mundo que busca respuestas.



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Luis Bilbao

Escritor. Director de la revista América XXI

 luisbilbao@fibertel.com.ar      @BilbaoL

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