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Multinacionales buscan monopolizar economía de Suramérica

La corrupción estremece a Venezuela y hunde el Proyecto Bolivariano ante un presidente que no asumió con garras el ejercicio del poder y permitió que la bota militar se impusiera en un gobierno bolivariano de civiles. Ya todo se encuentra encartonado, todas las miradas del mundo van en dirección a Venezuela, donde el paisaje urbano se oscurece cada día. Ya nada sorprende, todo lo organizado por el presidente Hugo Chávez Frías se cae y las dádivas a los países extranjeros reflejan un conjunto de sospechas, donde las adhesiones electorales no determinan una visualización correcta de la administración pública y, de allí su impacto en la política productiva del país

Todos los venezolanos, estamos pagando la destrucción del país, ahora en manos de militares que se han dedicado a reprimir al pueblo.

Dentro de las zonas oscuras de las negociaciones financieras y comerciales con China está el destino -eventualmente obligado- de los fondos que esta gran nación aporta al Fondo Chino.

Se supone que con esos fondos solo se pueden comprar bienes y servicios producidos en China, todo lo cual se paga posteriormente con petróleo. Así, los chinos ganan, primero, con la colocación de fondos financieros, que seguramente no son de gratis.

En segundo lugar, ganan con la venta de bienes y servicios, y finalmente con la recepción de petróleo, para pagar las compras que les ha hecho Venezuela.

Se trata, indudablemente de un buen negocio... pero solo para los chinos.

Mercosur, desea diseñar nuevas estrategias entre los países miembros para llevar adelante sus negociaciones y, eventualmente, acuerdos que permitan una liberación comercial entre sus socios, dejando atrás sus compromisos con países de tendencia progresista como Venezuela, lo cual señala, lo mal encaminada de las relaciones bilaterales.

Actualmente la normativa vigente en el seno del Mercosur prohíbe a los países miembros negociar con países ajenos a dicho bloque subregional ningún tipo de acuerdo comercial que implique rebaja parcial o general de aranceles. Los acuerdos arancelarios con terceros países solo se pueden llevar adelante si se hacen colectivamente. Todos los países que componen el Mercosur participan de un determinado acuerdo arancelario, o no participa ninguno. En la práctica ese derecho a veto que tiene cada país sobre las decisiones de los demás, aun cuando estos últimos sean mayoría, se ha traducido en que el Mercosur no se haya abierto a negociar acuerdos de libre comercio con ninguno de los grandes bloques o espacios comerciales que caracterizan la geografía económica mundial.

Eso ha llevado a que el Mercosur, como bloque, no ha podido avanzar en una eventual negociación comercial con la Unión Europea, a pesar de que llevan años en esas conversaciones, pues Argentina no tiene mayor interés en una negociación de esa naturaleza. El Mercosur logró consensos internos para llegar a un acuerdo con la Comunidad Andina de Naciones -el Acuerdo de Complementación Económica número 57 y también tiene como bloque un acuerdo de Complementación Económica con Chile- el ACE 35. Esos acuerdos ya firmados y plenamente vigentes implican que se avanza en un calendario de desgravación arancelaria que culminará en el año 2018 de modo tal que en 2019 prácticamente toda la América del Sur será un espacio económico donde las mercancías podrán circular de un país a otro sin pago de aranceles. Todo ello es indudablemente positivo, pero no es suficiente, sobre todo para un país de la proyección política y económica de Brasil. Esa política de todos o ninguno ha impedido que algún país miembro del Mercosur pueda tener acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, con la Unión Europea, con China, con Japón o con otros de los países que tiene una posición protagónica en el comercio internacional contemporáneo.

Es posible que Estados Unidos culmine una negociación comercial que ya está en curso con la Unión Europea, con lo cual no solo se crearía una zona de libre comercio que abarcaría más de la mitad del comercio y de la producción mundial, sino que las normas y los aspectos regulatorios que se establecerían entre esos dos grandes gigantes tendría un peso significativo en los aspectos normativos del conjunto del comercio mundial. También Estados Unidos negocia con los más importantes países del Asia Pacífico un acuerdo comercial, sin China, que abriría un inmenso espacio comercial donde fluirían mercancías, en una dirección y en otra, sin pago de aranceles. En esas inmensas transformaciones del comercio internacional que están en curso de realizarse, el Mercosur ha venido quedando hasta este momento al margen y se ha limitado a incrementar el comercio entre los propios países miembros, sin salir al encuentro de terceros. Eso es lo que está en juego en los momentos presentes. A Brasil le ha costado tomar decisiones en esta materia, pero ha llegado finalmente a la conclusión de que tiene que abrirse hacia el mundo contemporáneo, pues no puede seguir dependiendo solo del comercio intra Mercosur, que ya no crece como en los primeros tiempos y que incluso tiene que luchar cotidianamente contra los impulsos proteccionistas de Argentina.

Venezuela, ni hablar. Existen contradicciones fundamentalistas en su seno.

El acuerdo que se busca en el seno del Mercosur no implica obligar a nadie a negociar con la Unión Europea o con otros bloques comerciales relevantes del mundo contemporáneo. Pero autoriza a los países que así lo deseen a hacerlo por su cuenta. Eso permite avanzar a los que quieran hacerlo y quita poder de veto a quienes se oponen a avanzar en este tipo de acuerdos internacionales. Algo parecido sucedió en la Comunidad Andina de Naciones hace ya varios años atrás, en que se autorizó a los países a negociar en forma autónoma, lo cual permitió que Perú firmará un TLC con China y que Colombia firmará sendos acuerdos con Estados Unidos y con la Unión Europea. En la jerga propia de estos acuerdos se habla de que se definen velocidades distintas para cada país para llevar adelante los acuerdos con terceros. Velocidades distintas es una forma elegante de decir que algunos países pueden avanzar rápidamente en esos acuerdos con terceros y otros pueden quedarse exactamente en el lugar en que están, es decir, mostrar una velocidad igual a cero.

¿Y Venezuela cómo queda en todo este nuevo cuadro? Inmersa en sus propios problemas internos no parece preocupada por estas cuestiones que se discuten entre Uruguay y Brasil. El resto de los países miembros del Mercosur tampoco parecen preocupados por lo que pueda decir Venezuela. Se asume que no le gustan las negociaciones internacionales de este tipo y que asumirá la soledad y el aislamiento con más entusiasmo incluso que la propia Argentina.

El otro aspecto eventualmente negativo que se levanta en las discusiones sobre los cultivos transgénicos en el Sur, tiene que ver con el negocio que ellos representan para ciertas empresas de alta tecnología, que producen las semillas modificadas genéticamente, y que pasan a ser indispensables para la continuación de los cultivos una vez que los agricultores se inician en esta práctica. Sería, en el fondo, como si se argumentara que las instituciones que crearon los mosquitos panameños modificados genéticamente pueden lucrarse con ello, razón por la cual es mejor seguir combatiendo el dengue con fumigaciones de escasa efectividad. Y, en este sentido, el ataque contra Venezuela ha sido muy fuerte y existe una proliferación de nuevas enfermedades.

Es cierto que hay todavía mucho terreno científico que ganar en cuanto a trabajar con cultivos transgénicos - como lo hubo en su oportunidad en relación a las vacunas o a los antibióticos - que parecían a simple vista cosas de magia negra. Pero es indudable que los cultivos transgénicos abren una veta maravillosa para algunos empresarios que puede llevar a paliar, quizás en forma definitiva, el problema del hambre en el mundo contemporáneo. Lo mismo se puede decir en relación a las nuevas razas animales- también modificadas génicamente- que producen más carne, mas leche, o que son más resistentes a enfermedades que reducen su productividad o su rentabilidad.

El exitoso experimento panameño sobre este tema, abre una interesantísima veta para combatir enfermedades tropicales que han sido endémicas en vastas zonas de América o de África. En la propia Venezuela la malaria, el dengue y en años recientes el chikungunya ha significado un gran problema de salud pública. Ojalá que nuestros dirigentes en el área de la salud aprendan o traten de copiar tanto como sea posible el ejemplo panameño, y no se dejen influenciar por llamamientos conservadores que intentar dejar la naturaleza tal como fue creada desde los tiempos de Adán.

La conspiración contra el presidente Maduro ha sido dura. Una primera medida que hay que tomar, a mi juicio en forma urgente, es regularizar la tenencia de la tierra. Los factores productivos no hacen inversiones de mediano o de largo plazo en empresas que no se sabe a quién pertenecen. Pueden hacer inversiones de corto plazo, para sacar rápidamente de allí todo lo que se pueda sacar, para aprovechar aquello mientras las condiciones lo permitan, o para subsistir mientas no haya oportunidades mejores. Pero inversiones propiamente tales, no. Con propiedad indeterminada no fluyen ni los capitales privados ni los capitales que se canalizan a través de la banca privada y del gobierno. Hay por lo tanto que entregar la tierra a los campesinos. Hay que entregar la tierra en propiedad, con todas las características. y cualidades de la propiedad privada. Entregar en propiedad la tierra que se ha expropiado en diferentes oleadas de reforma agraria, y que permanecen en limbos o en entelequias jurídicas que son cualquier cosa menos propiedad privada. Esas condiciones no permiten una actitud ni una actividad de alta productividad y convierten a los campesinos en dependientes eternos de los funcionarios gubernamentales. Hay que entregar toda esa tierra a los campesinos que han sido usufructuarios de la misma, con título claros de propiedad, y en forma rápida, para darles libertad y responsabilidad.

La tierra que no ha sido expropiada legalmente, sino que ha sido meramente arrebatada, o allí donde el proceso jurídico no se ha concluido, sino que se ha alargado durante años, hay que devolverla a sus legítimos dueños. Porque no se encuentran produciendo. Y devolverla rápida y totalmente. Desistirse el Estado de toda acción legal contra esos propietarios a quienes no se les ha pagado por la expropiación realizada, y cuyas tierras permanecen en usufructo por personas que no tiene ningún derecho sobre la misma. Estos procesos de regularización de la tenencia de la tierra deben hacerse en forma rápida y masiva y generar una nueva ola de esperanza en todo el campo venezolano, de modo de romper con inercias de décadas.

Se suele postular que el entregar la tierra en propiedad privada a los campesinos genera la posibilidad de que estos la vendan, con lo cual no se logra el objetivo social que se esperaba con el proceso original de expropiación. Hay que correr ese riesgo. No hay que tratar a los campesinos como si fueran infantes. Hay que darles las oportunidades y las responsabilidades que la tenencia y la propiedad de la tierra traen aparejadas. Si venden la tierra -proceso que de una u otra manera de todos modos sucede- puede que eso les permita otra opción económica en otra actividad, y es altamente probable que el comprador de la tierra haga un uso productivo de la misma, pero con el título de propiedad en la mano.

La otra gran bandera que a mi juicio debe ser levantada en la actividad agraria, es definir un grupo de productos que sean prioritarios y centrar en ellos toda la batería de apoyos que el estado puede dar a los productores. No todos los productos pueden tener el carácter de prioritarios. Solo algunos. Por ejemplo, el maíz, el arroz, el azúcar, la leche y la carne. Con un grupo de esa naturaleza se cubre fácilmente la mitad de la tierra y de la producción agropecuaria. Para ellos, toda la política de subsidios y de apoyos por la vía de los créditos, de los precios, de la investigación, de los aranceles a las importaciones, de los pagos rápidos por cosecha entregada, para los demás, las políticas generales - incentivadoras y no restrictivas - que el estado pueda generar, pero sin canalizar hacia ellos los créditos y subsidios estatales. Todo ello es posible, deseable y urgente.



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Emiro Vera Suárez


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