Catatumbo: le perdió el miedo al Terrorismo de Estado

Conozco el Catatumbo y mucha de su gente a las orillas del río o en sus poblados más cercanos. En 1990 me tocó navegar en sus aguas rumbo hacia San Martín donde se produciría el primer diálogo regional por la paz de Norte de Santander entre la insurgencia y el Gobierno de ese departamento. Iba en la canoa, donde yo viajaba, mi entrañable amigo y camarada Carlos Bernal, miembro del CC del Partido Comunista de Colombia, quien unos años después fue miserablemente asesinado por los mercenarios del Estado. Así le cobraron su fe en el marxismo y su lealtad al proletariado y al pueblo colombianos.

            Catatumbo, para los pobladores colombianos  de una de sus orillas y contrario a los pobladores venezolanos de la otra orilla que admiran de él sus famosos rayos, representa un drama, una tragedia. ¿Por qué? porque cabezas, piernas, brazos, troncos de humildes campesinos han rodado y ensangrentado sin brújula sus aguas luego de ser decapitados por el paramilitarismo o por miembros del Ejército. Esto, lo juro, no es mentira. Me correspondió, privilegio sin duda alguna, algunos años después de andar por el Catatumbo con la insurgencia colombiana, escribir el libro: “Catatumbo: drama de desplazados” a solicitud de los propios desplazados. Sabían que nada les iba alterar de sus testimonios y no iba a falsear realidades ni a cambiar verdades por mentiras.

            Conocí a Filo Gringo, un emblemático caserío que un día –me encontraba muy cerca con los compañeros del ELN- le cayeron los paras como moscas y organismos internacionales hubieron de intervenir para solicitar la salida de los malvados y que su población volviese a sus hogares; conocí El Tarra, de donde hubo de salir en carrera su Alcalde comunista porque mucho quería gobernar a favor de su pueblo y el Gobierno nacional y sus instituciones militares y policiales –incluyendo los paramilitares- no se lo permitieron; conocí San Rafael del Tarra, Abrego, la bellísima La Playa de Belén, la hermosa Ocaña, El Carmen, Hacarí, San Calixto, Teorama, Sardinata, El Zulia, San Cayetano, Arboledas, Cucutilla, Gramalote, Lourdes, Salazar de las Palmas, Las Mercedes, Santiago, La Curva (donde se realizó un segundo diálogo por la paz del departamento), Campo Giles (lugar donde se desmovilizó parte del EPL): en fin, casi todos sus municipios y caseríos pero, fundamentalmente, la región que bordea casi todo el Catatumbo. Muchos, pero creo que muchos, de los camaradas que conocí han muertos, unos, en combate y otros, quizás los más, asesinados presos o víctimas del paramilitarismo.

Recuerdo aquel año de 1999 cuando un elevado número de paramilitares, en coordinación con las Fuerzas Armadas y su Gobierno, penetraron la región del Catatumbo y a cada paso que daban dejaban muerte, desolación, dolor, sudor y lágrimas. Disfrutaban, con sierras en manos, de los gritos ensordecedores de sus víctimas cuando los descuartizaban en muchos pedazos y los sobrevivientes obligados a llorar su dolor y tristeza en el más absoluto silencio. Los pedazos de cuerpos humanos, en su mayoría, iban a las aguas del Catatumbo. Recuerdo, también, aquel momento en que en La Pista, los paramilitares, un mayor del ejército los dirigía, tenían a la población concentrada justo en medio del caserío para comenzar su faena de descuartizamiento de campesinos. Sólo tuvieron oportunidad de pasarle la sierra a un campesino  porque en ese momento helicópteros venezolanos sobrevolaban la zona, hicieron algunos disparos y evitaron males mayores. Hoy, si no me equivoco, La Pista es un caserío enterrado bajo el barro como si fuese un cementerio donde sepultaron a todos sus pobladores. Deseo estar equivocado y que no sea así. No puedo dejar de recordar ese momento, con tristeza y dolor,  en que por las aguas del Catatumbo y Río de Oro, también iba David, nos tocó acompañar el cadáver de miguelito para darle sepultura en un lugar de la montaña que no fuese descubierto por los sabuesos del Estado colombiano. Me correspondió, por cierto y por orden del comandante Rubén Zamora, decir las palabras para despedirlo de este mundo de los vivientes pero también de los muertos. Y no olvido, porque lo cito como testigo de las verdades que escribo, que el camarada Juan Contreras (de la Coordinadora Simón Bolívar) también conoce las realidades, las vicisitudes y necesidades como los dolores intensos que viven los pobladores del Catatumbo. Nos tocó juntos caminar esa región y viajar por su principal río.

Recuerdo, como si fuese hoy, Carlos Bernal me dijo un día en Cúcuta: “Móntese en ese bus, se baja en Tibú y buscas a David, que es su Alcalde. El te dirá lo demás”. Así lo hice aquel año de 1990. Pregunté por David, pero no estaba en ese momento y comencé a pensar en varias hipótesis de salida. Al rato llegó y me le presenté. Me bañó de cordialidad y de sonrisas y de solidaridad, tal como era él. Me envió al lugar donde estaba su bellísima y muy tratable joven esposa. Era, en verdad, hermosa y muy joven, con la cual establecí una relación de amistad y de camaradería de esas que perduran en el tiempo. Hoy vive asilada o refugiada en un lugar del planeta, tan lejos como se pueda de Colombia luego de que casi los paras la pillan y la descuartizan en pedacitos junto a sus hijas. Con David me seguí viendo y –en varias oportunidades- nos tocó juntos cumplir tareas revolucionarias. A los años, lo asesinaron salvajemente. Quedan de esa época, que lo sepa y ojalá este totalmente equivocado, sólo el extrovertido, carismático y excelente camarada Mogollón y mi apreciado camarada y comandante Rubén Zamora, quien es uno de los voceros de las FARC en el diálogo que se realiza entre esa organización revolucionaria y el Gobierno colombiano en Cuba.

Tibú, es un municipio muy emblemático de Norte de Santander. Su economía ha estado caracterizada por la explotación de petróleo, carbón, cultivos de cacao, yuca, arroz, plátano y ganadería y pesca – ésta generalmente- para consumo local. Sin embargo, con el tiempo su población más se empobrece. Tibú es inmensamente rico en aguas dulces. Muchos ríos le bordean: Catatumbo, San Miguel, Socuavo Norte, Chiquito, Sardinata, Nuevo Presidente, Tibú, Socuavo Sur y Rio de Oro, y muchas corrientes menores. ¿Cuánto dieran los imperialistas foráneos y los oligarcas criollos por esa rica región sólo con el número necesario de esclavos?  Todo eso se trata de esconder en el conflicto que hoy le ha hecho conocer en el mundo entero.

Las manifestaciones de campesinos en el Catatumbo no son simples berrinches de unos desadaptados, no son gritos salidos de gargantas adoctrinadas por una ideología, no son lanzamientos de piedras planificados por organización insurgente alguna, no son expresiones de consignas que incitan a la insurrección. No, son las voces de la mayoría de comunidades que ya están hastiadas que monopolios extranjeros se lleven el petróleo y el carbón y la pobreza se les incremente en un 73%, que la agricultura y la ganadería no conozcan de ninguna reforma que favorezca a los campesinos y que con la cantidad de ríos que corren por sus alrededores sólo el 23% de la población disfruta de agua potable. No es el cultivo de coca el problema esencial del conflicto del Catatumbo. No, es su riqueza en Carbón y en petróleo lo que le disputa el Estado para cooptar toda su zona de reserva y ponerla en poder de empresas transnacionales. Los campesinos, simplemente, se arrecharon y decidieron no tenerle más miedo al terrorismo de Estado. Los líderes nacieron de ese silencio peligroso -que vive largo tiempo en la pobreza económica- que explotó en gritos, en desafíos, en luchas, en organización, en movilizaciones y en un momento de tensión en que las masas se forjaron la conciencia necesaria para la unidad en procura de hacer realidad algunos de sus sueños. ¡Ya es tiempo!

El Gobierno quiere el rendimiento incondicional de los campesinos. Estos, en cambio, no están solicitando la sustitución del Estado burgués por el Estado proletario. No, simplemente, que se respete su zona de reserva campesina. Eso es demasiado pedir por los campesinos, piensa el Estado colombiano en su condición de gendarme de las transnacionales. La criminalización de la protesta popular no acallará las voces de los campesinos. Estos ya no tienen nada que perder, salvo las cadenas que quieren aprisionarlos eternamente. La solidaridad mundial está de lado de los campesinos. Los verdugos tienen en sus manos las armas de la guerra y su enconado odio a la justicia. Los campesinos la razón y la necesidad de superar su crítica situación de pobreza. ¿Cuál paz promete el Gobierno?: la del silencio y la resignación de los campesinos/ la de la tristeza y el dolor para los muchos/ la del goce de la riqueza para los pocos/ la de que los niños campesinos le tengan más miedo a la vida que a la muerte/ la de que la riqueza colombiana se disfrute en los círculos selectos de los imperialistas/ aquella que ultraja, explota y oprime a los campesinos para que los oligarcas hagan sus orgías contando sus ganancias/ Paz del sepulcro.



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Freddy Yépez


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