Los políticos europeos prisioneros de su propia creación


Observar la actitud de los gobernantes de la Unión Europea (UE) en medio de esta crisis que se afinca y destruye las conquistas sociales que definieron a muchas de las sociedades europeas desde finales de la segunda Guerra Mundial es como ver una interminable película del Gordo y el Flaco, con las torpezas previsibles que se repiten en no importa que contexto, mostrando así que no hay cambios posibles en el guión que los políticos que gobiernan el mundo del actual capitalismo “desarrollado” están llamados a interpretar.

Esta semana Holger Stelzner, editor de la sección económica del diario alemán Frankfurter Allgemeine, puso el dedo en la llaga cuando escribió que frustrados con el fracaso de sus políticas hacia la crisis en la zona euro (ZE), los políticos europeos están ahora escondiéndose detrás del BCE (Banco Central Europeo). Y que cuando a su vez la BCE fracase los políticos deberán reconocer su responsabilidad por haber “aceptado una política de ganar tiempo, pero sin cambiar algunas de las estructuras subyacentes” de la UE.

Los minuciosamente planificados “mercados autorregulados”.

El neoliberalismo, o sea el viejo oxímoron de los mercados autorregulados que renace en las fases de dominación del capital financiero, es en realidad un sistema que requiere una planificación y ejecución minuciosa, que fue diseñado y construido para ocupar todos los poros de las sociedades, para ser universal.

La construcción durante décadas de esta utopia neoliberal, que supuestamente se justificaba en la expansión de la producción y del comercio hasta el último rincón del globo, requirió la creación de un sistema legal y de mecanismos e instituciones de alcance mundial, como la Organización Mundial del Comercio, de Tratados y convenciones que necesariamente tienen que reflejarse en las constituciones y legislaciones nacionales. Nada fue dejado al azar, nada es modificable, a menos que sea para profundizar y hacer más omnipresente el sistema.

Es así que en el derecho internacional fueron introducidas y afianzadas las conquistas obtenidas por la presión de la vía bilateral o multilateral a través de los acuerdos de libre comercio, de protección de las inversiones y de la propiedad en todas sus formas, promovidos por Estados Unidos (EE.UU.), la UE, Japón, Canadá y las instituciones que están bajo su control, como el FMI, Banco Mundial, entre otras más.

Para incorporarse a este sistema global los Estados nacionales debían ceder sus poderes y palancas de intervención en las economías, como la formulación de las políticas monetarias y fiscales para proteger el empleo, y crear bancos centrales “independientes” (de los gobiernos y subordinados a los mercados financieros) que siguieran fielmente las políticas antiinflacionistas y garantizasen la flotación y la libre convertibilidad de las monedas.

La liberalización del comercio y de las inversiones estará enmarcada en un sistema legal e institucional internacional que debe incorporar a todos los países, y que todos los países deberán respetar so pena de aislarse del resto del mundo, me decía en los años 90 -en entrevistas para Notimex- el ministro canadiense del Comercio Internacional Pierre Pettigrew (1).

Incompatibilidad del neoliberalismo con la democracia.

En el neoliberalismo no hay lugar alguno para el papel rector del Estado tal y como se aplicó a partir del New Deal de F. D. Roosevelt, en defensa de los intereses públicos, del bien común. Y tampoco para el sistema democrático.

Como bien lo dice Boaventura de Sousa Santos en su Octava carta a las izquierdas, al referirse al “capitalismo extractivo” que forma parte central del neoliberalismo dominante, “cuando la democracia concluya que no es compatible con este tipo de capitalismo y decida resistírsele, quizá sea demasiado tarde. Puede que, entre tanto, el capitalismo haya concluido que la democracia no es compatible con él”.

No es un hecho fortuito que la democracia en el sistema capitalista, esa democracia que va más allá del voto electoral y se concreta en algunas de las aspiraciones de las mayorías, como una más justa redistribución de la riqueza social a través de una tributación fiscal progresiva, con los ricos tributando acorde a sus ingresos; en la creación de empleos utilizando las palancas en manos del Estado; en la facilitación de la sindicalización para garantizar el progreso de los salarios y el mejoramiento de las condiciones laborales; en los programas sociales que permiten el acceso a la educación, la salud y una jubilación decente, que esta democracia haya existido únicamente durante la también breve existencia del “Estado benefactor”, que comenzó a ser desmontado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan a partir de los años 80 del siglo 20, y que ya comienza a ser un lejano recuerdo en muchos países.

Si la realidad no concuerda con la teoría, peor para la realidad.

El periodista y escritor David Rieff, en un análisis sobre qué sucede cuando el aferramiento a una ideología impide cambiar el rumbo de una política aunque ésta se revele ineficaz y terrible para el curso de la historia, como la aplicada por EE.UU. y las ex potencias coloniales europeas en el Oriente Medio, recuerda que una vez el gran físico Max Planck criticó a su colega James Jeans por no querer abandonar su teoría aun cuando tenía frente a sí los hechos que deberían haberle obligado a ello. Jeans, escribió Planck a un colega mutuo, ‘es el modelo de como no debe ser un teórico, de la misma manera que Hegel lo fue en la filosofía: peor para los hechos si no concuerdan’ con la teoría. (“History Resumes: Sectarianism’s Unlearned Lessons”, World Affairs Journal)

¿Qué sucede cuando la realidad no concuerda con la teoría neoliberal? Pues bien, hay que seguir aplicando la teoría. En el caso de la UE, con su rígido sistema monetario y fiscal que ignora las evidentes asimetrías económicas, como las que existen entre Alemania y Grecia, España, Portugal e Italia (sin hablar de los países que van del Báltico hasta los Balcanes), desconocer la realidad en una situación de crisis de la deuda pública implica, como está sucediendo, imponer a través de la famosa Troika (Comisión Europea, BCE, FMI) una enorme presión deflacionista mediante severos programas de austeridad, o sea cortando el gasto estatal, despidiendo más empleados y trabajadores, bajando aun más los salarios y pensiones, reduciendo o eliminando los programas de educación y salud, vendiendo al sector privado extranjero (o a los ricos locales que desplazaron sus fortunas a los bancos alemanes) lo que aun queda de empresas y bienes públicos.

¿Una prueba de que el sistema no admite cambios? Pues bien, con la reciente elección del socialista François Hollande a la presidencia de Francia se creó la ilusión, porque Hollande lo prometió, de que había terminado el “merkozysmo”, esa estrecha colaboración entre el ex Presidente francés Nicolás Sarkozy y la Canciller alemana Ángela Merkel para elaborar “a dos” la posición de la UE frente a la crisis de la deuda pública en Grecia y otros países de la ZE.

Pero el pasado 23 de agosto, al reunirse en Berlín, la Canciller Merkel y el Presidente Hollande enviaron un “mensaje firme a Grecia”, recordándole al gobierno de Atenas que si quiere seguir perteneciendo a la ZE debe proseguir con “los esfuerzos indispensables” (Reuters), o sea aplicar a fondo los programas de austeridad que la Troika exige. Y el 27 de agosto Paris y Berlín decidieron la creación de “grupos intergubernamentales de trabajo” para formular propuestas sobre la “unión bancaria”, el “fortalecimiento de la coordinación fiscal” y el “crecimiento económico” en la UE, y para coordinar de “la posición franco-alemana frente a Grecia”, como anunciaron Pierre Moscovici, ministro francés de Economía, y el ministro de Hacienda de Alemania, Wolfgang Schauble (Reuter y AFP, 27 de agosto).

Idéntico con la promesa de Hollande de que renegociaría la última gran obra del “merkozysmo”, el “pacto fiscal” (Tratado europeo sobre la estabilidad, la cooperación y la gobernanza) que reduce a 0.5 por ciento el déficit estructural anual (hasta ahora era del 3.0 por ciento) y que para impedir transgresiones pone en manos de los burócratas de la UE la última palabra en materia de aprobación de los presupuestos nacionales que pueden ser aprobados por los Parlamentos.

En septiembre el Presidente Hollande pondrá a votación en la Asamblea Nacional la legislación para ejecutar el pacto fiscal, desoyendo al 72 por ciento de los franceses que quieren que sea sometido a un referendo popular, según un sondeo de la firma CSA.

Es en este contexto que otro sondeo, de la firma Ipsos, revela que el nivel de aprobación de la política de Hollande pasó del 55 por ciento en julio al 44 por ciento a final de agosto. Y este descenso puede acelerarse con la presentación en septiembre del presupuesto para el 2013, que incorporará bajas en los ingresos fiscales por el estancado crecimiento de la economía, y ejecutará recortes para reducir el déficit.

Poco importa que la economía francesa esté estancada (los últimos tres trimestres tuvieron crecimiento cero) y amenazada de recesión, y que los despidos sean masivos. La realidad no tiene importancia, como parece decir Nicholas Spiro, de la firma Spiro Sovereign Strategy en Londres: “el problema (de Hollande) es que él mismo se arrinconó políticamente” al prometer una política de crecimiento. Ahora, según Spiro “es la presión del mercado (los patrones de las grandes empresas y de las finanzas) la única fuerza que lo obligará a llevar a cabo reformas sustanciales”, es decir a ejecutar drásticos planes de austeridad (Hollande Loses Bond Market Love as Growth Stalls: Euro Credit, Bloomberg News, 28 de agosto).

Lo que no se dobla se rompe.

Tal como ha sido concebido y aplicado el sistema neoliberal vigente en la UE no permite cambios.

Prueba de ello es la interminable y bizantina discusión sobre lo que el BCE puede o no puede hacer para aliviar la situación de los endeudados países que para poder colocar obligaciones destinadas a pagar el servicio de la deuda o deudas que llegan a término deben pagar insostenibles tasas de interés. Pero eso, como señala Stelzner, no es más que ”una política de ganar tiempo” que los gobernantes de la UE están usando y abusando, hasta que “a su vez el BCE fracase”.

En entrevista con Paúl Jay, de The Real News Network, el profesor Costas Lapavitsas de la Universidad de Londres hace un detallado análisis de la política de Alemania y Francia, que define como destinada a apabullar a Grecia para que acepte todas las medidas de austeridad que se le impongan, y si de alguna manera los griegos terminaran rebelándose y retirándose de la ZE, el cálculo en Berlín y Paris es que tal situación es ahora probablemente controlable.

Las políticas de austeridad aplicadas y todo lo sucedido en los dos últimos años, dice Lapavitsas, debilitaron la posición de Grecia y fortalecieron las de Alemania y Francia, y esto puede llevar a un “error de cálculo”: “En la noche que se permitió el colapso de Lehman (Brothers) en 2008, esta decisión le pareció coherente a algunas personas. Pero la coherencia se esfumó en la mañana siguiente. Es obvio que Francia y Alemania, particularmente Alemania, han hecho algunos cálculos y piensan que pueden probablemente controlar tal situación. Probablemente piensan que pueden asimilar el choque (de la salida de Grecia de la ZE). Pero hay buenas razones para pensar que esto tendrá muy serias implicaciones, que no han sido previstas y que son imprevisibles”.

Con la situación agravándose tan rápidamente en España, Portugal, Italia y otros países, y ante la incapacidad de los gobernantes de la UE para responder adecuadamente a la realidad, o sea abandonando el rígido modelo actual, no hay que ser profeta para avizorar un quiebre.

La Vèrdiere, Francia.

- Alberto Rabilotta es periodista argentino - canadiense.

Nota:
1.- Pierre Pettigrew ocupó sucesivamente, a partir de mediados de los 90 y durante casi una década en los gobiernos liberales de los primeros ministros canadienses Jean Chrétien y Paúl Martín, las carteras de ministro del Comercio Internacional, de Salud, de Asuntos Intergubernamentales y de Relaciones Exteriores.

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