Confirmación de una amenaza que no cesa

Uribe confiesa el plan de ataque contra Venezuela

Ante un auditorio juvenil, en la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín, el pasado 13 de agosto el ex presidente Álvaro Uribe admitió que todo estaba previsto en Colombia en 2010 el para que su gobierno diera el primer paso hacia la invasión estadounidense en Venezuela.

“Obtuvimos nuevas pruebas de campamentos guerrilleros en Venezuela” sostuvo Uribe, reiterando la excusa utilizada para agredir al país vecino. Y agregó: “Teníamos tres opciones: hacer las denuncias, quedarme callado y la otra opción era un operativo militar en Venezuela… me faltó tiempo; me faltó tiempo”, se lamentó.

Esta confesión ocurre en momentos en que el Departamento de Estado, a través de CNN y otros medios de la misma estirpe, trata de resucitar a Uribe y reposicionarlo como protagonista en el escenario latinoamericano, ante la acelerada desagregación de sus instrumentos de control no militares, la parálisis de agentes políticos tradicionales y la necesidad de figuras dóciles para promover, en adelante, lo que el ex presidente admite haber programado en el pasado.

A falta de mejores abogados el imperialismo estadounidense recurre a un individuo probadamente implicado en el narcotráfico, que llegó al poder con ese apoyo y, una vez instalado en el Palacio de Nariño, llevó a niveles nunca antes alcanzados la infiltración de agentes del narcotráfico en el Estado colombiano.

De esta manera, queda confirmado por su principal operador el plan de utilizar el ejército colombiano para atacar militarmente a Venezuela, provocar la obvia respuesta de Hugo Chávez y así pavimentar el camino para iniciar una conflagración militar interna en Venezuela –con ese objetivo hay también paramilitares y narcotraficantes colombianos infiltrados en este país- paso clave en el plan de ataque del Pentágono contra Venezuela y la Revolución Bolivariana.

Actuar preventivamente

No fue tiempo lo que le faltó a Uribe. Fue el alerta del gobierno venezolano, el alistamiento de la Fuerza Armada Bolivariana y el oportuno despliegue de una campaña internacional de denuncia del riesgo inminente de guerra.

No era fácil explicar aquello. No había guerra abierta. Y proliferaron los analistas de diferente signo ideológico que explicaron la advertencia como un recurso de Chávez para “sacar la atención sobre sus problemas internos”. No pocos intelectuales y artistas desestimaron la gravedad de la coyuntura, intoxicados por los medios que insistieron en que el Presidente venezolano apelaba a esa denuncia como recurso de distracción.

América XXI realizó un acto público en una sala céntrica de la Capital Federal en Argentina y lo reeditó en diferentes capitales del país. En cada caso, un público predominantemente juvenil y militante oyó las exposiciones de denuncia, solidaridad y compromiso para luego debatir con ardor la coyuntura y su probable evolución.

En su edición impresa, América XXI dedicó portada y nota principal al tema: “La unión o la guerra”, tal como alertaba el título el 5 de agosto de 2010, complementado con la siguiente idea: “Estados Unidos lanza a Colombia contra Venezuela y despliega un descomunal dispositivo militar en la región, resuelto a impedir el proceso de convergencia”.

Debieron transcurrir dos años para que dirigencias políticas y sociales, intelectuales y artistas, tuvieran la comprobación de aquella denuncia. Ocurre que la comprobación no vino por la concreción de la guerra denunciada, sino por la confesión de quien tenía en sus manos la tarea de desatarla. Involuntariamente Uribe reivindicó a quienes entonces actuamos contra lo que él representaba.

La movilización de rechazo, la asunción del riesgo por parte de la mayoría de los gobiernos de la región y, en primer lugar, la frontal decisión de Chávez de enfrentar la amenaza con la puesta en pie de guerra de la FAB y la movilización del pueblo venezolano y su vanguardia, amarraron las manos al imperialismo. El títere se quedó “sin tiempo”.

El corolario es claro: es posible impedir la guerra. La decisión soberana de un gobierno y su pueblo, la conjunción de gobiernos que por una u otra razón rechazan esa perspectiva de destrucción y muerte, la movilización del activo político con una clara conciencia de lo que está en juego, son decisivos en la grave coyuntura actual.

Hombres y mujeres que por vía de la política, el sindicalismo, los claustros, el arte o la literatura, pueden llegar a la inteligencia y el corazón de las mayorías, tienen la capacidad de frenar la escalada guerrerista en que están lanzados el gobierno de Estados Unidos y sus aliados. Y esa capacidad conlleva un deber histórico.

Dicho en otras palabras: cada uno cuenta. Y no es cosa del pasado; de aquella circunstancia denunciada en 2010, ahora actualizada. Las convulsiones del capitalismo, visibles hoy en cualquier diario o informativo, aceleran el curso belicista del sistema.

En la región, esa amenaza está centrada una vez más en Venezuela. Porque la Revolución Bolivariana es un factor determinante en el curso tomado por América Latina en la última década. Porque la reelección de Hugo Chávez el próximo 7 de octubre asegura que ese proceso se extenderá y acelerará al ritmo de la onda expansiva de la crisis capitalista. Por eso lanzan a Uribe otra vez al ruedo. Por eso es necesario tomar otra vez la iniciativa, en una acción de masas para impedir la guerra.

americaxxi@americaxxi.com.ve



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Luis Bilbao

Escritor. Director de la revista América XXI

 luisbilbao@fibertel.com.ar      @BilbaoL

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