La guerra imperialista como causa potencial de extinción de especies revolucionarias

El manisero de Darwin, con su teoría de la extinción de las especies debido a la selección natural, pareciera que inspiró también a los imperios para extinguir países por ser revolucionarios y respondones, sobre todo…

Y volviendo a Cuba, esa digna y gran nación latinoamericana ha desmentido, durante más de 50 años ya, tal teoría. Cuba hoy en día es una “especie” moralmente desarrollada por haber sobrevivido a las graves fluctuaciones producto de la incontable crueldad política de Estados Unidos.

Porque según este manisero de Darwin, la selección natural opera sólo a través de las diversificaciones que resultan, de alguna manera ventajosas en una especie, debido a que cualquier perfil representado por escasos prójimos de ella correría, el inmenso riesgo de quedar extinguida toda, al momento de presentarse colosales oscilaciones en las estaciones de la naturaleza o, por pasajero aumento en el número de sus enemigos naturales.

Quizás en otras palabras más llanas pudiera decirse: que toda especie que se adapta ventajosamente ante grandes cambios de la naturaleza, o al crecimiento temporal del número de sus mortales enemigos naturales, sobrevivirá. Las demás se extinguirán, irremediablemente. (No me he confinado al laboratorio como para confirmar o negar tal hipótesis. Pero lo cierto es que he leído por allí acerca de la reaparición de especies que se habían dado por extinguidas… ¿Cómo explicaría algún darwinista tal “milagro” entonces?).

Pero de acuerdo al alcance de esta elaboración teorética, los imperios, a través de la historia, han sido especies político-jurídicas que evolucionaron sólo con el interés de dominar desde todo punto de vista al resto de los ensayos humanos. Y el mecanismo que utilizaron para ello fue la guerra (porque hay constancia que la paz hubo de ser primero en la historia humana) que no resulta precisamente una severa fluctuación de la naturaleza sino una concepción desastrosa que emana – y ha emanado – del ambivalente espíritu humano. Quizás por eso haya sido que la guerra, junto con la necesidad de protegerse de la intemperie, constituyera el acicate más prominente para el desarrollo técnico y tecnológico de la humanidad.

Pero creo que esta hipótesis del manisero de Darwin, viéndolo bien, como que no me sirve para lo que quiero estrictamente decir. Disculpen, quizás me sirva más el ejemplo del mero desempeño de la vida salvaje.

Pues, porque en la vida salvaje las especies animales son predadoras; vale decir, que matan a otros de distinta especie para comérselos y así lograr sobrevivir. Y no ha podido ser de otra manera, porque debido a ese instinto se regula naturalmente el número tolerable de determinadas especies sobre la tierra a fin de que el equilibrio siempre necesario, que garantiza la vida, pueda operar. Sin un equilibrio, dentro del caos cósmico, no hay vida posible. Y para colmo se da la circunstancia que es la especie humana la que depreda conscientemente con fines comerciales inconfesables. ¡Vaya para lo que ha servido la inteligencia de los hombres y de las mujeres!

Entonces, los imperios constituidos sobre todo debido a la supremacía económica, y por tanto, bélica con los recursos que le saquean a otros Estados, han sobrevivido justamente por comerse a esos pueblos o Estados y, sobre todo, cuando estos poseen la vital “proteína” de sus recursos naturales y culturales. ¿Pudiera pensarse en que todo resulta una mera coincidencia?

¿Pero cómo hace un predador entonces para comer y sobrevivir? Bueno, primeramente trata de hacer cercanas a sus presas; ponerlas a su alcance. Los leones, por ejemplo, viven entre los ñúes, las cebras y las gacelas. Pero cuando van a alimentarse asumen una actitud que espanta a ese entorno que lógicamente comienza a huir, buscando por tanto instintivamente, primero que todo a la víctima más vulnerable, a la más frágil e indefensa, a la que menos pudiera inferirles alguna herida de vuelta y, aún así, primero la aíslan tácticamente de la manada para que no pueda ser defendida, y luego le caen con ventaja y brutal ferocidad mordiéndolas en el güergüero hasta que las sienten exánimes. En casos extremos se han visto en la urgencia de procurar una presa grande y poderosa – como una jirafa, o un búfalo bien jamao – pero han salido derrotados, cuando no heridos, lo que en ellos resulta ir a una muerte segura.

Así mismo hace hoy Estados Unidos. Pone a sus presas a su alcance a través del rendibú, pero también de las bases militares generalmente bien pagadas, y también valiéndose de sus poderosas flotas militares… ¿Cuáles son entonces sus presas menos riesgosas? Bueno, los países pequeños e indefensos, además de irreverentes, y sobre todo que posean fuentes naturales de energía y minerales estratégicos para saqueárselos. Y cuando se lanzan a su caza, primero ya se han garantizado que no disponen de un armamento sofisticado sino de uno proveído en operaciones meramente mercantilistas. Luego lo aíslan, aun a sabiendas de que nadie saldrá a defenderlo con las armas y, posteriormente le caen con brutal ferocidad; vale decir, lo saquean y descuartizan, pero siempre con la encomiable atenuante de ser en nombre de la democracia, y, sobre todo, de los derechos humanos… Pero no le pone el ojo con igual decisión a los fuertes y a los bien armados, pues tiene el imperio la elemental prudencia de un animal…

Y lo peor es que nunca pueden ser llevados a ninguna corte para ser juzgados, porque, simplemente para ellos, no hay justicia en este mundo. Son como Dios, que no puede ser juzgado, pero Quien sin embargo puede juzgar… Así pues es la esencia de un imperio.

¡Qué humillante por tanto resulta concienciar cabalmente su grotesca existencia, y sobre todo su impronta!



Nota reveladora

Ruego a la profesora de la UBV que me enviara un correo requiriendo mi humilde opinión sobre un tema que en él se especifica, reenviármelo con sus anexos dado que, por un torpe quehacer (incluso permanente preocupación de mi geriatra) lo borré sin intención. Lo que no significa que los demás viejos y viejas sean torpes como el firmante de este artículo, y quien por cierto, es su servidor y camarada.

canano141@yahoo.com.ar


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Raúl Betancourt López


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