Meñique morado, corazón magullado

A media mañana del domingo fui a votar. Llegué al colegio Francisco Esteban Gómez de La Asunción: un edificio precioso que parece una casona colonial inmensa, con sus corredores frescos, sus puertas de madera maciza, oscura, curtida por el tiempo, techos altos, salones frescos, todos ubicados en torno al patio central. Una belleza que no es.

En la entrada del colegio, a mano izquierda, hay una valla de latón retorcida, tal vez por el viento, tal vez porque algún muchacho tremendo se colgó de una de sus esquinas. Alguien, no hace mucho tiempo, puso esa valla allí para que nos informara orgullosa que el Gobierno Bolivariano había gastado no sé que cuántos millones en remodelar esa escuela. Y seguro que fue verdad, que los gastaron y que la repararon, pero también es verdad que terminaron y se fueron sin pensar que no basta rescatar a los colegios de la desidia cuartorepublicana, si es que le quieren echar la culpa a alguien, sino que hay que darles mantenimiento una vez recuperados, digo, para no parecernos a los adecos que tanto criticamos.

Las paredes abombadas de humedad exhibían los dibujos y trabajos que hicieron los niños sobre el Bicentenario, banderas de Venezuela de papel lustrillo pegadas a una concha de pintura a punto de desprenderse. Rejas retorcidas, abandono. Y eso que no entré a los baños, o a lo mejor debí hacerlo para llevarme una sorpresa agradable, uno nunca sabe.

Lo que sé es que un colegio en cuya pared cuelga un cartelito que dice “cuida tu colegio” debería estar impecable. Yo no vi basura, no vi vidrios rotos por pelotazos, yo imagino a los niños cuidando su escuela con el mismo entusiasmo que reflejaban sus dibujos independentistas, lo que sí vi fue a una zona educativa “bolivariana” insensible al deterioro, insensible a la sensibilidad de los niños a quienes tratamos de educar dentro de un colegio que los adultos dejamos caer a pedazos.

No había cola y voté muerta de la rabia, esperando que algo bueno ocurriera con mi voto.

Más tarde, meñique amoratadamente, llevé a mis gordas a comer basurita al Sambil. Sentadas en la Feria vi venir caminando a una leyenda margariteña. Se veía extraño en tan artificial y desmargariteñizado ambiente, con su sombrero de paja, con su mapire, con su cara de patrimonio cultural del estado, caminando entre las mesas sin decidir sentarse en alguna, dando vueltas en una feria que huele a aceite rancio… ahí lo llamó alguien y lo abrazó como se abraza a un patrimonio viviente de una isla que uno ama tanto. Yo no le quitaba la vista de encima, por curiosa y porque ya había escuchado que El Guanaguanare vende sus discos él mismito para redondearse la arepa.

En efecto estaba vendiendo discos, como quien no quiere la cosa, sin ofrecerlos, sacándolos del bolso de su dulce compañera, sólo si uno se los pedía.

Daniela, mi gorda grande, estudió a Jesús Avila en el cole, por lo que quiso ir a saludarlo. El Guanaguanare amoroso saludó a mis gordas y les mostró un juguete que hizo con dos pepas de mango, una suerte de injerto de gurrufío con yoyo.

Le pregunté dónde podía comprar sus discos y me vendió uno a treinta bolos, quería darme dos por cuarenta pero yo no tenía sesenta bolos y no quise ponerle la arepa más cuadrada, así que le di cuarenta, treinta por el disco y diez de abono para mi próxima compra.

En pleno toma y dame con tan inmenso personaje noté su meñique morado y de inmediato le enseñé el mío. Sin pensarlo dos veces El Guanaguanare me abrazó y me dijo emocionado: “Compatriota, compatriota...” una, dos, veinte veces…

Yo le di tres besos antes de despedirme, tenía que irme pronto porque no quería que me viera llorar, pero es imposible no hacerlo cuando uno ve a un viejito que ha dado lo mejor de su vida, toda su vida a su isla, a su patria y que hoy, cuando ya los huesos pesan y duelen, hoy, en plena revolución, mi Guanaguanare tengas que convertirse en vendedor clandestino de su música en medio de Centro Comercial.

Para él no hay Ministerio de Cultura, el dinero, al parecer, es mejor gastarlo adefesios disfrazados de monumentos conmemorativos, en Caracas, siempre en Caracas, porque lo demás, creo, es monte y culebra.

Espero que mi voto sirva para algo...Eso o que nos manden al Chapulín Colorado.


carolachavez.blogspot.com


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Carola Chávez

Periodista y escritora. Autora del libro "Qué pena con ese señor" y co-editora del suplemento comico-politico "El Especulador Precóz". carolachavez.wordpress.com

 tongorocho@gmail.com      @tongorocho

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