El liberalismo paternalista

No hay duda: detrás del aparente “Estado débil” del liberalismo se encuentra un despótico “Estado fuerte” que trabaja para el mercado. Dicho Estado en sus propuestas políticas aplica de más en más un mínimo de redistribución social y de intervención en el mercado, y un máximo de intervención policial y procesos jurídicos.

Esta corriente viene catalogada como «liberal» en cuanto estableciendo un mínimo de intervenciones en el plano de los cambios económicos da lugar al crecimiento del mercado privado y, por ende, al incremento del capital privado. Desde este punto de vista el Estado se presenta como un Estado débil.

El problema está en que por otra parte se desarrollan políticas estatistas que presuponen una exagerada intervención estatal, y que se ven reflejadas en la acción contra la inseguridad, a través de políticas de mano dura policial y de leyes fuertemente punitivas que hacen del Estado un Estado fuerte.

Por otra parte, los proyectos de privatización de la educación ofrecen, por ejemplo, ventajas a los intereses individuales, obligando al Estado a no encaminar políticas perfeccionistas miradas a «educar ideológicamente» a los individuos, lo que para el libertarismo significaría dejar intactas sus libertades. A través de estas medidas el Estado sería entonces de nuevo Estado débil.

Pero por otra lado son invertidas grandes cantidades de dinero para preservar las «garantías» en relación a la «soberanía del Estado», a través de la compra o producción de armas de guerras y la puesta en práctica de duras políticas de inmigración, medidas a través de las cuales los individuos y el mercado son asegurados contra el peligro de una inestabilidad que venga del exterior. Podemos decir sin lugar a dudas que estas medidas hacen y presuponen entonces un Estado fuerte.

Podríamos hablar entonces de un proceso contemporáneo a través del cual nos vamos acercando cada vez más a la creación de una definición de Estado que en sí misma posee dos términos aparentemente incompatibles: liberalismo paternalista. Dicho Estado reposa en una concepción “negativa” de la libertad y los derechos individuales.

De todo esto surge entonces la mezcla de un Estado débil y un Estado fuerte, liberal y conservador que se transfigura sólo para asegurar la libertad del mercado (liberalismo) y suprimir los efectos negativos en la esfera social (paternalismo) a través de duras políticas de control judicial y policial. En teoría, un Estado débil que libere el mercado y un Estado fuerte que luche contra los posibles peligros que vengan de las víctimas de dicho mercado.

Todo esto lleva en definitiva al hecho que, como lo expresa Alasdair MacIntyre en Tras la Virtud, “la política moderna se ha convertido en una guerra civil continuada por otros medios”.

Es cierto entonces lo que afirma Charles Taylor en su Ética de la autenticidad: “no podemos abolir el mercado, pero tampoco podemos organizarnos exclusivamente mediante mercados”. De llevar a cabo políticas liberalistas fundadas únicamente en el mercado y el capital iremos irremediablemente a un modelo fundado en la fragmentación social y el individualismo.

Para terminar es necesario recordar a todos aquellos que ven el mercado capitalista como un remedio contra el peligro que representa la tiranía del Estado que, hoy día, el peligro no lo constituye el despotismo del Estado, sino el individualismo del mercado, como exclusiva forma de vida de los seres humanos.

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Miguel Ángel Pérez Pirela

Doctor en Filosofía Política. Escritor. Comunicador. Investigador del www.IDEA.gob.ve. Conductor y Creador de Cayendo y Corriendo (VTV). Autor de la novela Pueblo.

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