Armando Hart o ese sol del mundo moral

Quiero expresar el inmenso regocijo que significa para mí haber sido honrado con el compromiso nada fácil de hacer una breve semblanza del intelectual, político y maestro cubano Armando Hart, en la oportunidad en que le es conferida, por sus indiscutibles méritos, la distinción de Profesor Honorario de las universidades bolivarianas de Venezuela.

Hombre de la educación y de la cultura,  Armando Hart es, por encima de todo, un humanista de la revolución cubana, gesta histórica de dimensiones universales que sigue ofreciéndole a todos los pueblos del mundo, elocuentes y efectivas lecciones de generosidad, de resistencia y de heroísmo. Es imposible rendir homenaje a este ilustre intelectual, sin que a la vez celebremos el socialismo de Cuba, sus luchas, sus 50 años de historia y sus logros irreversibles y certeros, así como las cruentas batallas que en la década de los cincuenta, bajo el firme liderazgo de Fidel Castro, permitieron el triunfo insurreccional del 1 de enero de 1959. Digo que es imposible hacer ese deslinde porque el nombre de Armando Hart se encuentra estampado de modo indeleble en cada una de las etapas de la Revolución: en su origen, en su defensa, en su consolidación y en su indetenible despliegue hacia el futuro.  

Armando Hart nació en La Habana el 13 de junio de 1930. Así que dentro de seis días estará de cumpleaños y será ocasión para que usemos esa bella fórmula que él suele emplear para sus amigos cumpleañeros y que podríamos adelantarle esta tarde: “Somos nosotros los que debemos felicitamos porque él nació ese día”. También podríamos decirle aquellos famosos versos habaneros de Lezama, con un leve retoque: “Nacer allí es una fiesta innombrable” porque “la mar violeta añora el nacimiento de los dioses”.

En sus años de estudiante se incorpora a la actividad política, al lado de los pobres y de los rebeldes. Se gradúa de abogado en 1952 y coloca sus conocimientos jurídicos al servicio de la causa revolucionaria, como lo demostró tempranamente en la defensa del profesor García Bárcenas en el año 53. Desde entonces, sus conocimientos están al servicio exclusivo de la justicia, una palabra esencial en el ideario de nuestro eminente Profesor Honoris Causa. Podemos afirmar que su vida profesional ha sido (y es) la vida de un luchador a tiempo completo. Por esa razón todos los esbozos biográficos que sobre él se han escrito dan cuenta de una persistente y armoniosa conjunción de acción y pensamiento.

Heredero espiritual de los grandes forjadores de la eticidad cubana, Armando Hart ha sabido articular la tradición intelectual de su país con los principios filosóficos marxistas, procurando leer y auscultar la singularidad de Nuestra América. De allí su antidogmatismo, de allí su cubanidad, de allí su conocimiento entrañable de Varela, de Luz y Caballero y de Martí, por mencionar una trilogía que le es cara, como veremos en estos párrafos suyos que me permito citar:

Varela fue el primero que nos enseñó a pensar; Luz y Caballero a conocer y Martí, con base en esa tradición, a su genio y generosidad, a actuar. Pensar, conocer y actuar están en la raíz de la cultura del siglo XIX cubano. Su valor se encuentra en que es parte inseparable de la cultura latinoamericana y caribeña, que nos representamos en Simon Bolívar, José Martí y los próceres y pensadores de la América de los trabajadores, tal como la caracterizó el Apóstol cubano”.

Ver en nuestro pasado las luces que fueron encendiendo pensadores y políticos preteridos o leídos tendenciosamente por ciertas élites, es una tarea indispensable para quien esté comprometido con la educación transformadora y con un proceso revolucionario. Lo hizo y hace Armando Hart en Cuba. Su trato profundo con la obra de José Martí lo convierte en ejemplo de cómo enriquecer la construcción del socialismo con los valores de nuestra memoria cultural. En un Consejo de Ministros, en 1959, mucho antes de que en Cuba se proclamara el socialismo, Hart dijo estas palabras:

Para entender a Fidel hay que tener muy presente que está promoviendo la revolución socialista a partir de la historia de Cuba y América Latina y del pensamiento antiimperialista y universal de José Martí”  

Más tarde, en un ensayo titulado “Cómo llegamos a las ideas socialistas y por qué las defendemos”, escribirá:

La ética de José Martí, sus análisis sobre el imperialismo y el aliento llegado de la Revolución de Octubre, eran patrimonio espiritual de los jóvenes cubanos. También influían en nosotros las ideas de la Revolución Mexicana, la gesta contra la agresión yanqui de Augusto César Sandino y las luchas de los pueblos de América contra los gobiernos opresores, de igual forma nos influían los combates a favor de la República española. Esas causas estaban en lo más profundo del alma juvenil cubana. Por eso Fidel en el juicio oral efectuado por el asalto al cuartel Moncada, respondió al fiscal ante una pregunta de rutina, que José Martí había sido el autor intelectual de aquellas acciones”.

Haber insistido en el carácter particular de su acervo cultural revolucionario es uno de los aciertos del proceso cubano. Su crecimiento es vigoroso porque posee bases auténticas y fuertes y, como se sabe, sólo lo que tiene raíces propias es capaz de sostenerse. Pienso que es indiscutible reconocer en Armando Hart a uno de los adalides de esa encomiable línea maestra que los venezolanos ahora sabemos más necesaria que nunca para iluminar la ruta de cambios que hemos iniciado. Esta revolución es bolivariana, como martiana lo es la de Cuba, no sólo por filiación política, sino, sobre todo, por filiación ética. Es éste el punto al que Hart le otorga una centralidad estelar. Así, ha dicho:

En la ética y en la política culta está la clave para encontrar los nuevos caminos del socialismo. Esta es la enseñanza que nos brindan Martí y Fidel, y yo no he sido más que un modesto aprendiz de los dos más grandes políticos que ha dado Cuba: Fidel y Martí. Fue a partir de la universalidad de Martí que me hice marxista en los tiempos en que entraba definitivamente en crisis el pensamiento soviético”.

Que nuestro Profesor Honorario se autocalifique de “modesto aprendiz” es otra lección de su grandeza, pero no me voy a detener allí. Lo importante es lo que comporta ese discipulado: una reivindicación del humanismo, un llamado de atención acerca de la cultura y la educación como fuerzas motrices de los cambios. Por ser mucho más que un “aprendiz” aventajado Armando Hart puede exhibir hoy en día en su larga trayectoria los resultados de su merecidamente aclamada gestión como ministro, primero en Educación y después en Cultura. Fue el primer ministro de Educación de la Revolución y el primer ministro de Cultura de Cuba. Desde la cartera educativa dirigió el más importante y efectivo programa de alfabetización llevado a cabo en América Latina. Y algo más: reconoció en el maestro de escuela a un trabajador fundamental de la revolución, recuperando y preservando su dignidad y sus saberes, disminuidos o despreciados por quienes en otras latitudes convirtieron a la educación en una mecánica sin alma.  Como ministro de Cultura tuvo a su cargo la puesta en marcha de una red de instituciones artísticas donde lo fundamental fue y es la formación integral de los talentos humanos. Le correspondió, además, arbitrar una política de amplitud para superar lo que en Cuba se conoce autocríticamente como el “quinquenio gris”, amplitud que ha tenido continuidad en la fecunda gestión de uno de sus discípulos: el escritor Abel Prieto.

La universidad venezolana tiene muchas cosas que aprender de Armando Hart. Todavía perviven, entre nosotros, casas de estudios que rinden culto al conocimiento elitesco, a la fragmentación de la ciencia y las humanidades, a la arrogancia epistémica y a la autonomía sin responsabilidad social. Todavía persiste entre nosotros un modelo anacrónico que es el caldo de cultivo perfecto para la mediocridad, para el pragmatismo y los cenáculos gremiales que sólo se ocupan del reparto de prebendas y que se niegan a pintar de pueblo a la universidad, como quería el Che Guevara. Porque estamos conscientes de que debemos crear una universidad nueva, distinta, necesaria y útil para la construcción de una nación libre, solidaria y justa, hemos encontrado en el pensamiento, en la acción y en el ejemplo de Armando Hart una fuente idónea para orientarnos en el cumplimiento de ese compromiso. Sabemos que en todo lo que hacemos hoy en día no sólo están en juego nuestras universidades o nuestras naciones. Está en juego el ser humano, especie en extinción, como dijo un día Fidel Castro.

Recordemos unas palabras de nuestro homenajeado:

Es necesario propiciar una cultura donde no existan antagonismos entre ciencia y ética, ni entre ciencia y fe en Dios. (…). Es indispensable situar la solidaridad, la capacidad humana para asociarse a favor de propósitos colectivos, en el centro de un empeño renovador orientado por el esfuerzo científico, tecnológico y profesional de todas las ramas del saber hacia los fines de promover la justicia entre los hombres, sin fronteras ni distinciones.”

Los universitarios que hoy estamos acá queremos exaltar también la limpia condición humana de Armando Hart. Me refiero al temple y la entereza de su claridad interior, de su fortaleza íntima, a prueba de adversidades. Es, sin duda, un hombre virtuoso, en el sentido viril que la etimología latina le imprime a ese vocablo. Así deberíamos ser todos. Si lo fuéramos, probablemente, la humanidad sería menos un valle de lágrimas y más un territorio de la alegría compartida.

Para las universidades que hoy nos hemos congregado, en compañía del Ministerio del Poder Popular para la Educación Superior, con el ministro Acuña y su equipo, este acto tiene un significado adicional: es la primera vez que realizamos juntos una actividad académica de esta naturaleza. Si bien hemos compartido numerosas acciones en otros ámbitos (incluido el de la academia, desde luego), no habíamos vivido antes un momento como éste, que nos fraterniza en un ejercicio común de admiración y que nos enlaza en el reconocimiento a un hombre íntegro, que a partir de hoy se convierte en Profesor Honorario de todos nosotros. 

El ha citado muchas veces las precursoras frases de Luz y Caballero con las que quiero concluir mi intervención, para estamparlas en el Arbol cuya sombra protege a nuestras universidades bolivarianas: 

“Antes quisiera, no digo yo que se desplomaran las instituciones de los hombres –reyes y emperadores-, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de justicia, ese sol del mundo moral”.

He dicho. 

frecastle@hotmail.com



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Freddy Castillo Castellano


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