(Involución Histórica o Revolución Retrógrada)

El Marxismo Salva al Capitalismo

Algunos sociólogos e historiadores de renombre siguen aferrados a la tesis burguesa de un Capitalismo tan eterno como Dios. Adecuan sus luchas a la sugerencia de reformas de reformas cada vez más estrepitosas al final de sus ensayos.

Esa divinización de la explotación del hombre por sí mismo ha buscado evadir la adopción de una nueva forma de vida que deje a un lado al empresario burgués, es decir: ataca abiertamente el “proyecto comunista marxista”.

El caso es que los epígonos y apologistas del presente sistema, sus representantes gubernamentales y la plantilla de filósofos y economistas tarifados por el empresariado de más alto poder económico, no sólo evitan su reemplazo sino que aseguran que todo es cuestión de su perfeccionamiento o de una mejor “distribución de la riqueza”. Pareciera que final y maquiavélicamente siguen acertando.

Es que curiosa y contradictoriamente el capitalismo mimetiza parcialmente la teoría marxista, y paralelamente ha defendido hasta con bombas atómicas el latifundio rural y citadino así como las tentativas de expropiación radical de los principales medios de producción, que son la condición sine qua non del sistema.

Tocamos este delicado tema socioeconómico habida cuenta de que la mediática del momento, con inclusión de ignaros y “toeros”, particularmente de periodistas mediocres, de profesionales y empíricos, han hecho de la crisis financierohipotecaria, por ahora brotada fértilmente en EE UU, su comentario de cada rato.

Recordemos que convivimos en un sistema burgués que nació de las entrañas, o de la “semidestrucción”, del sistema feudal. De este tomó sus artesanos, su acervo científico de marras, sus arcanos agricultores y técnicos en general. Los convirtió en la bolsa de trabajo de asalariados que ha venido continua y crecientemente perfeccionándose hasta la actualidad, y ha impedido que ningún otro sistema le haya podido hacer frente a las horrorosas crisis, hambrunas y malestar social que semejante sistema capitalista ha creado dondequiera que su maligna semilla burguesa toca suelo.

El ensayo socialista soviético y el de otros países euroasiáticos resultaron incompetentes. El modelo cubano no termina por inducir a ningún otro país agobiado por el burguesismo, salvedad hecha del reciente conato socialista venezolano monoliderizado por el Presidente Hugo R. Chávez F., intento que viene expandiéndose por toda América del Sur y hacia otros espacios políticos.

Observamos que como en cualquier guerra, el capitalismo toma de sus enemigos sus estrategias defensivas para ofensivamente devolvérselas. Efectivamente, el burguesismo industrial actual ha convalidado y entendido bien una buena parte de la crítica contenida en la precipua obra El Capital, de Karl Marx, gracias lo cual ha podido saltar sus crisis para subsistir hasta ahora.

Gracias a muchas críticas humanitaristas y principalmente al examen teórico marxista se ha logrado mejores condiciones físicas del hábitat laboral y también numerosas e innegables reivindicaciones que el sindicalismo proburgués (defensor de las mejoras salariales, pero no de la eliminación del salario) logró arrancarles a los empresarios. Esos logros, sumados a las inevitables exigencias salariales de todos los años para hacer frente a las subsiguientes y contabilizadas alzas de precios, a las despilfarradoras guerras interpatronales para tomar un máximo control de la masa asalariada mundial y de sus recursos complementarios, forman un legajo de batallas que le han costado mucho estrés e intranquilidad, trasnochos y rebajas en su patrimonio al empresariado burgués.

El incumplimiento burocrático del esquema rusoniano y la quiebra de la trilogía política maquiavelista, aunados a una clase media que se les ha tornado demasiado exigente o subrentable, obligan a la alta burguesía a reemplazar a sus asalariados actuales, y a hacer un viraje en la selección de sus reemplazos, de sus explotados, a pesar de ser aquellos la porción salarial de más alta productividad ya que recogen y sintetizan todo el acervo tecnocientífico innegablemente logrado por la industria capitalista de los últimos 200 años.

De allí que el próximo pasó defensivo de la continuidad del mismo sistema parece estar dándose, por lo menos a nivel de teoría profiláctica. En este sentido, pensamos que al fin le ha tocado la hora al “Ejercito Industrial de Reserva”. Este ha estado representado por el cúmulo creciente de mano de obre ociosa desempleada y/o subempleada, económicamente activa y desactiva.

Se trata de de las multitudinarias sumas de lumpenproletarios, indigentes, mendicantes, minusválidos, trabajadores de tercera con ínfima productividad lucrativa, ancianidad abandonada, además de los parásitos sociales que también e indirectamente viven de las costillas de los trabajadores, tales como los truhanes, jugadores, deportistas, faranduleros, periodistas y burócratas de todo rango. Estos últimos existen y crecen sin cesar en un número tal que saturan sin colapso los Presupuestos Nacionales, y sin que paradójicamente los servicios públicos puedan dar cuenta eficiente ni eficaz de los males que serían la razón de ser de semejantes instituciones políticas, razón por la que la problemática social sólo empeora con cada nuevo gobierno, con cada nuevo ensayo salarial.

Como quiera que las crisis del capitalismo son espiraladamente crecientes, como quiera que el malestar social del proletariado ya toca niveles insostenibles, y como quiera que definitivamente los máximos propietarios mundiales del patrimonio burgués se están convenciendo de que la mano de obra asalariada vale más viva que sepultada, entonces han reformulado sus estrategias contrarrevolucionarias y, desaguisada pero ingeniosamente, están ensayando por ahora su propia autorrevolución “socialista”. En Venezuela, a semejante autorrevolución la han bautizado como “Socialismo del Siglo XXI”.

Desde luego, echar manos al lumpen sólo se explicaría porque ya la tecnificación digitalizada de la producción transnacional industrial está capacitada para sólo bastarle con la contrata de asalariados, tan incapaces y de tan reducida capacidad laboral que hasta un mono puede suplirlos, pero estos serían incapaces de comprar las mercancías correspondientemente fabricadas por ellos mismos.

A juicio de la alta e internacional burguesía empleadora, el uso asalariado del lumpen funcionaria bien en las desmenuzadas y microrrepartibles funciones de esa moderna industria capitalista. La automatización in crescendo permite su contrata a con mínimos salarios y máximas ganancias provenientes de una población proletaria cada día más numerosa.

Desde luego, no debe extrañarnos ni sorprendernos la admisión burguesa de la incapacidad técnica de las mayorías trabajadoras provenientes del lumpen. En los primeros tiempos capitalistas los trabajadores eran tanto o menos capaces, puesto que era una mano de obra rústica y relativamente ignara, muy incipiente y de baja formación fabril. Ella fue perfeccionándose hasta convertirse en los acabados profesionales de hoy quienes integran la infatuada e ingenua clase media que limita su conciencia y su evolución histórica al perfeccionamiento del salario, a su propio autoaburguesamiento, a su conversión en pequeña burguesía industrial y a la defensa de la gran propiedad industrial como si se tratara de su personal propiedad privada. Estos trabajadores de alta calificación forman parte integral de esa clase media cuyos trabajadores potenciales se hallan económicamente inactivos y ahora deambulan con su ociosidad y su carga de complejos y exigencias burguesa que definitivamente los hace incontratables por ningún empresario. Digamos que su desempleo y subempleo, lejos de atenuarse, irá aumentando hasta convertirlos en el neolumpen que reemplazará al lumpen actual. Este, a su vez, y complementariamente será el nuevo asalariado del capitalismo para las próximas décadas de explotación capitalista.

A esta inversión y conversión de mano de obra salarial damos en llamar Involución Histórica o Revolución Retrógrada, o burguesa redundantemente hablando. Que a esta modalidad capitalista se le llame “Socialismo el Siglo XXI” la entendemos como una denominación mercadotécnica altamente convincente para el mercado laboral que ofrece ahora el lumpenproletariado y los marginados y excluidos en general.



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Manuel C. Martínez M.


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