¡Justicia o rebelión de las ratas!

Me leí una novela extraordinaria que deberían leerla todos los integrantes de un pueblo que sepan leer. Basta un día para leerla y entenderla. No se requiere ser un inteligente –al estilo burgués- para descifrarla y comprender ese prolongado y trágico drama que padecen los pobres en cualquier sociedad, donde la civilización y el progreso se conquistan a expensas de la miseria y el dolor de los explotados y oprimidos. Su autor, don  Fernando Soto Aparicio, colombiano, describe con un estilo muy ameno, con brillo de pluma excepcional, en un lenguaje accesible a la cultura de varios niveles sociales, con la crudeza de una realidad que necesita llamar las cosas por su nombre y apellido sin adornos ni relajos de la palabra, la tragedia de una familia pobre que abandona el campo para ir a la mina soñando con mejorar sus condiciones socioeconómicas y poder ver florecer, en conocimiento y estándar de vida, a sus hijos o sus hijas. La tragedia de Rudecindo Cristancho, su esposa Pastora, su hija Mariena (14 años) y su hijo Pacho (12 años), además del que se estaba gestando en la barriga de su mujer, es la historia drámatica de los Pedro, los Ramón, los José, los Jesús, los Carlos, es decir, los que tienen nombre o sinónimo de pueblo bajo, de pueblo llano, de pueblo pobre, de pueblo desamparado, de pueblo desposeído, de pueblo olvidado, de pueblo condenado, de pueblo explotado y de pueblo oprimido. ¿Qué les importa a los ricos que los pobres, los despreciados, los miserables, sufran en la agonía de la pobreza? Bueno, quien lea la novela “La rebelión de las ratas” se hace de una idea acabada para responder con acierto a esa interrogante.

            Toda ideología de clase tiene una concepción de la pobreza y le asigna causas o raíces diferentes unas de las otras. No recuerdo si en el diccionario de Voltaire hay una definición de pobreza. El Larousse nonos dice absolutamente nada que valga la pena reseñar. Pero para cualquier persona, por sólo reacción del sentido común, la pobreza se manifiesta o se expresa en la forma de vida de aquellos que carecen de los elementales bienes para su existencia humana con justicia. Que haya diversos niveles de pobreza no niega la esencia de la miseria social globalizada por el capitalismo salvaje.

            Entre las concepciones de la pobreza ha destacado, desde tiempo inmemorial, la de la Iglesia. Un sacerdote, en una misa en Timbalí –lugar donde funcionaba la Compañía Carbonera de Oriente en Colombia-, les dijo, a los asistentes católicos, en su sermón u homilía, que la pobreza “... llevada con resignación, es una virtud grata a los ojos del Altísimo. Muchos de vosotros, hermanos míos, os desesperáis por vuestro destino. Pero recordad que cuando Dios vino a la tierra para redimirnos, no llegó entre las sedas y las comodidades, entre los ricos y los potentados. Descendió desnudo sobre el heno de su establo, en la mayor pobreza, en la más grande humildad. Y luego creció como un obrero, trabajando al lado de San José. Por eso el trabajo, hermanos, es la honra más grande para el hombre. Por él se dignifica, se engrandece. El ocio es el origen de los vicios, de los pensamientos putrefactos, de los deseos pecaminosos. Soportad pacientemente vuestra pobreza y bendecid a Dios, porque os ha dado el mismo camino que siguió Cristo en la tierra; y porque en el cielo, después de la muerte de nuestros cuerpos, por esa resignación, por esa virtud de la pobreza, encontraremos al Padre que nos abrirá sus brazos para recibirnos y albergarnos en ellos por toda la eternidad”. Para un marxista, aunque sea muy respetuoso de las creencias  religiosas o de cualquier otra naturaleza, no por ello esté obligado a guardar silencio o no criticar y combatir ideas que llamen al ser humano a la resignación a la pobreza en la tierra como la fuente más segura para ganarse la felicidad en el cielo. Por cierto, el hijo (Pacho) de Rudecindo Cristancho, al escuchar llorar un niño de hambre y ver que su familia no tenía ni un peso para comer,  “robó” al sacerdote, alegando que éste vivía mejor que ellos y, por consiguiente, tenía menos necesidades que el niño y su familia. Esta, por creencia en los pecados capitales y en el Ser Supremo, reprobó la conducta de su hijo, pero el hambre la hizo callar y guardar el secreto del “delito”. El Cristianismo, al calificar la pobreza como una virtud, fundamentó su concepción del mundo y del hombre en la dependencia de una fuerza superior y celestial con poderes sobrenaturales y terminó, justificando su lucha contra la injusticia social planteando la igualdad en la distribución de la riqueza social.

            La burguesía, igualmente, posee su concepción sobre la pobreza que termina siendo utilizada, unas veces, a favor del rico y, en otras, para justificarla y hasta reprobarla en el pobre. En el mismo lugar de  Timbalí, el doctor Holguín –vocero de la Compañía Carbonera de Oriente- la expresó en los dos sentidos de su preferencia burguesa. Ante la justa petición de los obreros para que les mejoraran el salario y sus condiciones de trabajo y de vida, argumentó que la empresa no tenía el dinero suficiente para invertirlo en esas cosas, y que la causa de la pobreza de los obreros estaba determinada por éstos mismos, ya que se bebían en aguardiente todo el dinero que se les cancelaba por salario. La empresa, en cambio para elevar sus ganancias aunque no lo dijo tajantemente de esa manera, requería que los obreros se sacrificaran un poco más recibiendo el mismo salario pero aceptando un incremento en el tiempo de trabajo y no creando sindicato. Detrás de éste, argumentó el señor Holguín, vendrían las rebeliones y el fomento del comunismo. Al buscar la causa de la pobreza en la irresponsabilidad del obrero mismo, la burguesía no hace más que reflejar su concepción individualista del mundo y del hombre, lo cual ni siquiera le permite aceptar, como sí lo hace el Cristianismo, que la distribución de la riqueza es desigual en el capitalismo.

            El marxismo, de la misma manera, tiene su concepción de la pobreza. No la observa ni la entiende como una virtud o una irresponsabilidad del pobre o trabajador, sino que la concibe como el fruto de que unos pocos –conformados en clase social rica y poderosa- son los propietarios de los medios de producción y del capital y, al mismo tiempo, explotan la mano de obra del obrero pagándole un salario que no se corresponde con la jornada de trabajo y, menos, con las necesidades materiales y espirituales del productor de la riqueza. De allí que el marxismo haya llegado a exponer una concepción materialista del mundo y del hombre, de la lucha de clases como el motor de la historia, de la inevitabilidad de la superación y sustitución del capitalismo por el socialismo, esto como régimen que hará posible la culminación definitiva de la pobreza cuando los medios de producción pasen a manos de toda la sociedad al desaparecer las clases sociales y, con éstas, la explotación de unas por otras y del hombre por el hombre; lo cual conducirá irrefutablemente a la extinción de todos los instrumentos políticos e ideológicos que oprimen al hombre y a la misma sociedad. Nunca ha planteado el marxismo la igualdad en la distribución de la riqueza, porque ésta, en el socialismo, será en base a la cantidad y calidad del trabajo individual, mientras que en el comunismo propiamente dicho será en base a las necesidades de la persona y de quienes dependen –como núcleo familiar- de su trabajo, siendo éste en base a sus capacidades.

            Y para finalizar, la extraordinaria novela de don Fernando Soto Aparicio, “La rebelión de las ratas”, concluye narrando, por encima del cadáver de Rudecindo Cristancho y los de más de ciento cincuenta camaradas caídos en la lucha de clases, el avance de los obreros que, mientras exista y perdure el capitalismo en cualquiera de sus modelos, siempre serán”… los desposeídos, los desamparados, los olvidados. Eran los seres famélicos que luchaban contra la injusticia. Venían desde las garras de la miseria –digamos nosotros: pobreza- hasta los extremos sangrientos de la rebeliónY por todo el pueblo de Timbalí las llamas iban extendiendo sus grandes alas rojas”.

            Valdría la pena que el gobierno bolivariano, a través del Ministerio de la cultura, hiciera una edición de varios millones de ejemplares de “La rebelión de las ratas” para ser obsequiados en escuelas, universidades, fábricas, barrios, iglesias, instituciones del Estado, de manera que todo quien sepa leer lo aproveche para su formación de conciencia y de estímulo para las venideras luchas a que nos obligarán el imperialismo capitalista y sus representantes criollos en Venezuela. Lo mismo debía hacerse con ese libro pequeño pero muy rico en enseñanzas verdaderas sobre nuestras realidades y las del intervencionismo estadounidense en los asunbtos internos de otras naciones o pueblos, que se conoce como “Garrote y dólar” de don Rafael Gallego Ortiz.



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Freddy Yépez


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