Nuevos tiempos, nuevos Pecados, nuevos Confesionarios

Cuando Karl Marx infirió que la religión drogaba a los pueblos no estuvo lejos de la verdad. Su metáfora sigue cobrando vigencia por cuanto las religiones, a la par con las recetas económicas, médicas, jurídicas y afines, terminan anquilosándonos nuestra potencial capacidad innovadora, sanatoria y creativa.

Pero mientras la Física y otras ciencias derivadas viven en constante revisión y anulación radical de todo nuestro precedente acervo cognoscitivo, la religión sigue aferrada a su vieja normativa, e independientemente de que las relaciones sociales hayan sufrido considerables cambios cualicuantitativos, pretenden mantener a las nuevas generaciones dentro del mismo y procustiano lecho.

Seguir elogiando la extraordinaria labor de un Jesús de Nazaret no sería del todo malo, si con ello no se siguiera eternizando privilegios de clases e instituciones ad hoc de cuestionable capacidad para tan siquiera torpemente emular la elevada gerencia sociológica, política y humanitaria de semejante y milenario protagonista.

Por ejemplo, la lista de los *pecados capitales* limpia e inalteradamente manejados durante milenios por la alta jerarquía eclesiástica, hoy vaticana, debería ser revisada. Necesitamos y sugerimos una actualización que recoja aquellas actividades de civiles, militares y gobernantes que hasta descaradamente están resultando perniciosas para el mejor comportamiento social del hombre moderno.

Criticar la corrupción administrativa burocrática ya de poco sirve sin penas corporales con sumariales juicios, pero elevar al grado de *pecado capital* los delitos administrativos públicos, la corrupción, podría frenar su comisión.

La excomunión no sería tan mala idea, porque seguir dejando a los tribunales celestiales el castigo espiritual de delitos cometidos en tierra está resultando demasiado inocuo para el profesional de la corrupción política, para el impune liderazgo y tribuna de estos tiempos.

Correspondientemente, necesitamos nuevos jueces religiosos, sin coto aparte, nuevas instituciones y particularmente una participación más popular en la escogencia de la ministratura religiosa. Unas elecciones democráticas religiosas que rompan con la milenaria, obsoleta y antiprogresista figura del elitesco papado y cardenalato. El honorable Vaticano, por ejemplo, sigue siendo un recinto donde unos pocos se despachan y dan su vuelto a espaldas de toda la populosa feligresía que esta connotada religión quiere seguir obnubilando con sus ya arcanas listas de instituciones, confesores y pecados, pecados y desviaciones conductuales que si bien merecen castigos, desde hace mucho tiempo dejaron de ser prioritarios.

marmac@cantv.net


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Manuel C. Martínez M.


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