Las tareas de la izquierda: una nueva comunicación para una nueva cultura

Es importante lo que se dice, pero también es muy importante cómo se lo dice.

José Quinteros

La derrota en el pasado referéndum del 2 de diciembre en Venezuela puede ser una circunstancia oportuna para replantearse algunas cosas en el campo de la izquierda. Planteamientos válidos no sólo para la Revolución Bolivariana sino aplicables a cualquier lucha en los sectores populares.

Estos planteamientos son, ante todo, dudas. No se exponen aquí recetas, manuales ni líneas de acción concretas. Son, lamentablemente, sólo eso: dudas, que pueden servir (¡y ojalá sirvieran!) para profundizar el debate.

Viendo las dificultades enormes de construir alternativas al modelo capitalista, quienes nos interesamos especialmente por estos procesos de cambio (es muy presuntuoso llamarse revolucionarios) tenemos la obligación de plantearnos esta pregunta: ¿por dónde avanzar entonces?, ¿cómo hacerlo?, ¿cuál es el camino?

Romper la inercia fabulosa de una sociedad clasista, de una cultura construida milenariamente en torno a la figura del amo y del esclavo, avanzar hacia un nuevo mundo –la experiencia de todas las experiencias socialistas nos lo enseña de modo patético– no es nada fácil. El combate por un mundo nuevo es, ante todo, eso: un combate, una lucha titánica, una guerra a muerte. Se pelea, primeramente, contra el enemigo de clase. Y sabemos que en esa lucha quien detenta el poder está dispuesto a todo, absolutamente a todo, para mantenerlo: tortura, manipulación mediática, bombas atómicas, engaños, represión feroz, armas de destrucción masiva, guerra psicológica, magnicidios, mercenarios, guerra climatológica… La lista es tan interminable como pavorosa.

Pero además de ese enemigo externo, claro y bien delimitado, tenemos otro enemigo, más solapado, más dañino en cierto sentido: el enemigo que todos llevamos adentro, el enemigo del que no nos percatamos y que nos acompaña día a día, nos constituye, nos moldea. Nos referimos a la ideología, a la cultura, a nuestro sistema de valores. Vencer esos prejuicios, esa carga simbólica que nos hace ser como somos, derrotar esa pesada herencia es una tarea titánica, quizá más titánica que tomar la casa de gobierno. Porque, por último, aún a costa de enormes sacrificios materiales, de muertos y heridos, en una acción militar valiente se puede conquistar el poder político. Pero una vez tomada la casa de gobierno ¿cómo se construye y se afianza la nueva sociedad?

En Venezuela ya se llevan nueve años de proceso bolivariano, sin dudas con grandes avances por parte de los movimientos populares y de un Estado que, sin ser revolucionario (es el mismo aparato estatal de la colonia petrolera que fue el país durante buena parte del siglo pasado), está intentando estar a la altura de los cambios que se suscitan. Pero lo ocurrido el día 2 de diciembre pasado abre una pregunta sobre lo que significa revolución socialista: ¿por qué no triunfó la reforma? Como se dijo muy inteligentemente: no porque el pueblo no esté preparado para el socialismo, o no sólo por eso, sino… porque muchos funcionarios de gobierno no lo están. ¿Por qué todavía buena parte de la población no puede asumir eso que se llama "socialismo"? (léase pueblo: capas populares y clase media, y léase funcionarios de gobierno. La oligarquía, obviamente, jamás lo asumirá). ¿Por qué asusta eso todavía? (asusta, incluso, a gente desposeída, gente que no es aristócrata y no tiene cuenta bancaria secreta en Suiza).

Lo que la gente piensa/opina/dice/repite, para bien o para mal, proviene cada vez más de los medios de comunicación. Si algo marca las sociedades modernas es, quizá más que ninguna otra cosa, la comunicación masiva. Para algunos autores eso tiene el valor no de un avance sino de una ¡catástrofe cultural! Ante ello una propuesta socialista debe darse una tarea inmensa, gigantesca. La fuerza del arma comunicacional es monumental. La encuestadora estadounidense Gallup –nada sospechosa de "comunista" precisamente– informaba en una de sus investigaciones que el 85% de lo que un adulto término medio "sabe" en su vida cotidiana proviene, básicamente, de la televisión. No hay dudas, entonces, que las luchas por un mundo alternativo se juegan cada vez más –quizá lamentablemente, pero esa es la realidad– en el espacio mediático.

La lucha de clases tiene cada vez más la forma de guerra de cuarta generación, es decir: guerras no convencionales, guerras psicológicas, guerras donde el objetivo es la población civil no combatiente a la que se le llega por medios tecnológicamente cada vez más refinados. En otros términos: sutiles acciones de desinformación, de propaganda, donde el elemento dominante es la supremacía tecnológica en la informática y en las comunicaciones globalizadas, guerra donde no hay armas de fuego sino que el elemento preponderante es la colonización mental del enemigo. Como acertadamente lo dice Manuel Freytas: "Los bombardeos mediáticos no operan sobre su inteligencia, sino sobre su psicología: no manipulan su conciencia sino sus deseos y temores inconcientes. Todos los días, durante las 24 horas, hay un ejército invisible que apunta a su cabeza: no utiliza tanques, aviones ni submarinos, sino información direccionada y manipulada por medio de imágenes y titulares".

Si esas son las hipótesis de trabajo del enemigo de clase, pues para el campo popular y revolucionario no quedan más alternativas que presentar batalla en ese campo. Sucede, sin embargo, que los grandes poderes han tomado la delantera en esta iniciativa, y hoy por hoy, llevan ventaja. Eso pudo verse, por ejemplo, en los resultados del pasado referéndum en Venezuela. Sin quitar que hubo mucho de desmovilización y errores políticos en la estructura organizativa misma del movimiento bolivariano, todo lo sucedido puede llevar a la pregunta: ¿acaso la totalidad de los funcionarios del Estado venezolano son revolucionarios inclaudicables, militantes imbuidos de la mística de la ética guevarista, o también ellos están tocados por una ideología histórica (cultura burocrática típica de un país rentista, acomodaticia, plagada de corruptelas y no centrada en el trabajo productivo) reforzada por esa guerra mediática a que aludíamos? ¿No decíamos que peor enemigo que las oligarquías puede terminar siendo ese "pequeño oligarca" que la ideología milenaria nos termina haciendo crecer en cada uno, en aquellos que no somos ni vamos a ser jamás oligarcas? La guerra de cuarta generación, precisamente, se encarga de llevar a niveles insospechados esa tendencia.

Luego de la derrota en el referéndum por la reforma constitucional se ha insistido mucho –con justa razón, sin dudas– en la necesidad de depurar las filas del movimiento bolivariano. "Purgas" ya se apresuró a vociferar la derecha. "Limpieza" la llaman los sectores populares, los grupos más politizados y comprometidos con un genuino proceso de transformación revolucionaria. Más allá del nombre, al querer poner en práctica la medida comienza el problema. Si se "limpian" todos los burócratas ineficientes, perezosos e indolentes que obstaculizan los verdaderos cambios, esos que son quienes verdaderamente no están preparados para el socialismo –que ocupan buena parte del aparato de Estado y del Partido Socialista Unido de Venezuela– si se les quita del medio (permítasenos ser groseros y extremistas y supongamos que, incluso, se les pasara por las armas, y valga el exabrupto para mostrar más elocuentemente el escenario), si se les elimina de una vez por todas en el paredón de fusilamiento… ¿con qué se los reemplaza? ¿Alcanzan las misiones?

El esclavo piensa con la cabeza del amo, y para las clases explotadas la conciencia revolucionaria de transformación no es ni lo más espontáneo ni habitual. Producto de su alienación cultural, justamente, la ideología de los oprimidos pretende imitar a los opresores. Es más "normal" que se pretenda dejar la pobreza apelando a un billete de lotería que buscar la organización popular para pelear por la transformación social. Con todo lo cual queremos decir, entonces, que la ideología es el arma más poderosa de la dominación de clase. "Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante", expresó Marx. Ahí está el gran enemigo a vencer: nosotros mismos, nuestra carga cultural. ¿Cómo combatir contra eso?

Los medios masivos de comunicación son el gran campo de batalla (¡guerra de cuarta generación!). No el único campo, por supuesto, pero sí cada vez más importante. Aunque, por lo que vemos, la derecha sabe mucho de esto. Reconozcámoslo con serenidad: lo está haciendo mejor que el movimiento popular, que las opciones revolucionarias. En todos lados, en Venezuela y en el mundo. Si no lo estamos haciendo bien, ¿por dónde comenzar a corregir entonces? ¿Qué política ideológico-cultural-comunicacional debe darse la revolución, o la izquierda en general en cualquier parte del mundo? ¿Tenemos que aprender de la derecha en muchos aspectos? La semiología de la comunicación, la psicología de la percepción, las técnicas publicitarias existen y dan resultado. No caben dudas que hay que conocerlas. No se trata de repetir la propaganda de la Coca-Cola o los noticieros de la CNN, pero hay que saber por dónde anda el enemigo, no para emularlo, sino para superarlo.

Sólo a título de presentar algunas perspectivas, y lejos de pretender constituirse en manual, me permito esbozar algunas preguntas/ideas para desarrollar alternativas:

* Hasta ahora la derecha presenta siempre al socialismo como intrínsecamente violento. ¿No es posible cambiar esa imagen? ¿No es necesario contrarrestar esa caracterización mostrando que la violencia no está en los oprimidos, que hasta incluso los movimientos armados pueden ser románticos, bellos y sentimentales?
* En general las iniciativas mediáticas de la izquierda son reactivas; se responde a los ataques de la derecha. ¿No sería más productivo tomar la iniciativa de un modo propositivo, mostrar con claridad los logros del socialismo?
* La propaganda de derecha liga siempre socialismo con pobreza. Si bien es cierto que el socialismo representa la voz de los pobres, ¿por qué no desarrollar estrategias mediáticas que lo muestren como desarrollado, triunfador, alegre, optimista, ligado a la belleza y al progreso? ¿Por qué mantener el estereotipo que presenta lo popular como sinónimo de mal gusto, sucio y desarreglado?
* Se debería mostrar que el capitalismo no tiene salida, y que el presunto paraíso consumista significa el inexorable colapso del planeta. Se debe presentar al socialismo como la salvación no sólo de los más desposeídos sino de la humanidad en su conjunto. El consumo voraz nos mata a todos. Ese debe ser un mensaje dominante.
* El discurso mediático debe ser no sólo informativo sino instructivo. Hay que presentar los logros del socialismo, sin caer en panfletarismo, mostrando que hay alternativas más allá de la empresa privada.
* Las injusticias sociales tales como el machismo y el racismo no son temas habitualmente trabajados por la izquierda. Se debería hacer una campaña enorme mostrando que el socialismo no sólo trata de las injusticias económicas, sino también, y con la misma intensidad, de estas otras lacras de la civilización.
* Es común que se relacione progreso científico con países avanzados del Norte. De lo que se trata es de mostrar cómo el socialismo –no importando el país que sea– se asocia a estudio, a saber profundo, a conocimiento de avanzada. ¿Por qué seguir alimentando el prejuicio que el saber es forzosamente rubio y de ojos celestes?
* La comunicación socialista debe tratar temas habitualmente tabú en el ámbito de la empresa privada de la comunicación. El socialismo no puede ser prejuicioso, pacato y santurrón; por el contrario debe acometer temáticas "picantes" con mucha altura: sexualidad, homosexualidad, drogadicción, problemas de pareja, etc., pero para ir más allá del "show" barato y efectista. Mostrar que una postura socialista no es moralista: es abierta y tolerante.
* Hay que pasar del consignismo, del panfleto, a la explicación. Pero una explicación amena, instructiva, no aburrida, que logre hacer ver que el socialismo es futuro conveniente para todos y no pesada carga para nadie.

Insisto: estas son algunas ideas, mejorables o desechables. Lo importante es que una política comunicacional de izquierda debe aprovecharse de las mejores técnicas semióticas de la "industria de la comunicación" capitalista (que las hay, por supuesto) para lograr un producto nuevo. ¿O acaso es cierto que las propuestas socialistas tienen que ser descoloridas, aburridas, pesadas, esquemáticas? ¿Quién dijo que eso es el socialismo?

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Marcelo Colussi

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