El salto de la subversión social a la subversión política: tres espacios emblemáticos continentales y sus propios límites

El capitalismo desarrollista y de sustitución de importaciones que reinó sobre le espacio nuestramericano desde los años 40 en los principios de los años 80 se desmoronó como castillo de naipes. Lo mismo pasa con el modelo de “pacto social” que soportaba su piso político. Las nuevas coordenadas del capitalismo global imponen desde entonces un nuevo trazado neoliberal que condenó para siempre los desarrollos nacionales y el fortalecimiento de las burguesías regionales. El modelo Pinochet impuesto por las armas ya no es sólo una salida defensiva ante la insurgencia política de los sesenta, es también un recetario del nuevo capitalismo neoliberal que entre los años 80 y 90 se convertiría en la Biblia programática de las democracias renacientes. Pero entre tanto, también los pueblos cambiarían sus coordenadas de lucha y resistencia. El movimiento guerrillero toparía con sus limitaciones estratégicas, los antaños y nuevos partidos de la izquierda democrática (reformista o radical), secundados por los ordenamientos sociales, gremiales y sindicales clásicos, salvo el PT brasileño, se quedarían mudos ante una realidad que no estaba prevista en la agenda. La rana salta entonces por otros caminos. Entre líneas coincidentes y no articuladas, desde finales de los 80 aparece de nuevo y con nuevas caras el fenómeno de socialización del evento subversivo. La lista es interminable, comienza probablemente con las manifestaciones masivas de jóvenes contra el mismo régimen pinochetista, revientan ciudades enteras asediadas por la marginalidad y desempleo creciente. Caracas en el 89 da el primer campañazo descomunal, y de allí en adelante nadie lo parará. Caerán presidentes “democraticos” uno tras otro sobre todo el corredor andino (Brasil no se queda atrás, en el 92 dice lo suyo) hasta llegar al climax de este fenómeno con la insurrección argentina de Diciembre del 2001 que desmorona el menenismo, la caída de Fujimori en Perú y la rebelión popular de Abril del 2002 en Venezuela, contra el gobierno oligárquico y fascista que tumbó a Chávez dos días antes.

Pero cuidado, no todo esta llevado por un axioma político que defina principios y programas claros que delimiten objetivos. La nueva subversión se presenta como un fenómeno eminentemente social, atada a las determinaciones de la real-pobreza ya urbanizada. Hasta muy tarde no habrá sujeto político o empezarán a armarse las primeras coordenadas del mismo en forma discontinua y utilizando los azares o las mismas maduraciones que van forzando los sucesivos eventos. Probablemente, si hablamos de una visión política que logra nominar y mapear el camino de ruptura que se quiere recorrer, sea la insurrección armada y de masas zapatista, la primera que da el paso en su declaración insurreccional de 1994 y los acuerdos de San Andrés. No obstante, al contrario de lo que pasa con la revolución cubana que de alguna manera absorbió a su “modo de construcción revolucionaria” casi todo el espectro de la izquierda revolucionaria hasta los años setenta cuando menos, con el zapatismo no pasa lo mismo. Su visión se concentra en la ruptura y la construcción posible desde el ejercicio permanente de la resistencia de “los de abajo”, dejando de lado el antiguo vanguardismo armado aunque nazcan de sus entrañas los guerrilleros del EZLN. Pone fin a los sueños del “asalto al palacio” y deliberadamente se sitúa a distancia del estado, marcando así su universalidad y al mismo tiempo sus limitaciones en el campo estratégico. Lo cierto de todas formas es que el zapatismo ayuda a ordenar pensamiento, asienta convicciones ya avanzadas en muchos movimientos, ratifica la negación de la representatividad política partidaria y le da un enorme espaldarazo a las corrientes centradas en reconquistar el corazón libertario, antiestatista y anticapitalista que inspiró la formación original de todas las izquierdas proletarias. El zapatismo de esta forma se constituye en la primera corriente socio-política hegemónica que nace desde los adentros de la subversión social en curso, logrando su universalidad al ajustarse a los nuevos deseos e imaginarios políticos dispersos por el mundo luego de la caída del muro de Berlín. La subversión social o socializada, logra en él su primer salto hacia una nueva subversión política, que desde el 94 para acá sigue su curso mexicano fundamentalmente, centrándose hoy en día en un “más allá” de Chiapas a través de la constitución de la inmensa y compleja asamblea popular de Oaxaca (APPO) y la “otra campaña”.

Posteriormente, a finales de los años 90, el movimiento militar y popular bolivariano que se desarrolla en Venezuela logra por vías pacíficas y electorales la presidencia de la república. Se abre un nuevo horizonte de polítización muy particular de la singular subversión social que evoluciona en Venezuela desde finales de los años 80. En este caso, inicialmente no hay ninguna proclama definitiva, no hay horizontes ideológicos y programáticos que sirvan para situar definitivamente el proceso transformador en curso. El acto político se convierte en un hecho meramente constituyente y de refundación republicana soportado sobre un movimiento popular de mil cabezas, completamente diluido entre las bases marginadas de la sociedad que ha ayudado por su mismas características a fabricar un caudillo militar insurgente con enorme carisma y virtudes comunicativas que garantice su unidad y personalice su fuerza. Un proceso político que inaugura constitucionalmente la era de la “democracia participativa y protagónica”, recogiendo las demandas políticas primarias del movimiento popular que lo soporta, pero aún muy moderado en sus medidas de cambio estructural. Sin embargo, ya estos síntomas iniciales son suficientes para desatar una reacción oligárquica, imperialista y archireccionaria que pone a prueba todos los recursos de defensa, organización y movilización del movimiento popular (incluido sus puentes militares) que ha protagonizado la subversión social venezolana. Luego de golpes exitosos por horas, rebeliones populares, conspiraciones petroleras, grandes saboteos económicos y épicas políticas, en el año 2004 el ciclo de conspirativo reaccionario es derrotado en referendum y en el año 2005 Hugo Chávez lanza al aire la tesis del “socialismo del siglo XXI” sin agenda programática preestablecida. De esta manera la misma “revolución bolivariana” adquirirá la vocación universal y de liderazgo que le faltaba. Pero ya a estas alturas también marca sus límites. El componente protoestatista, la convivencia perversa entre revolución y viejo estado, el fortalecimiento de la figura bonapartista del caudillo, la estructura rentista –corrupta, burocrática- del capitalismo y el estado petrolero, bloquean sus capacidades constituyentes y transformadoras materiales. La captura, administración y neutralización de la subjetividad y las voluntades emancipatorias masificadas es la agenda oculta de todos los poderes y agentes contrarrevolucionarios en el mando institucional, que ahora se extiende hacia una cierta derecha de oposición y “democrática” que intenta atraer sectores bolivarianos. Por el otro rincón, la multiplicación de los espacios, de la autonomía y beligerancia de los poderes populares masificados, la indispensble “rebelión aniburocrática”, muestra la agenda estratégica de las vanguardias colectivas de los “de abajo”. Pero no hay desenlace posible aún. Mientras tanto una iniciativa presidencial de reforma constitucional trata en estos momentos de administrar esta confrontación, reconociendo, fortaleciendo económicamente y dándole nuevos horizontes constitucionales (manejo territorial local) a los poderes populares. Pero a la vez redimensiona y fortalece todos los atributos del poder central y del capitalismo de estado y la propia estatización del movimiento popular, creando así un primer esquema, desde la forma estado, del “socialismo del siglo XXI”.

Una tercera variante de este salto de la subversión social a la subversión política, al menos en sus desenlaces más victoriosos, la encontremos sobre el eje central andino, sostenida fundamentalmente sobre la movilización y capacidad orgánica de los movimientos indígenas y urbanos que emergen desde principios de los años noventa. Su fortaleza fundamental está en la memoria de organización ya acumulada, los nuevos desplazamientos movimientales hacia las ciudades y sectores sociales propios a la marginalidad vivida y el sistema ancestral de comunidades indígenas que van logrando síntesis superiores entre ellas. La democracia de y desde abajo, la defensa de la soberanía y la tierra, y la lucha contra el estado neoliberal, marcan las pautas de su lucha, socavando el piso de los regímenes del patriciado blanco, represivo y oligárquico tradicionales. Su misma capacidad subversiva, las alianzas fallidas, los lleva en ese sentido a proyectar su propia dimensión política de manera mucho más autónoma. Ubicándose “hacia el estado” y no a distancia de él y no teniendo capacidades de violencia insurreccional suficientes, las salidas se dirigen por el eje institucional y la competencia electoral que en el caso de Bolivia y Ecuador, resultan victoriosas. Toman desde un inicio el mismo esquema venezolano del impulso de los procesos populares constituyentes y la refundación republicana vía asamblea constituyente. Palancas que apenas comienzan a moverse pero a diferencia del caso venezolano, chocan con la debilidad del propio estado, de su absorción al mando transnacional y las fortalezas en contrapartida de las oligarquías regionales, devenidas en el caso de Bolivia, en sujetos políticos de la reacción y la fragmentación nacional. Siendo así, los gobiernos hijos de toda esta subversión social no tendrán otra salida, anclados en la lógica institucional y liberal-democrática, que negociar entre la beligerancia y aspiraciones de los movimientos sociales y los intereses oscuros de la oligarquía blanca. La tendencia es entonces a vivir en una crisis permanente cuya salida no tiene ninguna posibilidad interna. La única salida, al menos para la permanencia en el tiempo dentro del orden institucional y económico constituido, gira sobre el plano continental y los acuerdos de integración, capitaneados en este caso por la fortaleza energética venezolana y el proyecto bolivariano (socialismo del siglo XXI). Sin embargo, más allá de las mediaciones estatistas, es de notar que la universalidad política de la subversión social central-andina se concentra en nuestra consideración, sobre el devenir de una identidad étnica y de clase, tradicionalmente invisibilizada y esclavizada, cuando mucho “victimizada” por la ideología culposa de progresismo liberal y religioso, en una identidad “de caras alzadas”, afirmada sobre la soberanía colectiva nacida de la comunidad de la tierra pero que multiplica sus mosaicos hacia nuevos escenarios identitarios sociales y culturales. La soberbia de quien se es y se quiere ser y la innegociable soberanía colectiva sobre la cual esta labrada dicha soberanía (incluso frente a los gobiernos reconocidos como “suyos”), parecen constituir una de las grandes enseñanzas de estos pueblos en paso al ejercicio de la subversión política.

 

Estos tres referentes actuales de construcción de la subversión política dentro del espacio nuestramericano, tienen como virtud central el haber podido quebrar la tendencia disolvente o cuando mucho reproductiva y autocentrada del movimientismo social que sustituyó las tradiciones partidarias de representación política, y abrir al menos nuevos horizontes de emancipación universal, “más allá” de todo interés social particular, sin por ello traicionar –al menos en los principios- su radicalidad como las prácticas democráticas e igualitarias que estos mismos fabricaron y siguen labrando. Por supuesto, frente a estas que al menos han intentado el paso, debemos recordar las experiencias fallidas. Básicamente, por un lado, la del los nuevos movimientos sociales obreristas, urbanos y campesinos, en el Brasil que pusieron desde los años 80 todas sus expectativas en el acompañamiento a la construcción del PT y su llegada al poder. De esta civilísima subversión social que ha tenido en el MST su principal emblema y ejemplo, la situación termina totalmente atascada en la absorción del PT y de Lula dentro del proyecto subimperial del estado brasileño, y la ausencia de una alternativa nueva que sustituya todo representativismo. Más bien algunos sectores vuelven a insistir con la formación del “PSOL”, sin ninguna variante esencial a lo que fue el proyecto de formación inicial del PT, aunque mas centrada en este caso en el trotskismo militante que los movimientos en sí. Otra experiencia fallida de mucho peso es la Argentina, cuyo punto climax en el 2001 con la caída de De la Rua precedido por la profunda radicalidad de la subversión social que protagonizaron piqueteros, tomistas de fábricas, madres de mayo, etc, en todos los años 90, no fue capaz o no encontró vías en ese momento pico de salir del situacionismo de sus propios sujetos dispersos en barriadas, organizaciones locales o ciudades menores, como el “basismo” de su cultura orgánica. El genial “que se vayan todos” no pasó de las justas rabias y los dejó “sin lugar”, sin capacidad de ejercicio real de contrapoder, dándole paso a un populismo de mediación ausente de todo vuelo original ni atrevimiento liberador.

De todas formas, para terminar, es importante insistir que estos saltos logrados de la subversión social a la subversión política, siguen siendo profundamente inciertos, llenos de límites y contradicciones. Oaxaca y los “caracoles” de Chiapas, son probablemente los “soviet” más grandes hoy día en el mundo, esperando ver, en dimensiones mucho mayores, si al menos en la franja de Gaza el Hamas logra alcanzar ese salto político-afirmativo y “soviético” que le falta a la resistencia palestina, o el Hezbollat en Líbano hace lo mismo. Venezuela es todo un emblema de lucha antimperial y del renacer socialista. Bolivia y Ecuador, son esperanzas de muchos. Sin embargo, ya podemos estar claros al menos en una cosa, es imposible que estos límites a la final no acaben o hagan regresivos estos propios saltos políticos si ellos mismos no encuentran un lenguaje y una bandera común que los saque de los límites de sus contextos. Esto ya no es tarea de gobiernos y menos de estados, es tarea del orden social y ya político de la subversión misma. Para darle en la madre de una vez por todas al neoliberalismo y el imperio global, lo que parece que se asoma en el horizonte es una intención, una práctica, una multiplicidad de acontecimientos “juntos”, que le den al mundo lo inaudito para hoy: un mundo donde no sea la mercancía y la moneda financiera la que corra libre y sin fronteras, que sean los mismos pueblos los que rompan toda fragmentación y límite impuestos a nosotros en 500 años de esclavismo y explotación colonial. Mientras tanto trataremos de sobrevivir a nuestras propias creaciones y no morir en el intento.



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Roland Denis

Luchador popular revolucionario de larga trayectoria en la izquierda venezolana. Graduado en Filosofía en la UCV. Fue viceministro de Planificación y Desarrollo entre 2002 y 2003. En lo 80s militó en el movimiento La Desobediencia y luego en el Proyecto Nuestramerica / Movimiento 13 de Abril. Es autor de los libros Los Fabricantes de la Rebelión (2001) y Las Tres Repúblicas (2012).

 jansamcar@gmail.com

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