El pensamiento crítico socialista ante el reto de conjurar la deriva cesarista

"La 'democracia plebiscitaria' - el tipo más importante de la democracia de jefes -, es, según su sentido genuino, una especie de dominación carismática oculta bajo la forma de una legitimidad derivada de la voluntad de los dominados y sólo por ella perdurable." (WEBER)

Cesarismo, caudillismo, bonapartismo, personalismo político son nociones que vienen apareciendo en la esfera pública para dar cuenta de rasgos centrales de la relación entre liderazgo y apoyo popular en la política venezolana. Ciertamente, no son exclusivas de una figura en particular (Chávez, por ejemplo), sino que reaparecen secularmente en la historia política venezolana en momentos de crisis orgánica entre gobernantes y gobernados; es decir, del sistema hegemónico y de dominación, y en algunos casos, cuando aparece el agotamiento del modelo capitalista de acumulación, crecimiento y distribución; o cuando parece plantearse un nuevo modelo económico-social. No puede analizarse el fenómeno cesarista, sin analizar el cuadro de conflictos de intereses de grupos, sectores y clases que se mueven como trasfondo de una escena que dramatiza la voluntad, el rostro y cierto culto de los héroes. Tenemos dos planos, una escena romántica, y un trasfondo de crudos intereses de poder.

La suerte de la revolución democrática permanente, que es y será el auténtico socialismo por el que vale la pena luchar, queda echada cuando aparece la deriva cesarista como fórmula de conducción y mediación política. El cesarismo refuerza una estructura de carácter social, un ambiente ideológico, que se aleja de la profundización de una cultura contra-hegemónica en el terreno socialista; y los lugares, mundos de vida y subjetividades populares, en vez de de generar saltos progresivos de conciencia, se alienan regresivamente en la fascinación fetichista. Se abren cien flores para marchitarse en una deriva que aleja cada vez más el ejercicio del autogobierno popular en cuestiones fundamentales. Una cosa es “mandar obedeciendo” y otra cosa es el “mande, Comandante”. Un pequeño detalle y síntoma de la deriva…

El fenómeno cesarista ha interpelado al pensamiento crítico socialista en toda su historia. Ha sido un desafío para el movimiento nacional-popular, para las clases trabajadoras, para los sectores medios progresistas y para los grupos intelectuales. Evadir los problemas a los cuales conduce una política cesarista en cuestiones de socialismo, conlleva un peligroso distanciamiento de la crítica radical a la explotación social, a la coerción política, a la hegemonía ideológica, al patriarcado, a la negación cultural y a la destrucción ambiental. El nuevo Socialismo del siglo XXI es tan viejo como el Socialismo en su dimensión auroral, es el renacimiento de la dimensión crítico-utópica de las luchas anticapitalistas, pero también convoca peligrosos fantasmas y espectros del ocaso socialista, del despotismo del colectivismo burocrático del siglo XX.

El nuevo socialismo implica la superación crítica de las prácticas teóricas, políticas, económicas, jurídicas, ideológicas, estéticas, éticas y culturales, y los terribles errores del viejo Socialismo Burocrático del siglo XX, pero además, nos interpela frente al personalismo estalinista, maoísta o el propio castrismo, que deben ser debatidos críticamente en sus relaciones con el horizonte socialista. El nuevo socialismo nace de un ocaso, a diferencia del socialismo utópico del siglo XIX, y sin balance de inventario del ocaso del socialismo burocrático, es fácil prever la reiteración de viejos errores. De este modo, hay mucha reconversión y falsificación en materia de nuevo socialismo; y no es difícil encontrarse con el viejo socialismo inexistente disfrazado de novedad y potencia revolucionaria. El mito-cesarista es parte de la falsificación histórica del nuevo socialismo.


El Nuevo Socialismo exige una nueva praxis revolucionaria, sustentada en concepciones pluralistas-radicales, contra-hegemónicas y nacional-populares del bien común, la justicia, la igualdad, la libertad y la liberación social. Cuando lo que se huele es homogeneidad ideológica, hegemonismo y culto al mando concentrado-centralizado, estamos ante una vieja figura del socialismo inexistente. Lo que existió, y parece un juego de palabras, no fue el socialismo realmente existente, sino el socialismo inexistente.

Más allá del mito de las dos izquierdas: la marxista-leninista y la socialdemócrata, hay que analizar como los propios movimientos de liberación nacional en la periferia capitalista, han dado paso a diferentes expresiones de estadolatría y de bonapartismo progresivo, en los cuales, las luchas por el socialismo han degradado los principios elementales de la democracia radical y del autogobierno popular. Como ha dicho Toni Negri en su obra Imperio, hay que interrogarse por que los movimientos de liberación nacional han devenido por el “regalo envenenado del Estado”, de la soberanía estatal, y no de la potencia de un contrapoder que no reproduzca las tentativas coercitivas de las funciones de mando del capital.

Allí esta uno de los problemas fundamentales del cesarismo. Su esquema de gestión del poder de decisión reproduce la forma-estado del capital; su verticalismo, su jerarquía, su culto a la eficiencia-productivismo, el despojo del saber-conocimiento de la inteligencia colectiva, y la sustitución de la utopía concreta de la actividad de los trabajadores libremente asociados, por una sociedad administrada y tutelada despóticamente por la gran personalidad heroica, por su burocracia estatal y la nomenclatura público-privada, en forma de prebendas, privilegios y clientelas. Se trata de una pirámide anillada, con segmentos abiertos y otros definitivamente clausurados.

Hay que conjurar las formas personalistas-autoritarias de lucha por el socialismo. Y para hacerlo hay que evitar la claudicación del pensamiento crítico socialista, para contribuir a encauzar la deriva cesarista por vías radicalmente democráticas. Este es el mayor reto de una intelectualidad que debe pasar de un estado de pasividad-lealtad política a la construcción de escenarios democratizadores. Es desde el campo diverso de lo nacional-popular donde se constituyen las matrices simbólicas de la resistencia, la impugnación y la esperanza de la utopía concreta socialista, pero es desde el terreno de la soberanía estatal donde pareciera sacrificarse todos estos esfuerzos liberadores. La utopía concreta del socialismo dibujada en función de luchar por la emancipación humana y la defensa de la vida digna, son sacrificadas en el altar de la soberanía estatal y transmutadas en esclavitud y humillación.

El horizonte socialista como revolución democrática permanente, como ampliación de los espacios de libertad, a través de una igualdad social que reconoce principios de justicia cultural, se ve saboteado por las acciones de una burocracia, cuyo telos axiológico es el realismo crudo y patético de conservar posiciones de dominio. Como ha planteado Gramsci, el gran teórico político del socialismo por venir, la utopía concreta implica derrumbar el fetichismo que recubre la separación entre gobernantes y gobernados, administradores y administrados, dirigentes y dirigidos. Más que dirección vertical, se requieren orientaciones colectivas, más que acatamiento de mandatos, se busca la asunción crítica de decisiones del común, más que dependencia, tutelaje y sumisión, se trata de potenciar la autonomía, el desarrollo humano y la emancipación; en fin, construir comunidades contra-hegemónicas de liberación.

Los esfuerzos organizativos para amplificar la potencia revolucionaria del poder popular deben subordinarse a la voluntad colectiva; no a quienes pretenden sustituirla, y nunca pretender sustituir los mandatos que nacen del pueblo por funciones de mando de aparatos y estructuras verticales de dirección. Las estructuras y aparatos siguen a los procesos y movimientos, y cuando sucede lo contrario, se ejerce el poder sobre el pueblo.

¿Que nos enseño Gramsci sobre el Cesarismo? La forma cesarista no es patrimonio exclusivo de la derecha. Hay un cesarismo de izquierda: “el cesarismo expresa una situación en la cual las fuerzas en lucha se equilibran de una manera catastrófica, o sea de una manera tal que la continuación de la lucha no puede menos que concluir con la destrucción recíproca. Cuando la fuerza progresiva A lucha con la fuerza regresiva B, no sólo puede ocurrir que A venza a B o viceversa, puede ocurrir también que no venzan ninguna de las dos, que se debiliten recíprocamente y que una tercera fuerza C intervenga desde el exterior dominando a lo que resta de A y de B” (Gramsci: el cesarismo).

“El cesarismo expresa siempre la solución "arbitraria", confiada a una gran personalidad, de una situación histórico-política caracterizada por un equilibrio de fuerzas de perspectiva catastrófica, no siempre tiene el mismo significado histórico. Puede existir un cesarismo progresista y uno regresivo; y el significado exacto de cada forma de cesarismo puede ser reconstruido en última instancia por medio de la historia concreta y no a través de un esquema sociológico. El cesarismo es progresista cuando su intervención ayuda a las fuerzas progresivas a triunfar aunque sea con ciertos compromisos y temperamentos limitativos de la victoria, es regresivo cuando su intervención ayuda a triunfar a las fuerzas regresivas, también en este caso con ciertos compromisos y limitaciones, los cuales, sin embargo, tienen un valor, una importancia y un significado diferente que en el caso anterior. César y Napoleón I son ejemplos de cesarismo progresivo. Napoleón III y Bismark de cesarismo regresivo.”

Dos lecciones que no pueden olvidarse: equilibrio catastrófico e intervención de una fuerza exterior a A y a B; es decir, un arbitraje político, que adquiere tonos progresivos o regresivos: “Se trata de ver si en la dialéctica revolución-restauración es el elemento revolución o el elemento restauración el que prevalece, ya que es cierto que en el movimiento histórico jamás se vuelve atrás y no existen restauraciones in toto.” Es decir, dominando el elemento revolución en el movimiento histórico, aparece un elemento de arbitraje político que genera “compromisos y temperamentos limitativos”, acomodos apara impedir el desarrollo autónomo de la fuerza revolucionaria.

“El esquema genérico de las fuerzas A y B en lucha con una perspectiva catastrófica, es decir, con la perspectiva de que no venzan ninguna de las dos en la lucha por constituir (o reconstituir) un equilibrio orgánico del cual nace (puede nacer) el cesarismo, es precisamente una hipótesis genérica, un esquema sociológico (cómodo para el arte político). Esta hipótesis pudo tornarse cada vez más concreta, elevarse a un grado mayor de aproximación a la realidad histórica concreta si se precisan algunos elementos fundamentales. Así, hablando de A y de B se dijo solamente que se trataba de dos fuerzas, progresista una y regresiva la otra, pero en un sentido general. Se puede precisar de qué tipo de fuerzas progresistas o regresivas se trata y obtener así una mayor aproximación.”

“El cesarismo de César y Napoleón I ha sido, por así decir, de carácter cuantitativo-cualitativo, o sea representó la fase histórica del PASO DE UN TIPO DE ESTADO A OTRO TIPO, un pasaje en el cual las innovaciones fueron tantas y de características tales como para representar una verdadera revolución.”

Cuando un proceso revolucionario queda subordinado de manera absoluta al accionar y destino de una gran personalidad histórica que construye un NUEVO ESTADO, estamos en una deriva cesarista. Las fuerzas populares pierden su iniciativa y son suplantadas por estructuras de mediación-cooptación, que reproducen las funciones de mando del capital: el despotismo de fábrica, la burocracia moderna. La recuperación histórica de la iniciativa política del movimiento nacional-popular implica inevitablemente absorber-superar en su seno este estilo de dirección política y de liderazgo intelectual y moral, para reapropiarse de su potencia constituyente que ha devenido fascinación plesbicitaria por el líder.

La ruptura del mando despótico involucra profundizar la revolución en una dirección radical-democrática, pluralista y contra-hegemónica, evitando el fetichismo de masas. Son quienes se aprovechan del carisma del líder, para fines de acumulación de privilegios, riqueza, poder y prestigio los principales obstáculos a un proceso de encauzamiento popular autónomo. Como beneficiarios directos de la lealtad incondicional al líder se construye el mito-cesarista incuestionable y la falsificación histórica de que sin su presencia es imposible una revolución socialista. La tesis del caudillo igualitario es parte del paisaje ideológico del mito-cesarista. Todo caudillo es en su hacer efectivo jerárquico, incluso en sus fases y modulaciones afectivo-paternales, o seductoras-fraternales. La psicología política ha dado suficiente evidencia de este hecho. Por tanto, la revolución democrática permanente depende de la potencia constituyente, del protagonismo y participación del pueblo organizado, no del mito-cesarista. Allí se establece la frontera entre un micro-fascismo de izquierda (populismo autoritario) y el socialismo (radical democrático):

"Cuanto más manifiesto y personal-plebiscitario (...) es el componente 'carismático' de este acto de legitimación, tanto más alejado es la posición del político elegido de la de un 'funcionario elegido', que está obligado con respecto a sus electores, también en cuestiones políticas concretas, tanto más independiente es un líder que sólo está guiado por su responsabilidad frente a un 'asunto' que sostiene con toda su entrega personal". (MOMMSEN:72)

Continuará…

Bibliografía:

GRAMSCI, Antonio. Cesarismo. Notas sobre Maquiavelo y el estado moderno

MOMMSEN, Wolfgang j., Max Weber: sociedad, política e historia.

NEGRI, Antonio. Imperio.

WEBER, Max, Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

 jbiardeau@gmail.com      @jbiardeau

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