Risas garantizadas. Pase y vea

La chirigota electoral sale a escena

Si no fuera porque en las venideras elecciones se juega el futuro próximo del país, la puesta en escena sería tan risible como el mejor de los sainetes, más próximo a la Radio Rochela que a un evento tan significativo como el que se avecina (si acaso se avecinare, que hay sus dudas) Ni el escritor de comedia más preclaro pudiera haber ideado una bufonada tan rocambolesca con unos interpretes tan socarrones. Todos actuando, fingiendo lo que no son; que es, digo yo, una de los fundamentos de la cosa cómica: poner seriedad a algo que no lo es, y hacerlo con ímpetu, además, como si no hubiera mañana- que no hay mucho. Pensemos en el diseño de personajes. Por un lado, tenemos a una señora, de clase acomodada, que hace grandes esfuerzos por rebajar su alcurnia y forzar su sonrisa para ir al encuentro de un pueblo- que no le importa- , y que no tiene por sí misma, además, sino por esas cabriolas extrañas que da la política de vez en cuando. El mismo mecanismo que en su momento rescató del olvido a un añoso Caldera (que jipeaba, y la gente pensaba que lloraba por el país) o un vociferante Ramos Allup, del que nadie se acordaba ya, excepto por esa frase con resabios betancouristas en la que atinó a llamar petimetres, lechuguinos y mariposones a los petimetres de Primero Justicia. ¡Tuqui! Punto para el cómico Ramos Allup, en su momento cumbre. Lo extrañaremos en esta obra. Rechazada María C., entra en escena, una señora desconocida, Yoris, de profesión filósofa, asegún, que en su primera comparecencia pública se percibía asustada, como si la estuvieran forzando a hacer una exposición de los símbolos patrios y no hubiese estudiado. A su lado, María C., que sonreía obligadamente y no hallaba la manera de decirle qué era lo que tenía que hacer o decir, casi al nivel neurótico del pellizco. La señora hizo su papel y luego mutis por el foro, bloqueada por un CNE que ni siquiera se dio el tupé de decir por qué, si ella no había cometido ningún delito y tenía todos los condominios pagados al día. No se ha vuelto a saber de ella. Paso para otro actor, más cómico aún, si cupiera, que emerge, así, como de la nada, el señor Urrutia. Representa, este actorazo de reparto, a un septuagenario jubilado que había sido embajador en la Cuarta y la Quinta, al que pareciera que lo sacaron con urgencia de su mullida mecedora, de esas de madera que rechinan y que están rematadas por un cojín artesano de cuadros rojos, regalo de la señora que limpia por Navidad. Parece como que lo hubiera secuestrado un comando, le quitaron las pantuflas, le sacaron el polvo, y una foto, y voilá, lo convirtieron en candidato presidencial, con opción a ganar, por otro turning point de la historia que ya marea de tantas transiciones. Y va y dice este señor, rutilante candidato interpuesto, con su cara innata de flojera, de una manera tan cómica que parece una obra de los hermanos Marx, que él no tiene ganas de ir a hacer campaña, que eso cansa mucho, que mejor vaya María C., que para eso es joven y, al final, para qué engañarnos, ella es la que agarrará el coroto. ¡Cómico, cómico! Unas semanas después, el ya de entrada muy agotado candidato, obligado por los asesores, y bostezando, reconoce el error y accede a ir aunque sea a Guatire, que él no está pa’ trotes, dicen que dijo. Y helos ello allí, titiritera y fantoche, haciendo malabares retóricos para pasar de puntillas y no entrar en profundidad, hablándole a una multitud de un cambio sin decir cuál es, para no entrar en detalles y espantar a la masa que, golpeada por tanta desidia, se lanza en los brazos de cualquiera sin preguntar quién demonios es o para dónde nos llevan.

Veamos ahora la contraparte, que tiene lo suyo. Tenemos a un candidato que ha creado un alter ego más divertido- por tragicómico- que él, Superbigotes, héroe animado que tiene el super poder de no hacer nada bien, embutido en su traje de Korda Modas. Tiene gobernando más de 11 años, y el otro día se enteró- cosa de la campaña- de que las vías de El Vigía, en Mérida, están vueltas ñoña, ¿así como el país?, que crea un Ministerio para la Atención de los Adultos Mayores, porque también ayer se enteró de que existen y de que pasaban trabajo. Está visto que Superbigotes no tiene el poder de mirar alrededor. Que ahora sí, decía, ahora es que vamos a un futuro luminoso. ¡Cúmplase!, gritaba a los cuatro vientos. ¿Verdad que es como una chirigota? Lo dice cuando aparece de incógnito en cualquier zona de Venezuela, sin aviso, argumentando que lo quieren matar y por eso no puede dar coordenadas, pagar panza, pues. Y lo dice tan serio y con tanta energía que da risa, y uno puede ser persuadido de que esa es la razón principal y no que no tiene pueblo ni para llenar una calle ciega.

Luego hay que sumarle a otros actores que fungen de comparsa. Publicidad pagada por las empresas del gobierno. El más destacado, cosa curiosa, como para añadir más retruécanos la escena, es un verdadero humorista de profesión, Rausseo, quien lucha a brazo partido por parecer serio. Insisto, no puede haber algo más jocoso que eso. Este candidato, supuesto outsider, se ha encargado de decir groserías a diestra y siniestra durante 40 años, porque él entiende que eso es lo que le gusta al pueblo; ese pueblo ordinario, sin formación, del que ha intentado apartarse con todas sus fuerzas- y su dinero- con estudios de doctorado y todo. Esta vez es un cómico, real, poniéndose serio para decir que hay que estudiar para no ser chusma, como el público que le pagó los postgrados. No sé si entiende el chiste. ¡Ah!, y añade, que cada quién se pague su educación universitaria. ¡Dios, qué gracia! Lo dice un señor cuyo padre se fue a trabajar a las minas para poder salir adelante y de seguro nunca estudió. Y no será porque no trabajó duro, pienso yo. O sea, algo así más o menos como que él tiene un personaje que representa al pueblo llano, con el que ha ganado dinero para poder tener tiempo de estudiar, al cual rechaza por la misma ordinariez que le atribuye a su personaje, que es él mismo, y del cual desea escapar. Algo así de retorcida es la cosa. Uno lo menos que espera es que al finalizar una de esas intervenciones serias, en televisión o redes, se pusiera de pronto su sombrero de cogollo e hiciera una mueca de esas con las que se hizo famoso, arrugando la cara y mirando a cámara, y dijera: ¡eso era echando vaina, cuerda de jodedooooores!, y ya. Pero no sucede. Y esa contención es lo que los hace aún más hilarante.

De los otros candidatos, ni hablar. Claudio Fermín, bueno, qué decir, el chiste se explica sólo. Y Ceballos, Brito, Ecarri, Martinez, etc. Todos ellos llamados a escena para intentar restar votos al (a la) candidato(a) puntero opositor(a), a cambio de…, y para prestar su foto al tarjetón electoral en medio del cual rodear y enterrar la de Urrutia, que, para más recochineo institucional, le bajaron la saturación hasta dejarlo más blanco que fantasmín, el fantasmita amigable. Véase el tarjetón y ríase usted del nivel de maquinación, nunca antes visto en la historia del cachondeo venezolano.

Y nosotros también nos reímos para no llorar, sometidos a una farsa que nos nos lleva a ningún lado, sino, de seguro, a más conflicto. Nos obligan a escoger, al tin marín, entre dos males, a cual peor. ¿Qué hacer? ¿No habrá alguien serio por ahí que se encargue de la jefatura, así sea por un ratico para ver si medio enderezamos este entuerto? ¿No habrá algún actor que le ponga un poco de seriedad a la cosa? No puede ser que no haya, chico, escondido, en algún rinconcito del país, un cristiano. normalito él, que deje de actuar como si fuera lo que no es y tan sólo se ponga a trabajar para todos sin tanta fingida impostura.

 

gssanfiel@gmail.com



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