¿Es posible un “zarpazo”?

Es la pregunta que todos nos hacemos. Seamos escuetos: sí, sí es posible. Voy a dar al menos dos razones.

La primera, a no dudar, es la vocación totalitaria del proyecto chavista. Anidaba ya en la mentalidad proto-comunista, militarista, caudillista, centralista y estatista de Chávez. Una de las dos legitimidades del chavismo la expresa con propiedad: el alzamiento militar del 4F. La otra, cada vez más apaleada, la electoral de 1998, la contradice. Esa tensión constante totalitarismo/democracia ha sido característica histórica del chavismo.

Los brotes extremistas en el campo de la oposición convirtieron esa potencia autoritaria en fuerza. El golpe militar del 11A, con complicidad gringa, y el paro insurreccional de 2002, ambos dos, como dicen, desencadenaron al señor Hyde que se agazapaba al fondo del doctor Jekyll (si es que hubo alguna vez doctor Jekyll). Principal hacedor de esta taumaturgia: Fidel. No repetir la experiencia de Allende. Ése fue el consejo que le dio a Chávez. No dejarse derrocar. Copar todos los Poderes. Ideologizar y partidizar la Fuerza Armada. Purgar PDVSA. Luego vinieron la necia abstención de 2005, La Salida Ya de infausta memoria, el doble poder del dizque “interinato”, las mal llamadas “sanciones”, las amenazas invasionistas, las tentativas golpistas. Pasto seco para las llamas. El plan autoritario se echó a andar y, errores de la oposición mediante, se cumplió inexorablemente.

El hijo ilegítimo de esa yunta contranatura totalitarismo/democracia fue un ser monstruoso, como una especie de quimera mitológica con cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra, que respiraba encendidas y horribles llamas, a decir de Homero. No es una dictadura. Tampoco es una democracia. Se trata de un régimen autoritario con vocación totalitaria y prácticas dictatorialistas pero de origen electoral. Híbrido, lo definen algunos.

Hoy el partido-Estado es una realidad. Todas las instituciones están sometidas a la hegemonía autoritaria de un aparato partidista y de un pensamiento único. Poco se gana denunciando una y otra vez el hecho evidente (que, claro, debe ser denunciado). Más importa que las fuerzas de la oposición democrática incluyan este dato como componente activo del diseño de sus estrategias. Para mí la conclusión es evidente: sin el concurso del régimen autoritario no se puede conseguir el cambio que se busca. Así fue en España, en Chile, en Sudáfrica y en los nueve comunismos de Europa oriental. Así parece haber sido en todas las transiciones pacíficas exitosas que en el mundo han sido. Persuasión más que confrontación.

Entonces la segunda razón puede enunciarse así: el “zarpazo” es posible a causa también de lo que haga o deje de hacer la oposición. Por una parte, están las provocaciones constantes e innecesarias. Por el otro, la falencia absoluta de conversaciones PUD-gobierno que el propio candidato del sector mayoritario de la oposición debería promover y liderar.

Algunas provocaciones son evidentes. Por ejemplo, que Machado insista, como muchacho chiquito, que ejercerá la presidencia (aunque no sea candidata) es tal vez la más elocuente aunque la más estúpida de todas (por cierto, lo hace masculinizando el concepto que el DRAE manda feminizar: que alguien se lo diga, ¡es presidentA!). La más grave, anunciar (me aseguran que ella no) una Constituyente para llevarse por delante al chavismo y su régimen. “Lo hizo Chávez”, razonan los estultos. “¿Por qué no nosotros? ¡Haremos lo mismo! Lo que es igual no es trampa”. No deberían olvidar quienes lo proponen que justamente esa idea de ruptura revolucionaria (liberal y de derecha, pero ruptura revolucionaria), demonio que parece anidar en las mentes de algunos extremistas de uña en el rabo, es precisamente lo que nos trajo hasta aquí. Toda esta panoplia pertenece a la lógica del reto como estrategia política. Pero el acierto anda por otros derroteros: el cambio, para que sea posible, debe hacerse con el PSUV y no contra él* (en todo caso, contrariando sus atrofias). 

¿Se quedará de brazos cruzados un régimen autoritario al que no le tembló el pulso ante desafueros mayores? Según sus capitostes, vienen a por ellos. Pero algo más: se sienten mandatados por arcanas leyes de la historia. Su destino manifiesto es conducir al pueblo hacia una sociedad de libres y de iguales que Marx, Engels, y Bolívar y Chávez, anunciaron como tierra prometida. Sus contrarios son algo más que adversarios: son enemigos de la revolución, de la patria, del pueblo. Por tanto, ellos están en el derecho de “pararles el trote”. Se vale todo. Para algo están esos comisarios políticos que son los “magistrados” del TSJ. Dignos herederos del infame Andrei Vyshinsky, el celebérrimo fiscal de los juicios estalinianos de Moscú. Obsecuentes y genuflexos, acatarán con disciplina bolchevique las órdenes del Buró Político del Partido cuando ésta sea impartida.

En cuanto a la ausencia de interlocución entre los dos candidatos que tienen más probabilidades de victoria electoral, esa zanja entre gobierno y oposición sólo pinta oscuros nubarrones en el horizonte. Tal vez de una conversa entrambos, pasada la llave del portón del despacho presidencial, como hacía Betancourt con Caldera cada viernes de cada semana (según me contó una vez Ramón J. Velásquez, entonces su secretario), se obtuviesen mejores cosas que de esta diatriba tan constante como inútil. EGU respondió, cuando le preguntaron si hablaría con Maduro: “¿Por qué no? Es el presidente”. Entonces que hablen. Y si aquél no llama, que llame éste.

Por lo pronto, la Asamblea Nacional, que ya hizo algo parecido meses atrás, podría debatir, consensuar y aprobar el borrador de un Pacto Preelectoral de Estado para que sea suscrito por todos los candidatos en Capitolio. Así lo propongo. No sólo para comprometerse con el respeto de los resultados del 28J, sino para temas de igual o mayor entidad, a saber: conformación, gane quien gane, de un Gobierno de Unidad Nacional; la colaboración del Poder Ejecutivo que resulte de las elecciones del 28J con todos los demás Poderes Públicos vigentes y con la Fuerza Armada Nacional; la solicitud mancomunada de levantamiento de todas las mal llamadas “sanciones” económicas contra Venezuela y los venezolanos; el consenso de todos en la permanencia de PDVSA como empresa en manos del Estado, sin menoscabo de todas cuantas aperturas requiera la industria petrolera nacional al capital privado nacional e internacional; la necesidad de un Programa Antiinflacionario que asegure la recuperación acelerada de la capacidad adquisitiva de los sueldos, salarios y pensiones y la restitución del valor de las prestaciones sociales; y el diseño y la aplicación de un Plan de Emergencia Nacional en: educación, salud, electricidad, abastecimiento de agua, suministro de gas, e infraestructura y vialidad.

Tal vez así evitemos la desastrosa tentación de un “zarpazo”.
 


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Enrique Ochoa Antich

Político y escritor de izquierda democrática. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS).

 @ehochoa_antich

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