No es la paz, el deseo de los venezolanos es retornar a la vida normal

"Quizás también me haya ayudado mi interés, que nunca flaqueó, por el ánimo humano y la voluntad de sobrevivir, con el fin preciso de relatar las cosas a las que habíamos asistido y soportado".

"Y finalmente quizás haya desempeñado un papel también la voluntad, que conservé tenazmente, de reconocer siempre, aún en los días más negros, tanto en mis camaradas como en mí mismo,

a hombres y no a cosas, sustrayéndome de esa manera a aquella total humillación y desmoralización

que condujo a muchos al naufragio espiritual".

Primo Levi.

Esa consigna: la paz, encierra una expresión etérea, vacía, imprecisa, no dice nada. El dictador Juan Vicente Gómez, la enarboló a lo largo de sus 27 años de gobierno. Prometía entonces el Benemerito: paz, unión y trabajo. Y los opositores a su dictadura, interpretaron con fina ironía el sentido de aquella consigna. Decían estos lo que significaban las tres palabras: Paz en los cementerios, por la cantidad de muertos, asesinados por el régimen; unión en las cárceles, pues en la Rotunda vegetaban centenares de prisioneros, víctimas de la represión; y trabajo en las carreteras, porque a trabajar en esas obras destinaba Gómez a los presos, sin paga ninguna.

Ahora, Nicolás Maduro retoma esa misma consigna de la paz, una bandera nada original en la historia de Venezuela, pues varios gobiernos tanto en el siglo XIX como en el XX la han prometido.

En la permanente búsqueda de la paz en un país donde las guerras y guerritas abundaban, apareció la figura del gendarme Necesario, del Hombre Providencial, del Caudillo Salvador, del individuo en quienes todos ponían la esperanza de la salvación nacional. Y por eso fue que, en vez de instituciones republicanas firmes, sólidas, confiables, tuvimos a los caudillos todopoderosos, dueños del Estado, de la República, de la Nación, de la Patria, de la vida y de la muerte. Una constante en la historia nacional, generadora de toda clase de males, deformaciones, equívocos, distorsiones. Aún permanece en los intersticios de la realidad nacional esa necesidad del Cesar Providencial, portavoz de la paz nacional. Y ahí está Maduro para demostrarlo, un superpresidente, controlador de todos los poderes públicos, dueño de la economía, del Poder Ejecutivo, del Legislativo, del Judicial, del Electoral y del Ciudadano; el único del gobierno que habla, el único que decide, el que aborda cualquier tema que aparezca por delante; en fin, el mandamás. Con su comportamiento cotidiano Maduro nos dice a cada rato: el gobierno soy yo, Venezuela es mía, soy el imprescindible y, por tanto, soy el garante de la paz, misma promesa de Juan Vicente Gómez hace un siglo. Pero tal promesa además de ser un anacronismo histórico es un slogan vacío. Es Pura promesa retórica, puro slogan publicitario, pues Venezuela no padece hoy ningún conflicto bélico. Lo que si padece nuestro país es un pésimo gobierno, el peor que hemos tenido a lo largo de toda la historia republicana. Y ahí a la vista está la cruda realidad nacional con sus estadísticas para demostrarlo. Es una tragedia de mayúsculas dimensiones provocada por quien nos promete la paz, pero que en verdad nos ha garantizado a lo largo de su gestión, mucha hambre, muchas enfermedades, carencia de comida, de medicina, de empleo, de escuelas, de universidades, de maestros y profesores, de salud y hospitales, de transporte, de oportunidades de recreación, de vida sana. En fin, la gestión de Maduro se ha traducido en ruina nacional, en pobreza de la población, en destrucción de las instituciones públicas, en caos social, en anomia gubernamental, en decadencia ética, en malversación de los dineros públicos. Más aun, este gobierno nos arrebató a nuestros hijos y desintegró nuestra familia, por cuya razón surgió en nuestro suelo un nuevo sector social, el de los deshijados, esto es: los padres y abuelos malvivientes en Venezuela, cuyos familiares escaparon del país, huyeron a las políticas hambreadoras del Presidente Obrero, el señor que arruinó nuestras vidas y la del país. Para muestra, recordemos que el salario mínimo en Venezuela es hoy el más bajo del continente americano, al mismo tiempo que padecemos la inflación más alta del mundo, logros ambos de Maduro en apenas seis años de gestión.

Entonces, no es la promesa de la paz la que queremos escuchar de parte del presidente pues eso es simple vocinglería, mera charada rimbombante, monserga simplona. Nosotros, los habitantes de Venezuela lo que queremos en concreto es llevar una vida normal, sin muchas calamidades, sin demasiados contratiempos, sin tantas adversidades como las que hoy nos abruman y golpean la cotidianidad de nuestra existencia. Vida normal, vida sana, vida feliz. Una vida dedicada a la creación, al trabajo, a la producción, al estudio; una vida donde, entre otras cosas, los venezolanos tengamos asegurados los bienes y servicios requeridos para satisfacer diariamente nuestras necesidades materiales y espirituales.

Vida personal normal significa en los hechos concretos, pequeños, cotidianos, levantarse de la cama al amanecer del día y, luego del aseo personal, dirigirse a la cocina y preparar las arepas del desayuno. En nuestra nevera hay disponible queso blanco y amarillo, lonjas de jamón, tocineta, huevos y caraotas para rellenar nuestro tradicional condumio mañanero. Cada uno de los integrantes de nuestra familia consume una o dos arepas, acompañadas de la infaltable taza de café con leche. Luego cada quien se dirige a realizar sus actividades laborales o escolares. Afuera, en la calle está disponible el autobús que llevará a los infantes o adolescentes a la institución donde recibirán sin falta sus lecciones educativas. En la escuela, Liceo o Universidad, está el maestro o profesor, esperando puntual, en la puerta a sus estudiantes, muy satisfecho de cumplir su extraordinaria labor. El aula se muestra limpia y acogedora, y la institución cuenta con los recursos didácticos, libros y demás enseres para un correcto abordaje de los temas a tratar. El docente muestra su mejor rostro, y disposición óptima para ejecutar su labor. No lo atormenta nada. Es una persona en completo equilibrio espiritual. Sabe que sus ingresos económicos le permiten proporcionar a su familia una vivienda confortable, alimentos suficientes, medicinas en caso de enfermedad, recreación y hasta un vehículo particular; sabe también que su hogar está seguro, ningún delincuente penetrará en él con la intención de robarle sus bienes. Y en todo el país reina la seguridad ciudadana. No existen razones para delinquir pues hay oportunidades de trabajo bien remunerado para todo el que quiera y necesite.

Finalizada la mañana regresan los miembros de la familia al hogar. Todo está en su justo sitio. Y proceden los padres a preparar el condumio de mediodía. En la nevera hay disponible carne de res, pollo, pescado, legumbres y hortalizas. Además, también se cuenta con arroz, granos, pastas, harina de maíz, de trigo, condimentos, cebollas, tomates. Todo lo indispensable para elaborar un dispendioso y suculento almuerzo. Nada sobra, pero nada falta. Y a comer entonces en la mesa hogareña los integrantes de esta típica familia venezolana. Una vez consumido el almuerzo, padre y madre hacen la acostumbrada siesta y en seguida salen de casa a cumplir con sus obligaciones laborales, donde corresponda a cada uno. Al regresar, culminada la jornada laboral del día, la familia se reencuentra en el hogar para realizar juntos las actividades escolares; preparar la cena, dispendiosa y suculenta; disfrutar de un programa de televisión, escuchar música o algún noticiero. Y, luego de las 9 pm, cada quien se tiende en su dormitorio para tomar el descanso nocturno obligatorio.

En esa Venezuela normal los empleos abundan. La economía se muestra próspera. La producción petrolera alcanza más de tres millones de barriles diarios; se extrae mucho gas y se distribuye a empresas y hogares oportunamente; las refinerías del país producen bastante gasolina y otros combustibles, suficiente como para abastecer el mercado nacional, donde por sus calles, carreteras, avenidas y autopistas circulan unos cinco millones de automóviles. Las grandes empresas de Guayana florecen nuevamente, ofreciendo miles de empleos para toda clase de obreros y profesionales. La bella Ciudad Guayana ha renacido y se muestra esplendorosa, alegre, bulliciosa. La gente en sus calles vuelve a sonreír; se pasea por sus numerosas, pulcras y atractivas plazas públicas, compra en supermercados y centros comerciales; disfruta los ríos que bordean la ciudad; visita en las noches los sitios que la misma ofrece para ellos.

Los productores agrícolas y pecuarios del país ya no temen que el gobierno expropie sus bienes ni que tampoco un grupo de bandoleros invada sus tierras y roben el producto de su trabajo. Por tanto, el mercado nacional está abastecido de los productos que tales propietarios y trabajadores del campo generan para beneficio del país. Y así ocurre en cualquier pueblo y ciudad de la Venezuela normal. La gente trabaja, estudia y disfruta; las industrias generan empleo y producen; el comercio se moviliza; los servicios públicos funcionan a plenitud; las calles, avenidas y autopistas están en excelentes condiciones; numerosos periódicos circulan libremente e informan a los venezolanos; emisoras de radio y canales de televisión ofrecen al público variedad de programas; escuelas, liceos, universidades y hospitales cumplen a cabalidad con sus servicios; los partidos políticos de distinto signo ofrecen al ciudadano sus programas y proyectos; los poderes públicos ejercen su tarea en el marco de las leyes y la Constitución; cada cuatro o cinco años el país elige a sus nuevos gobernantes en un proceso realizado sin sobresaltos, sin que haya sido resultado de alguna negociación pues se cumplen al pie de la letra las leyes electorales de la república; los militares apenas se ven en las calles pues han regresado a sus cuarteles a realizar las tareas propias de su oficio. Los delincuentes han sido reducidos a su mínima expresión gracias a la acción de los cuerpos policiales, ahora integrados por funcionarios honestos, beneficiarios de salarios dignos, suficientes como para tener un nivel de vida satisfactorio.

En fin, vida normal de los ciudadanos, de los niños, de los trabajadores, de los campesinos, de los productores agropecuarios, de los comerciantes, de los empresarios, de los banqueros, de los estudiantes y profesores, de los médicos, de los funcionarios públicos, de los jóvenes, de las mujeres, de los jubilados; de los políticos, de los militares, de los policías; es lo que anhelamos retomar en nuestra Venezuela. Vida normal se consigue en un país centrado en la producción de riqueza mediante el trabajo y la creatividad de su gente; invertir, trabajar, producir, crear y estudiar son las actividades principales en un país donde prive la normalidad. Tales actividades no están atadas a ninguna doctrina política o filosofía específica. En normalidad las instituciones políticas y jurídicas de un país están al servicio de todos sus habitantes, sin inclinaciones, sin desviaciones, sin preferencias. Normalidad republicana en nuestro país de nuevo, en lugar de la catástrofe en medio de la cual vivimos, traída e instalada en nuestro territorio por este emplasto indigesto llamado Revolución Bolivariana, cuyos instigadores constituyen un pequeño grupo, una élite de diez personas, fanáticos resentidos que en la peor hora venezolana se apropiaron de las riendas de nuestro país.



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Sigfrido Lanz Delgado


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