Entre apocalipsis y negociación

La lectura de un reciente artículo del columnista Carlos Blanco, titulado "Guerra a muerte", me ha situado de golpe en la consideración de los dos mundos, opuestos, distantes, conflictivos, en que viven los segmentos polarizados de la población venezolana. Uno podría suponer que esas impresiones (porque en un artículo de prensa, incluso un científico social, sólo puede compartir "impresiones") responden a un plan propagandístico, es decir, que la condición de la sinceridad estaría de entrada negada en la comunicación, y por ello hay una exageración calculada para alarmar y justificar, a fin de cuenta, las posturas radicalizadas de la oposición venezolana que claman por una intervención norteamericana en nuestro país para sacar del poder a una mafia dispuesta a matar por mantenerse, luego de haber pulverizado al país. Hay algo de esto, por supuesto. Pero su eficacia propagandística reside en que da cuenta de tendencias reales, no ficticias.

Por ejemplo, es verdad que Venezuela es hoy en día el objeto de pugna entre dos alianzas de poderes, una encabezada por los Estados Unidos, la otra por Rusia y China. Lo que no es cierto, aunque pudiera serlo si se terminan de dar ciertas condiciones, es que haya una "guerra a muerte". Obviamente, si las Fuerzas Armadas nuestras se parten en dos fuerzas más o menos semejantes en poder letal, en un escenario de guerra civil declarada, o se verifica la invasión de tropas norteamericanas o de los países vecinos, estaremos en esa "guerra a muerte" que afirma Blanco con conmovedor sentimiento. No creo que la cúpula burocrático-militar en el poder esté dispuesta a matar masivamente, ni a acompañar a un puñado de políticos hasta "las últimas consecuencias"; aunque sí a reprimir ciertas acciones violentas en contra de su gobierno, sobre todo si responden a una conspiración internacional. Nuestras Fuerzas Armadas no son como las chilenas, formadas en la doctrina del "enemigo interno", que guió y justificó la matanza sistemática de dirigentes a todo nivel de la izquierda durante la década de los setenta. Si bien , no hay de desestimar la complicidad en los negocios corruptos como elemento de cohesión en la cúpula gobernante, que se ha hecho patente en varias ocasiones, existe un "cemento ideológico" (Ludovico Silva) nacionalista, antiimperialista, chavista en fin, que cohesiona ese bloque en el poder. Y no es fácil violentar ese pegamento ideológico. Entre otros hechos, el debate reciente entre Jaua y Castro Soteldo lo muestra.

Por otra parte, si bien es cierto que hay espacios enteros donde el Estado no existe o luce desestructurado, se encuentra incluso en manos de grupos criminales organizados, Venezuela no es todavía un país tan "licuado" como pudo haber sido Yugoslavia o algún país africano, de esos famosos por prolongadas guerras civiles y hambrunas. La ineficiencia, la ausencia inclusive, del Estado venezolano, viene de muy atrás, de antes de Chávez. Precisamente, por eso es que la corrupción ha hecho metástasis. Por otra parte, la burla a las normas, empezando por las de la Constitución, ha sido comportamiento no exclusivo de una de las partes. Es cierto que fue una sinverguenzura deslegitimadora el nombramiento de ese TSJ, la declaración de desacato a la Asamblea Nacional y otra cantidad de prácticas que han vuelto leña nuestras instituciones. Pero, del otro lado, siempre ha estado una oposición que ha oscilado entre el llamado subversivo directo, al golpe de estado, a la burla de normas constitucionales y, ahora, al "poder paralelo" y hasta la intervención extranjera. De modo que, sí, hay un estado en situación de licuefacción, hay una minoría (algunas encuestas hablan del 12%) que desestiman la nación, llamando a los Estados Unidos a intervenir e instalar un gobierno títere. Pero todavía hay algunas instituciones que hacen como si funcionaran. Por lo demás, hay un territorio y hay un cierto control por la fuerza.

Por lo demás, es contradictorio afirmar que Venezuela hoy es un país "licuado", es decir, deshecho, y afirmar que constituye una amenaza a la seguridad nacional norteamericana. Si la cosa está tan grave ¿cómo puede ser una amenaza para la misma Colombia o para Brasil? Y eso que no estoy subestimando el impacto destructivo de la oleada migratoria que es, como lo ha reconocido el propio gobierno por boca de Samuel Moncada, una migración "por hambre". Las olas migratorias, efectivamente, han sido alimentadas por personas (¿2 o tres millones?) de todas las clases sociales y, últimamente, de las clases más pobres. También es cierto que todos los servicios públicos están casi en ruinas, y sin posibilidades de recuperación inmediatas, por falta de recursos, repuestos y personal calificado.

Pero la principal diferencia con la visión apocalíptica de Blanco y demás extremistas, es la de negar terminantemente la posibilidad de una "solución pacífica". Es un hecho reconocido que estamos en un "empate estratégico", en que ninguna de las dos fuerzas puede (creo que ni siquiera están interesadas) en exterminar a la otra. Este hecho (repito) es precisamente la posibilidad de un camino por la negociación política como la que ha insistido la Alianza por el referendo Consultivo. Es decir, un camino constitucional, pacífico, democrático, popular y soberano.

El cuadro pintado por Blanco y demás extremistas, tienen de verdad la presencia de esas tendencias destructivas. Pero se trata todavía de un drama, no de una tragedia. Todavía los venezolanos podemos hacer posibles otros desenlaces.



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Jesús Puerta


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