La crisis capitalista: una verdad de perogrullo

Aunque sus apologistas suelen negarlo y encubrirlo, no resulta nada exagerado afirmar que el sistema capitalista -pese a sus variadas mutaciones históricas- sufre una fuerte crisis estructural, mitigada en algunos casos, pero que no deja de ser una realidad altamente preocupante para sus beneficiarios directos. Simultáneamente a ello, se observa a nivel mundial una disputa creciente en el campo capitalista, llena de tensiones múltiples por espacios geoestratégicos, geopolíticos y económicos que pone en grave riesgo la paz del planeta, vaticinándose, incluso, la factibilidad de un estallido bélico entre las actuales grandes potencias, aún más catastróficas que los ocurridos en el siglo pasado.

Tal realidad exige posiciones revolucionarias de nuestros pueblos que, por un lado, confronten en esencia el carácter expoliador y depredador del capitalismo, tanto en lo que respecta al trabajo humano como en lo referente al extractivismo de los recursos diversos que nos ofrece la naturaleza, contraponiéndose, por tanto, a su lógica; y, por el otro, sirvan para construir paradigmas e instrumentos efectivos que disipen cualquier tipo de agresión, injerencia y conflicto (interno y externo) que quebrante la paz en algún momento dado.

En el primer caso, es necesario comprender que el mercado capitalista internacional se halla fuertemente influenciado y controlado por las grandes corporaciones transnacionales (básicamente estadounidenses), lo cual obstaculiza grandemente el surgimiento de economías nacionales autárquicas. Esta circunstancia induce a sus propietarios a idear (convenciéndose a sí mismos que pueden hacerlo por encima de cualquier barrera moral que se les interponga) la dominación absoluta del mundo en beneficio de sus ingentes capitales. Para lograrlo, no escatiman elemento alguno a fin de fomentar disturbios y crisis que distraigan la atención de los pueblos que aspiran someter. Esta es una verdad de Perogrullo, fácilmente rastreable en los acontecimientos desencadenados en naciones como Libia y Siria, por citar los más recientes, y como se desprende de las amenazas proferidas por el presidente gringo en contra del gobierno de Venezuela, bajo la excusa de defender la democracia y a los venezolanos.

Respecto a la segunda situación, venciendo todas las resistencias culturales que surjan -dada la influencia de la ideología dominante entre muchos- debe propiciarse el establecimiento de un poder popular realmente soberano y dotado de un espíritu subversivo de primera línea que lo haga capaz de asumir el rol protagónico y dinámico del proceso de transformación estructural del orden imperante. Por consiguiente, este poder popular soberano no debería ni podría circunscribirse a lo meramente político sino que ha de apuntar igualmente a la distribución autodeterminada de la riqueza social -tanto material como cultural-; dando una respuesta sistémica que de verdad trascienda el sistema capitalista. No es la instauración de un capitalismo de Estado que conserve inalterables las leyes del valor de cambio, de la plusvalía y del beneficio, de manera que únicamente se produzca el simple reemplazo de una minoría parasitaria por otra. Además, habrá de comprenderse que la toma del poder real no estriba en la conquista legal del poder constituido. Esto último desembocará, indefectiblemente, en una lucha frontal contra el partidocentrismo que conduzca a la autoafirmación del sujeto popular y que nutra la unidad, la autoridad y la conciencia de dicho poder popular soberano.

Bajo este enfoque general, se impone trabajar con conceptos abiertos y no dogmáticos, construir el actor social y político colectivo (sin obviar sus componentes culturales, espirituales y económicos), su conciencia y su organización democrática; y profundizar el cuestionamiento del Estado burgués liberal. Como corolario, la presente etapa de luchas por objetivos comunes libradas por los pueblos de nuestra Abya Yala -como en el resto de la Tierra- representa una base sólida importante (e interesante) para impulsar y consolidar la posibilidad nada incierta de este poder popular soberano.



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Homar Garcés


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