Y mientras tanto ¿Qué?

Hay dos estados emocionales que definen bien lo que ha pasado con nuestra revolución: La tensión emocional de ver qué es el socialismo, cómo asume políticamente el gobierno, como puede cambiar nuestras vidas en nuestra cotidianidad. Es emocionante esperar cambios importantes en el país. Fue emocionante esperar ver el cambio en el comportamiento de nuestros diputados, en la forma de administrar de nuestros alcaldes, en las maneras de hacer las cosas de nuestros dirigentes, en sus decisiones. Mientras Chávez estuvo vivo y gobernando, todos asumimos como inherente al socialismo los cambios sorpresivos. Por ejemplo, fue emocionante ver como el presidente expropió los grandes hatos o cómo increpó a sus funcionarios perezosos o indolentes en televisión. Este estado de tensión emocional es propio de un pueblo en revolución que asume el cambio como una acción positiva y no reactiva.

El otro estado emocional es la depresión, la larga espera por el cambio, la cual deviene en resignación y el conformismo. Nuestro pueblo vive hoy un estado de resignación y de conformismo. Impotente ante las decisiones o la falta de ellas tomadas por nuestros gobernantes, no se mueve, no se entusiasma. Este estado emocional es fruto de las formas de ejercer el poder y el gobierno para nuestros dirigentes hoy. Ha pasado de ser activa, en tiempos de Chávez, a reactiva, accionada solo mediante viejos mecanismos conocidos, que creímos superados por la revolución socialista, y ejecutada por técnicos, por economistas y especialistas, no por políticos.

Eso lo creímos historia. Era de esperar que todos esos años de crecimiento y de estabilidad social y económica fueran interrumpido en algún momento por efectos del capitalismo y de los capitalistas. Pero siempre confiamos en que el comandante buscaría una manera distinta, revolucionaria de asumir los malos tiempos. La sensación de sentirse Uno junto las decisiones del Comandante Chávez nos motivaba a sacrificar cualquier cosa, con tal de ver un cambio, un avance en el camino. Hacia algo distinto que entendimos era el socialismo. Esa tensión por ver lo nuevo, por sentir una mudanza en lo conocido asumimos era parte de la revolución.

Ahora solo estamos a la espera de cómo se instala de nuevo lo viejo, regresan los privilegios y los privilegiados, sin poder decir nada, sin ser escuchados. La resignación y la desesperanza se adueñan de nuestros corazones.

¿Qué esperamos? Unos, esperamos que nos escuchen en el Foro, que Roma no nos abandone. Otros, más ingenuos, más cándidos, que el país prospere para poder seguir gastando el dinero de nuestros sueldos aumentados. Aquel pedazo de nosotros que empeñamos en Chávez no vale nada ahora, es moneda vieja. Sin esa esperanza, si sus enseñanzas, sin sus estímulos morales quedamos pobres de nuevo. Mientras tanto, dejamos que otros se ocupen de nuestros destinos. Un técnico decidió dónde y cómo será nuestra participación en la construcción del futuro que trazaron otros por nosotros.

Mientras que Venezuela se convierte en un país desarrollado a costa de nuestras vidas breves y frágiles, consolémonos con el sueño del socialismo donde todos somos iguales, justos y sanos. Consolémonos con el comunismo en el Hiper Topus Uranus, de Platón. Aquí, en la tierra, nos tocará sufrir los desmanes del capitalismo.

Mientras tanto, dejemos que la mano invisible del mercado vuelva a colocar las cosas en su lugar: que el grupito de los que más tienen reciban todo y que las mayoría de los que menos tienen carguen con el peso del trabajo, el sacrificio, la ignorancia, la miseria. Mientras que Venezuela se hace productiva, esperemos en paz, conformes y resignados, sin hablar, sin ver y sin oír. ¿Por cuánto tiempo?

El socialismo, esa tensión de espíritu, no espera, late fuerte, piensa y resuelve. Este pueblo cambió con Chávez y confío en su espíritu revolucionario y rebelde. Hay reservas comunistas, socialistas revolucionarios que deben estar dispuestas a reorientar el camino y comenzar la marcha de nuevo hacia adelante. Revolución es acción, no reacción. Revolución es cambio no restauración.

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Héctor Baíz

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