Ernesto, el del CDI Chuao


El termómetro denunciaba 40 grados de fiebre, suficiente para alarmar a la madre y decretar emergencia, todos los esfuerzos se concentraron en la niña víctima de las bacterias.

La vía natural era la Clínica ubicada en la urbanización de clase media alta, allí todo funcionaba, brillaba, era hasta agradable, el aire acondicionado a 23 grados, friito, y la caja registradora en la puerta como una guillotina. La madre de la niña dudó, sabía que en las clínicas los precios son altos.

Alguien insinuó ir al CDI de Chuao, los CDI son una especie de hospital regentados por los cubanos, allí todo es diferente. La madre titubeó, quizá no cobrarán, pero quizá no tengan aparatos, ¿harían exámenes, tendrían rayos x?. Sin embargo, por miedo a los altos gastos, decidió ir con los cubanos…

El primer impacto al llegar fue horrible, la antesala estaba tomada por gente humilde. La doña se asustó, siempre le han dicho que esta gente es peligrosa. Se sentó y esperó al lado de un viejo con algún problema de columna, enfrente una muchacha con un trapo en la cabeza que anunciaba cefalea. Poco a poco aquella antesala se fue iluminando, algo raro había en el ambiente tranquilizaba a la madre angustiada. La enfermedad abría paso a otras miradas, no eran las de la calle, agresivas, eran tiernas, las caras no eran de desconfianza, se distendían en el padecimiento común, en esa antesala asomaba un “nosotros”, algo sabían, sentía ellos que la doña ignoraba, algo que hasta ahora no había vivido.

Pasó una enfermera, saludó y convocó paciencia, después alguien trajo café negro en tacitas pequeñas, era muy fuerte y muy dulce, pero  a esas horas de la madrugada sabia a gloria, o mejor a solidaridad, reconfortaba. La doña se distendió y sin notarlo formó parte del común.

Entró a la consulta un poco asustada, la niña lloraba, ella se arrepentía. El médico con acento cubano la calmó:

- ¿Que le preocupa señora?

- Tiene gripe hace cuatro días, fiebre y escalofrío.

- Déjeme examinarla…

Pasó un tiempo hablando con la niña, se oían las risas de la paciente. El ambiente fue calmándose, el doctor explicó la enfermedad, su evolución, mandó unas medicinas que allí mismo suministraron, se despidieron y pasó otro paciente, o más preciso, otro ser humano.

En el camino a casa la doña se sentía cansada, había sido una noche intensa, muchos estímulos, muchas sensaciones que entender. Un desasosiego la embargaba, ahora comprendía muchas cosas, trató de poner en orden su pensamiento, simplificarlo para entenderlo, ese era su método. Entonces pensó:

“El gobierno tiene una campaña para que los especuladores bajen el precio de sus mercancías, de los televisores, licuadoras, eso me emociona, si pudiera estaría en la cola para comprar cualquier cosa.

En las clínicas, cobran mucho, especulan, el gobierno debería actuar allí… que cobren menos. Sin embargo, por mucho que bajen los precios el paciente continuaría siendo considerado una mercancía, no un humano, como un televisor en manos de un comerciante, debe dar ganancias, sí  muchas mejor.

El CDI, considera al paciente un humano, ese trato amoroso, es lo fundamental de la medicina. En el viaje al CDI, me encontré con el humano perdido entre tanta competencia, tanta guerra de todos contra todos, tanto maltrato entre la gente, que hasta el saludo, pedir la hora, preguntar por una calle, es una agresión.

¿El CDI será una muestra de eso que llaman Socialismo? ¿dónde esa gente aprendió a ser así, dónde se transformaron en humanos y dejaron de ser mercancía? ¿Será eso lo que llaman Socialismo?

Después supo que aquel médico, el del CDI, se llamaba Ernesto, el de la terapia intensiva… No podía tener otro nombre que el del primer internacionalista del mundo.

 




¡Libertad inmediata para Conrado y el vasco Asier!

 


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Toby Valderrama y Antonio Aponte

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