Dieterich y el 10 de febrero

Algunos dignos camaradas analizan sobre el 10 de febrero y sus insinuaciones históricas y analizaban además quién es o podría ser este afligido personaje dizque de la política revolucionaria y de un presunto academicismo de vanguardia, de quien me atrevería decir -sin mucha gesticulación y con la sequedad que merece él como asunto- que Dieterich no es más que una deslucida flor en el estercolero de esa travesura tornadiza y desfachatada que es la política; en esa “fatalite moderne”, como la denominara Napoleón hace ya 183 años.

Y sobre el 10 de enero diría, también sin aspaviento, que la cuestión se decidirá conforme a la más sana hermenéutica jurídica. Una gran historia demandará que la interpretación de la Constitución sea histórica como corresponde a los tiempos que corren en esta Venezuela revolucionaria.

Pero no hay duda que la Historia es triste; lo debo aceptar sin conmoverme. La Historia tiene ribetes irritantes como toda buena relación de lo absurdo.
¿Podría algún día disponerse de una historia que tuviere la distinción de poder ser leída sin sentir vergüenza de haber nacido humano?

¿Esa que Chávez comenzó a escribir y que a nosotros nos corresponde continuar como un histórico cuerpo colectivo que somos?

¿Es el desheredado Dieterich, o los que se parezcan a él, el que va a impedir con sus maquinaciones de ocasión que sigamos escribiendo esa historia que inició el histórico Chávez, hoy víctima de un adversidad, también histórica? Es para no creerse

¿Y si eso va a ser así, para qué entonces iniciamos con Chávez esta revolución?
¿Para que vinieran los funestos a frustrarla con sus manifiestas simplezas, por más garbo intelectual que aparentan poseer?

Entonces apaguemos la luz y vayámonos con el rabo entre las piernas para otra apocada anécdota de nuestra historia. Sería nuestro destino manifiesto.


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Raúl Betancourt López


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