Desfile I, materia obligatoria

Después de un merecido descanso vacacional, los estudiantes derechistas de las universidades nacionales y privadas, se preparan para iniciar una nueva campaña de enérgicas protestas, con desfiles en centros comerciales, plazas y avenidas del este de Caracas. Una vez agotado el caso RCTV, se impone la protesta contra el abuso de Chávez, al pretender que el pueblo apruebe una reforma constitucional, que entre otros aspectos, reduce el horario de trabajo a 6 horas diarias, establece la seguridad social para quienes laboran de manera independiente y reafirma el concepto de soberanía nacional. Los jóvenes deben convencer a los venezolanos de la inconveniencia de tales medidas, de que ese “parejerismo” no conduce a nada bueno, y más aún del peligro que encierra para el bienestar del ciudadano común y corriente, la posibilidad de que el Presidente siga ganando elecciones y haciendo que su ejemplo de luchador antiimperialista, continúe, como el fantasma que vislumbró Marx, propagándose por toda Sudamérica.

Ya que en el semestre anterior los desfiles ocuparon buena parte del lapso académico, sería justo que se les incluya como una asignatura obligatoria (con lo cual los estudiantes chavistas también se verían forzados a desfilar), incorporando el método de evaluación continua, de manera que los docentes que dirigen las acciones, puedan calificar los avances de los jóvenes en temas como la elaboración de pancartas gigantes, pintacaritas, pintamanitas, aprendizaje y lectura de chuletas publicitarias, expresión corporal ante las cámaras de Globovisión y otros. Lógicamente el valor en créditos dependería de la duración de los desfiles, y por supuesto, los rectores universitarios seguirán colaborando con el éxito de las mismas, liberando a los empleados administrativos de sus tareas rutinarias, a fin de que también puedan participar en las demostraciones.

Que diferentes las protestas estudiantiles actuales, con respecto a las que realizábamos los estudiantes de izquierda en años anteriores. Para empezar, la convocatoria en aquellos tiempos se realizaba de persona a persona, cuando mucho mediante megáfonos en escuelas y facultades, mientras que ahora se convocan a través de los medios de comunicación escuálidos, que incluyen algunos periódicos de circulación nacional, canales de TV y emisoras radiales. La salida a la calle era de alto riesgo debido a los disparos (no siempre de perdigones) y bombas lacrimógenas, además de los peinillazos que gustosamente propinaban los uniformados metropolitanos, mientras que los policías civiles hacían el trabajo de detección y captura de “revoltosos” que luego eran detenidos o secuestrados (normalmente no se ofrecía información a familiares), en celdas de la DISIP y la DIM. Que yo recuerde nunca se transmitió una manifestación estudiantil en directo por la televisión, tal como ocurre actualmente con los guarimberos, ni la Conferencia Episcopal avaló acción alguna.

Ahora la policía del régimen protege a los marchistas y con frecuencia supera en número a estos últimos. Antes las consignas eran para demandar justicia, presupuesto justo, cese a la represión, o contra las invasiones gringas en cualquier parte del mundo, mientras que ahora se dirigen no solamente contra el único gobierno que en 50 años se ha identificado plenamente con el pueblo, sino contra el único que no ha allanado universidades, el mismo que regresó el Jardín Botánico a la UCV y ha cancelado deudas supermillonarias que administraciones adecas y copeyanas no pagaron a profesores, empleados y obreros universitarios.


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Douglas Marín


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