El principio y el fin del trayecto

La principal responsabilidad de los padres en el hogar es educar de la mejor manera a sus hijos, pero se debe entender que educar es el proceso de enseñanza a los niños y niñas de los valores sobre los buenos sentimientos, amor, piedad, respeto, honestidad, compasión, etc., y no el proceso de impartirles o procurarles una buena instrucción, hay que tener presente que la educación es muy diferente a la instrucción; por eso es que es muy importante no confundirlas. Los valores internos de una persona se debe a la educación que reciba en la casa y la que se puede enseñar en el preescolar y primeros años de primaria, si esta educación es buena, ella garantiza el ver más adelante a unos hombres y mujeres de bien y virtuosos. La buena educación enseñada en el hogar se basa en la búsqueda de obtener un descendiente adornado de buenos sentimientos, en definitiva, el niño es criado en el hogar con la intención de que cuando sea grande desarrolle toda la capacidad corporal, mental y moral en beneficio de la patria.

Ahora bien, en la etapa en que el niño se va independizando de la tutela familiar, por lo general comienza a aprender “de sus amigos” cosas no muy santas y entonces algunos desde esa época cogen una senda de perversión y entran en el delito y el vicio, sin embargo hay una mayoría de niños y niñas que afrontan ese terrible vendaval y lo eluden siguiendo adelante en sus estudios, consecuencia de que se impuso las cosas buenas aprendidas cuando fue educado en el hogar, y eso lo sigue incentivando para conservar su buena conducta, estudiar duro y graduarse lo más pronto posible pensando que debe ayudar a las personas que necesitan de sus conocimientos. Es regular que el estudiante en sus últimos años de la carrera universitaria vaya practicando y desarrollando una labor caritativa de ayuda a la gente en el área correspondiente a sus estudios, esto lo llena de satisfacción y con esa conciencia social y ciudadana sigue hasta que obtiene su título.

En tal ocasión se le presenta un obstáculo, este joven adulto está obligado a inscribirse en el Colegio Profesional respectivo y no tiene ninguna otra alternativa, tiene que hacerlo porque si no le es prohibido ejercer su trabajo para el cual estudió y se preparó en los últimos cinco o más años. De manera que cada profesional universitario está obligado a formar parte del monopolio que constituye su específico Colegio Profesional y si a la fuerza el titulado universitario tiene que tener un permiso por unos entes privados, Colegios Profesionales, para poder trabajar en la especialidad que corresponda, tal circunstancia quiere decir que el título que recibe en la universidad, en nombre de la República y por autoridad de la Ley, que certifica que esa persona ha cumplido con todos los requisitos pedagógicos para ejercer tal profesión, tácitamente ello queda relegado y pasa a ser el llenado de un mero formulismo. Y con la más absoluta seguridad, es en los Colegios Profesionales en donde las personas recién egresadas de los institutos de estudios superiores aprenden, extra cátedra, las malas mañas que son las que afean lo sublime de cada profesión universitaria.



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José M. Ameliach N.


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