Alquimia Política

El Académico que sigo siendo

En uno de sus últimos libros, el sabio Fernando Savater, titulado “Figuraciones mías” (2014), el autor dice: “Lo que en el fondo uno quisiera de verdad es encontrar un pecho fraterno para morir abrazado, como en el tango, aunque sabemos que es muy raro que ese galardón se consiga por medio de un libro, un cuadro o una película…”; el autor se refiere a esos seres de talento que desde el mundo de creatividad buscan transformar las relaciones en sociedad y hacerlas más fraternas, más humanas. El académico, entiéndase docente universitario, investigador y extensionista, es un miembro de esa clase de hombres y mujeres que por su interés personal en cada juego de palabras o teorías donde gravita su existencia, tiende a recibir pocos galardones y reconocimientos por parte de sus congéneres. Salvo los que llegan a sitiales excelsos de sabiduría, son los pocos elegidos para ser considerados referencia ineludible de autoridad en el saber.

En este aspecto el francés Pierre Bourdieu (1927-2002), expresaba, en un texto titulado “Homo Academicus”, que éste era, entre otras cosas, un intento de explicación del por qué, en los años sesentas, el modelo de reclutamiento de cerebros con talento, fue ampliamente cuestionado, desatando una crisis global del sistema de enseñanza francés; Bourdieu explica cuáles fueron las condiciones que permitieron que una crisis local se transformara en una crisis general del sistema escolar, y del por qué del carácter dominante de las formas desplazadas, ampliamente transfiguradas y volcadas todas sobre lenguajes expresivos, recordando que ese parece ser el curso normal de toda contestatación política que se desarrolla en el terreno de lo simbólico. La crisis del modelo no vino desde dentro, y el inicio de su descomposición no fue el producto de un fenómeno implosivo; la crisis provino del crecimiento de la propia población universitaria, de los cambios en su composición social, de las transformaciones morfológicas de las facultades, de la modificación de las jerarquías entre los establecimientos universitarios y sobre todo de la aparición de nuevos cargos profesorales: los profesores asistentes, desde los cuales era imposible llegar a las más altas jerarquías del poder universitario, punto central de la crisis desde el punto de vista de los nuevos docente, quienes romperán con la tradición de las relaciones patrimoniales como forma de lucha por el acceso al poder, para dar ahora curso a sus aspiraciones a través de formas de acción sindical que, de manera a veces caricatural, se expresan a través del viejo modelo de la lucha de clases del siglo XIX.

En una palabra, la crisis del modelo se impone como producto del abismo creado entre las aspiraciones y las posibilidades de acceso efectivamente aseguradas, lo que produce, en el cuerpo profesoral, y luego en los estudiantes, el cuestionamiento de lo que ahora se ha convertido en el instrumento legítimo de su exclusión, lo que pone en peligro el porvenir de variadas fracciones de clase, que ven en el viejo modo de reproducción cerrado a los nuevos pretendientes, una amenaza para su perpetuación como clase.

Esta situación, descrita por Bourdieu en la década del sesenta del siglo XX, es la misma crisis que hoy confronta la universidad venezolana en pleno siglo XXI. Una crisis del modelo de encarar la investigación, de percibir el proceso de aprendizaje, de lidiar con el conocimiento universal y local, y de capitalizar los grupos de poder existentes que no quieren, bajo ninguna circunstancia, ceder espacios. Es definitivamente un tiempo de transición, de roce permanente y de movimiento continuo hacia escenarios que tiene ante sí dos grandes enfoques de ver la realidad: desde una postura radical del positivismo lógico, donde las ecuaciones y las fórmulas sustituyen la conducta humana; y otra que encara en paradigma interpretativo fenomenológico que entiende la realidad tal cual se le presenta y busca delinearla, entenderla, describirla y proyectarla, en un contexto de contradicciones e incertidumbre. Es la lucha entre lo sensible y la cantidad, entre los formalistas radicales y los formalistas críticos, entre un empirismo reduccionista-determinista y un empirismo analítico-comparativo. No diría que es una confrontación de metodologías, al fin y al cabo cada grupo académico defiende sus banderas heurísticas, lo que no debería prevalecer es el oficio de la terquedad, del cierre de juego, de la “trampa”, de la discordia, de la cobardía. Si hay discusión académica, comencemos por respetar las posturas existentes y no nos hagamos eco de que para ser un investigador de línea o el “mejor” investigador, tengo que cumplir recetarios de ambiguas posturas teóricas y de falsos positivos eruditos.

La excelencia de las universidades, lamentablemente, no se mide por el nivel de interrelación entre la comunidad y la universidad, como parte del trabajo extensionista y de docencia, se mide por la cantidad de artículos científicos que los investigadores publican en revistas indexadas a nivel internacional. Revistas que no internalizan realidades locales, sino que asumen como bandera posturas abstractas, universales y de criterio ordinal para darle confiabilidad a los resultados que se obtenga en un estudio del café o del cacao, por ejemplo, pero nunca el recorrido humano de explotación, de vivencia, de ese proceso de cultivo, comercialización y colocación de esos rubros agrícolas. Es decir, se aboga por lo superficial y se subestima el fondo humano de lo real.

En este devenir de la polémica académica entre eruditos, sabios, místicos y docentes de vocación, la figura de Bourdieu, del cual muy poco conocen los que desde escenarios de las universidades venezolanas hoy hablan de “piratería” y “ausencia de academicismo”, nos recuerda que la concepción de la teoría y del trabajo empírico, y de sus relaciones, ameritan ser reinterpretadas, bajo modalidades analíticas o teoricistas, que den como producto una interpretación flexible, objetiva, hasta donde se pueda, acerca de lo que como objeto de estudio se indaga, y no solamente posturas de análisis multicriterio, uno de los más comunes en el paradigma positivista, el cual se utiliza para emitir un juicio comparativo entre proyectos o medidas heterogéneas, en un ámbito de evaluación de opciones estratégicas de intervención. Son estudios en el ámbito de las evaluaciones ex post, donde como análisis, el multicriterio contribuye a la evaluación de un programa o de una política valorando los efectos de las acciones realizadas con respecto a varios criterios, modelados, en la evaluación ex ante o intermedia, que ve la capacidad de diversas acciones de un programa para alcanzar un determinado objetivo; o evaluación ex post, como ya se nombró, que introduce el análisis en áreas como la lucha contra la pobreza, el mantenimiento de la seguridad, el control de la inmigración o el desarrollo del comercio, desde la utilidad de la formulación de juicios sobre esas estrategias complejas, en parámetros de extrapolación, que dista mucho de alcanzar verdades totales, por lo tanto, al igual que la aproximación analítico crítica, son vías de acercamiento a lo que se estudia, no a la verdad.

A todas estas, vistas estas posturas, estamos ante un debate por la unificación de criterios, por el crecimiento desde metodologías que dejen el absurdo y se vuelvan medio fértil para la generación de nuevo conocimiento. Es un debate largo, serio y que es urgente comenzar a dar, para dejar a un lado comentarios “infelices” como el que “magister no corrige doctor” o “burro no relincha”…

En este aspecto, valga lo que expresa Bourdieu: “Todas estas cuestiones que se podrían llamar teóricas, deben ser pensadas como cuestiones históricas, lo que supone un trabajo por neutralizar los efectos de la división socialmente instituida entre la simple descripción que, como lo hace notar Hegel en el Prefacio de la Fenomenología del Espíritu, se acomoda mal a la interrupción por el concepto, y la pura racionalización, que tampoco soporta la irrupción de la realidad efectiva. Pero no se puede poner en cuestión los principios tradicionales de la visión y división del trabajo científico sin correr el riesgo de que los productos de este esfuerzo de ruptura permanezcan incomprendidos o pasen desapercibidos, sin exponerse a parecer faltar a su vez tanto a las exigencias de la teoría como a las exigencias del trabajo empírico y exponerse a ver las adquisiciones más seguras de la investigación pasar desapercibidas para aquellos que no saben reconocer las cuestiones teóricas más que cuando ellas dan lugar a disertaciones...”



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Ramón Eduardo Azocar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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