A todos los alfabetizados de Venezuela

Un Recordatorio Revolucionario

Camilo Gómez, cuarenta años después, era descrito por el corresponsal de la prensa, El Grito del Pueblo, de Guayaquil, como “un anciano formal y honrado y… en pleno uso de sus facultades”. Transcurrían las postrimerías del siglo XIX. Año 1898. Sus lágrimas despertaron en una señora la orientación precisa para ser diligente. Resultaba urgente comunicarse con el Consulado de Colombia en Paita. La madrugada lo encontró junto al cadáver de un viejo de 83 ruedas.1854. El mismo año en que vendría al mundo Arthur Rimbaud, en Francia. “Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. - La encontré amarga. - Y la injurié”. Ese idéntico año partiría un vidente y arribaría al mundo el niño de Charleville, quien escribiría, poco tiempo después y en plena adolescencia: Carta del Vidente. El mundo parece no estar dispuesto ha quedarse sin sus Iluminados.

Aquel octogenario recibió el título de maestro cuando apenas tenía los 21 años de edad y todavía transitando aquella edad milagrosa, para aquel tiempo, de 83 abriles “…para vivir, daba lecciones de primeras letras a las hijas de una señora Viteri”.Camilo Gómez contaría: “Junte amistad con Cocho, así llamaba Don Simón a su hijo, José Rodríguez. Teníamos la misma edad”. Muy a pesar de las muchas descripciones que sobre el autor de Sociedades Americanas de 1828 se haría: “…tenía poco amigos…facciones toscas e irregulares…severo e inflexible en el discurso…” (O’Leary, 1883), muy a pesar de ello, repito “…pronto me consagró especial cariño. Dos meses después andaba yo siguiendo al Maestro y a su hijo camino de Guayaquil”. La empresa de refinar esperma fracasó. La salida hacia Perú fue rauda El camino atropellado.

“…sólo mes y medio después pudimos arribar a tierra sin recursos… Don Simón se encontraba grave. …fuimos arrastrados por corrientes contrarias a causa de un temporal… …sufrimos hambre y sed… José trasbordó y sin decirnos nada nos dejo abandonados… …todo el equipaje de don Simón se reducía a dos cajones de libros y manuscritos…”.

Nace en Caracas una alborada del mes de octubre del año 1769. “…se llamaba Simón Narciso, “parece que nació al filo de la media noche” Por ser bautizado con esos nombres de la tradición católica hace probable inferir que el día y la hora de su nacimiento se derivan del santoral, los cuales corresponden a los días 28 y 29 de aquel mes. El 28 de octubre del año 2005 ha sido decretado, por el Comandante Hugo Chávez, mediante el Decreto Nº 4.024, el Día Nacional de la Alfabetización. Un recordatorio revolucionario.

Su estadía y manutención, en Cabo Blanco, sería en una choza de pescadores indígenas, quienes al cabo de tres meses temían que la enfermedad del viejo fuese contagiosa. El presbítero que, no sin problemas, brindo su apoyo, en principio, con sendos caballos y diez pesos; sería el mismo que como cancerbero le impediría la entrada al pueblo, lo acusaría de hereje y lo obligaría a llegar a una “…casa en la que no había más que una habitación, con una silla vieja y en el rincón un poyo de barro en el que acosté a don Simón… El cura no volvió a acordarse de nosotros y nos faltaba todo…Aislado y sin medios sufría lenta agonía el enfermo,…” Sin embargo, “Todos los días iba al pueblo a buscar el alimento para don Simón, que preparaba una señora caritativa… ” Pese a su diminutivo nombre, Panchita, su solidaridad sería grandiosa, enorme. “Siempre hay una persona buena que le regale un pedazo de pan a uno”, sentenciaría el bardo Aquiles Nazoa en su poema Hombre y Pan.

La visita, inesperada, de dos reverendos padres jesuitas, encontró acostado al viejo. Su mirada, implacablemente indiferente, culminaría con el voltearse al lado contrario. El silencio se apodero de aquella casa miserable y desahuciada. Una mañana sorprendió a Camilo una solicitud de don Simón: búsqueme al cura. Mi juventud no me permitió comprender el alcance de aquella histórica plática.

Dos nombres quedaran para la historia, a propósito de auxiliar a aquel viejo lleno de sapiencia y años transitados: Panchita Larrea y, el entonces joven, Camilo Gómez, quien cuarenta años después narraría a un impreso aquellos últimos momentos. Un 28 de febrero de 1854 dejaría de existir un expósito que supo llevar con plena dignidad el apellido materno: Rodríguez, Simón Narciso Jesús, quien, también, dejó un contundente legado de solidaridad planetaria: “…mi patria es el mundo y todos los hombres mis compañeros de infortunio…” Igualmente su reclamo, en este texto que citamos incompleto, exige seguir inventando esta revolución. Venga este recordarlo permanente y revolucionario.

efrainvalentutor@gmail.com



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Efraín Valenzuela

Católico, comunista, bolivariano y chavista. Caraqueño de la parroquia 23 de Enero, donde desde pequeño anduvo metido en peos. Especializado en Legislación Cultural, Cultura Festiva, Municipio y Cultura y Religiosidad Popular.

 efrainvalentutor@gmail.com

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