El histórico colapso de Wall Street y el coronavirus como chivo expiatorio del fracaso del capitalismo

El mes de marzo de 2020 ha sido fatal para los especuladores de los mercados financieros del orbe, sobre todo para los de Wall Street. En el marco de la pandemia del nuevo coronavirus, el Índice Dow Jones, de la Bolsa de Nueva York, se ha desplomado de los máximos históricos de 29.551,42 puntos, del 12 de febrero de este año, hasta los mínimos de 18.591,93 puntos del 23/03. En 41 jornadas se perdieron nada más y nada menos que 10.959,49 puntos o -37,08%. O sea, las ganancias de la era Trump se borraron del mapa en cuestión de cinco semanas y media. El primer golpe del 09/03 (-7,79%) fue la señal de que fechas sombrías arribarían: vendría el -9,99% del 12/03 y -más tarde- la catástrofe de -12,93% del jueves 16/03 (*), la cual es -hasta ahora- la caída más grave del NYSE y ha representado un derrumbe de 3.000 puntos en un solo día. Para tener una idea más amplia de este colapso, debemos recordar que el batacazo del Lunes Negro de 1987 fue de 508 puntos en una jornada, lo que para la época era -22,6% de la capitalización total. Durante el "crack" de 1929, aquel Lunes Negro tuvo un retroceso de 38,33 puntos o -12,82%, y el Martes Negro experimentó una retirada de 30,57 puntos o -11,73%. Como podemos atisbar, la debacle de tres mil puntos del 16/03 no tiene parangón en los 124 años de historia del Dow Jones.

Desde la crisis financiera de 2008, que fue desatada por el estallido de la burbuja de las hipotecas basura y la quiebra de Lehman Brothers, las bolsas de valores de todo el planeta han sido intervenidas por los bancos centrales a través de la emisión de dinero o Flexibilización Cuantitativa (QE, en inglés) y la rebaja de tipos de interés. Lo pretérito ha promovido fenómenos como las "buyback" o "recompras de acciones", es decir, los ejecutivos de las grandes compañías reciben préstamos al 0% de interés y estos utilizan esa guita para adquirir acciones de la misma empresa que manejan, con lo cual matan dos pajarracos de una pedrada: hacen subir la cotización de éstas en el mercado bursátil y se ensacan dividendos por ese encarecimiento de los títulos de la renta variable. Hay que recordar que las nóminas mayores de las compañías que están en Wall Street reciben beneficios crematísticos por los rendimientos de sus acciones. Por ende, mientras éstas más crezcan en estimación hay más dinero para el patrimonio de los ejecutivos. Este modus operandi contradice la narrativa neoclásica de que el Estado no debe meterse en la economía y nada más ser un mero espectador; por el contrario, estos capitalistas reciben con gusto la plata del Estado, a interés cero, y la destinan a satisfacer sus excentricidades -comprarse un yate lujoso o un cuadro de Picasso-, en vez de invertirla en investigación y desarrollo. Es que las "buyback " no son ninguna actividad productiva y van canibalizando nombres influyentes como Apple, Boeing, General Electric, IBM, Pepsi, entre otros.

Gracias a la inyección de liquidez de los bancos centrales, entre ellos la Reserva Federal en EEUU, recovecos como la Calle del Muro (Wall Street) se han convertido en descomunales burbujas. En Japón, el 73% del Nikkei es propiedad de la máxima autoridad monetaria, lo cual es un caso inaudito en el globo terráqueo de "estatización" de una bolsa de valores. Allá también hay bulbos dantescos gracias al "respirador artificial" del "papá-Estado". Desde sus mínimos de 2009 (6.547,05 puntos), el Dow Jones se ha inflado hasta los 29.551,42 puntos del 12/02/2020, lo que significa una pompa de 351,37% en 11 años. Si eliminásemos ese incremento artificial y partiéramos de la cota mínima de 6.547,05 del 09/03/2009 (**), la caída de 3.000 puntos del 16/03 habría dejado al Dow Jones en 3.547,05 o un bajón de -45,82% en una sesión. ¡Una catástrofe mayor que la de 1987 y 1929 juntas! Si aplicásemos al nivel de los 6.547,05 puntos (de 2009) la contracción integral del Dow Jones entre febrero y marzo de 2020, de 10.959,49 puntos o -37,08%, obtendríamos un demencial Dow Jones de rango negativo de -4.412,44 puntos o un delirante hundimiento de -167,39%. En términos prácticos, el baremo de la Calle del Muro es igual a cero.

Después del hito de -12,93% del 16/03, Wall Street -y el resto de las bolsas del orbe- ha tenido una volatilidad propia de tiempos turbulentos como estos y el 24/03 se anotó un repunte récord de 11,37% (el más notable desde 1933). Esto se debió al anuncio de la Reserva Federal -ese mismo día- de una Flexibilización Cuantitativa "Forever" en la que adquiriría a mansalva Bonos del Tesoro, bonos respaldados por hipotecas y hasta bonos corporativos, para lo que ha destinado unos 750 mil millones de dólares en primera instancia. Nada más durante la semana del 16 al 20 de marzo, la Fed "engulló" Bonos del Tesoro por un monto de 587 mil millones de dólares, c'est-á-dire, el equivalente a 2,7% del PIB estadounidense. Además, el Congreso yanqui ha aprobado un paquete de estímulo de más de dos billones de verdes para ayudar a empresas y familias. ¿Desesperación? ¡Sí! La economía gringa está "haciendo aguas" desde 2008 y es muy improbable que sobreviva a este torbellino del novel coronavirus. Ello explica la insistencia de Donald Trump en "reabrir el país", es decir, en levantar las restricciones de movilidad derivadas de los confinamientos decretados en varios estados de la nación norteamericana y reanudar las actividades habituales. El coronavirus ha llegado para derribar los restos de la "economía zombie" que el mundo ha conocido a partir de 2008: el de las ingentes transferencias de parné desde los bancos centrales hasta las garras de los capitalistas que pontifican acerca de la eliminación del Estado. ¡Vaya ironía!

Lo cierto es que las bolsas de valores ya no son el ágora de corredores donde valores iban y venían, sin intervención gubernamental, para establecer el famoso "descubrimiento de precios" y financiar sociedades en la cacareada dinámica de la oferta y la demanda. ¡No! Eso feneció en 2008. Lo de hoy, en Wall Street y sus sucursales globales, es una tramoya de los bancos centrales con el propósito de mantener a flote una falacia que jamás podrá ser indicadora de la salud de alguna economía. No obstante, aquella credibilidad de la que gozaban la Fed y sus compinches mundiales (Banco de Inglaterra, Banco Central Europeo y Banco de Japón), que sirvió para rescatar al capitalismo en 2008, ahora no está dando resultados. Para muestra un botón: la Reserva Federal ha recortado tipos dos veces en marzo de este año, por el orden de los 150 puntos básicos, y ni así ha logrado apaciguar el nerviosismo de los mercados que se han desplomado hasta en 13 oportunidades luego de esas disposiciones. Para más inri, la hecatombe de los tres mil puntos que se evaporaron del Dow Jones en un solo día, vino tras un ajuste de un punto porcentual a la baja en la tasa de interés. Por lo tanto, se puede afirmar que la confianza en el sistema está rota. Lo que se avecina son más declives que sepultarían al Dow Jones por debajo de los 6.000 puntos y arrastrarían -para comenzar- a los "bacalaos" de la primera fila, los bancos comerciales: JP Morgan, Citibank, Bank of America y el teutón Deutsche Bank. El dólar yanqui, la moneda de reserva global, también se vería afectado puesto que el vapuleado prestigio de EEUU yacería mermado hasta los cimientos (***). Bonos, derivados, cuentas 401k (jubilaciones) y muchos otros instrumentos financieros se irían a la porra, por ende, no es gratuito enunciar que el colapso por venir será tema de plática por los próximos 500 años y más: 1929, 1987 y 2008 quedarían como "juego de niños".

Como es de esperarse, las élites financieras y políticas echarán la culpa al coronavirus del fracaso del sistema de la plusvalía, con el fin de no asumir responsabilidades y ocultar, al mismo tiempo, la estridente "falla de origen" del capitalismo: la excesiva acumulación de riqueza en pocas manos implica más latrocinio, más explotación y más inequidad. El oro recobrará su rol de pivote en el sistema monetario mundial junto a metales como la plata, el paladio, el níquel y otros; el auge de alternativas de intercambio como el trueque y los bancos de tiempo, hará más democrática y accesible la economía para todos. La clase proletaria global no debe dejarse arrebatar por la burguesía el protagonismo en esta histórica coyuntura. ¡Venceremos!

 

P.D. Los efectos devastadores del nuevo coronavirus se palparán en un lapso de tres a seis meses. El parón causado por las cuarentenas o confinamientos, que son medidas necesarias, traerá una cascada de bancarrotas nunca antes vista y profundizará aún más la Segunda Gran Depresión Capitalista que empezó en 2008: bancos comerciales, compañías tecnológicas, líneas aéreas y de cruceros, fabricantes de automóviles y aeronaves, hoteles, restaurantes y paren de contar. El coronavirus es el Lehman Brothers de 2020.

(*) Datos históricos del Dow Jones Industrial Average: https://es.investing.com/indices/us-30-historical-data

(**) ¿En qué nos basamos para enunciar que el Dow Jones debería estar en su nivel mínimo de marzo de 2009 de 6.547,05 puntos? Elemental: la economía estadounidense no ha crecido desde 2008 y desde antes de 2005 adolece de números rojos en su PIB, de acuerdo con el portal Shadowstats que analiza a profundidad los guarismos maquillados de los yanquis. El apuntalamiento de Wall Street sólo se debe a las transfusiones de dinero de la Fed por medio de los programas de Flexibilización Cuantitativa (QE, en inglés) y la manipulación de los tipos de interés: http://www.shadowstats.com/alternate_data/gross-domestic-product-charts

(***) En marzo de 2009, la cotización promedio de la onza de oro era de 920 dólares. En marzo de 2020, este guarismo fue de 1.650 verdes. Hoy en día se necesitan 730 billetes verdes más que en 2009, para hacerse de ídem onza áurea. Eso es una depreciación de 79,34% para el tótem dinerario gringo.



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Adán González Liendo

Traductor, corrector de estilo y locutor

 elinodoro@yahoo.com      @rpkampuchea

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