El rol de la libre competencia

La libre competencia suele referirse a libertad comercial: poder producir a voluntad, poder vender donde sea, cuando sea, como sea, al precio que sea, con los costes que sean.

Por disímiles que sean los costes y precios de las mercancías de las diferentes empresas, desde las pobres de capital hasta las mismísimas transnacionales de la industria pesada, todas ellas tendrán en común una rentabilidad = la tasa media de ganancia. Y esta tasa media es la guía, el termómetro, de la dinámica fabril y comercial. O sea, la libre competencia es para poder nivelar las tasas de ganancia de las distintas empresas en cuanto a sus composiciones orgánicas de capital, no para vender a precios arbitrarios ya que estos "precios de producción" son efectos de la competencia fabril, para que con ellos ya establecidos se inicie a nivel de cada empresa la competencia entre comerciantes para atrapar más o menos clientes, según la subyacente oferta-demanda. Los precios de producción son precios macroeconómicos, mientras los precios de mercado y de venta son precios microeconómicos, de bodeguita por así llamarlos. En estas bodeguitas, por ciento, es donde más se especula a los clientes.

La libre competencia le sirve al fabricante y al comerciante de férula ante el intervencionismo estatal, sobre todo cuando la propia Constitución la ofrezca como garantía a todo aquél que opte por meterse a comerciante o a fabricante, que es como decir con libertad para la contrata de asalariados. Desmontan cualquier tipo de crítica acerca de que el pez gordo se come al chico.

Repetimos: hasta allí todo parece estar "regular", pero es sólo la superficie de esa tremenda libertad. En el fondo, el ejercicio de la libre empresa se usa necesariamente para que los fabricantes de alto giro compitan con los medianos y de bajo capital, con lo cual alcanzan una tasa pareja de ganancia o igualitaria, pero, no se trata de que algunas empresas operen con costes superiores a las de otras y por eso venderían más caro y otras, al revés, lo harían a amenores precios. No, eso no es así.

Ocurre que no se trata de unos empresarios que se organicen mejor que otros, que sepan minimizar sus costes y aprovechar sus materias primas de la mejor manera y ni de organizar mejor y con estímulos varios a sus trabajadores, con ambientes agradables, por ejemplo. Tampoco se trata de que unos paguen mejores salarios que otros,

Desafortudamente, los gobiernos de esta acogotada Venezuela, los de ayer, por hacerse los locos, y el de hoy por demostrar un bajo perfil de entendimiento en el concepto de clase sociales, por muy marxistas que se declaren. Tampoco conocen el quid de la libre empresa.

Lo demuestran cuando llama esta lucha una lucha de clases; no lo es porque toda lucha sería bilateral, pero vemos que son los comerciantes y fabricantes, los terratenientes y banqueros, los que nos disparan a diario con sus precios arbitrarios, mientras el proletariado no se defiende en absoluto, porque obedece a la estrategia de dar amor hasta el diablo.

El gobierno se mueve con velocidad aritmética y ellos lo hacen con velocidad geométrica. El comerciante, por ejemplo, eleva todoslos precios , desde la mortadela y los cambures, en 500%, y el gobierno sube 40 %. Se muestra excesivamente tolerante con la gente enemiga del gobierno que en cargos públicos es muy amiga de la burguesía.

Esta guerra económica, desconoce o no puede digerir que la libre competencia es una permisiva de la competencia entre los mismos capitalistas, antes de llevar sus mercancías al mercado.

Se establece libre mercado para que los capitalistas con mayor composición orgánica compitan victoriosamente con empresas de menor giro en las que las tasas de ganancia suelen ser mayores que las de la alta y pesada industria por el interesante hecho de que tienen relativamente un mayor número de asalariados que los que contrata la empresa grande y mecanizada. A mayor trabajadores, mayor plusvalía porque las máquinas no crean valor alguno y mucho menos plusvalía.

De esa manera, la plusvalía de las empresas medianas y pequeñas va en buena parte a los bolsillos de la alta burguesía industrial. Cuandoe esto lo comprendan los empresarios menores y escuálidos podrían revisar su rol de pendejos cuando se inscriben en Federaciones industriales, por ejemplo. Véase mi obra Praxis de El Capital, Caracas 2013.



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Manuel C. Martínez


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