El PIB, Índice de Gini y otros estadísticos

De partida, las mediciones estadísticas de las sociedades burguesas, supuestamente macroeconómicas, siempre serán objeto de dudas razonables por aquello del prioritario interés privado o clasista sobre el resto de la sociedad.

El asunto que nos ocupa es tal como nos ocurre con la literatura de libre comercio y divulgación procesada por editorialistas y editores privados; estos, como personas y empresas capitalistas, se cuidan muy bien de no tocar lesivamente los intereses de la burguesía; más, bien, hacen todo lo contrario.

Por supuesto, mientras nos hayamos mantenido respirando la atmósfera burguesa, hecho que nos sucede desde el vientre materno, no podríamos darnos cuenta de cuáles son las coordenadas de la verdad y cuáles las de las mentiras.

Por ejemplo, por ponderados que sean los precios recogidos en las encuestas relativas a la elaboración del utilizadísimo PIB, las cuentas comerciales de fabricantes e intermediarios burgueses no pueden-de ninguna manera- ser confiables 100%, a sabiendas de que el Estado burgués (capitalistamente honesto, como tal)  haría muy poco para garantizar la fidelidad de semejantes informes “macroeconómicos” procedentes de fuentes microeconomicistas.

En cuanto al índice de Gini, siempre resultará dudoso que sea el Estado burgués el interesado en y/o el preocupado por la mayor o menor desigualdad de la renta nacional cuando ésta, de partida, se haya sesgada-marcadamente sesgada-hacia los capitalistas y el “ejército administrativo” del gran capital. Sus resultados nos lucen producto de unos bien elaborados maquillajes.

De manera que, por refinada y técnica que sea la metodología calculatoria empleada en las mediciones de la dinámica económica nacional de un país controlado por el capital, siempre debemos reservarnos una razonable duda, mientras sea la voluntad del capital la que nos indica, enseña y educa dentro de las diseminadas aulas de sus empresas privadas montadas todas en favor del interés exclusivo de los dueños del capital, habida cuenta de que los trabajadores asalariados pintan muy poco más allá del salario que, de perogrullo, siempre será la amplia diferencia aritmética entre el valor creado aquellos y dicho salario.

Es que, si a ver vamos, la regla de oro del capital = mínimo costo y máxima ganancia, queda reducida a mínimo salario (sustraendo) y máxima plusvalía (minuendo)[1].   



[1] Carlos Marx, hasta ahora el mejor analista y descriptor del sistema capitalista, llegó a la conclusión de que, si se dejara la economía enteramente al capricho del capital, a sus asalariados los arreglarían con pan y cebollas. De aquí el fuerte celo sentido por  el libre mercado

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Manuel C. Martínez


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