Fundamentales conceptos económicos III

Precios de producción

Venimos diciendo que los precios de producción son el resultado de la competencia entre los productores de cada mercancía. Es que, al margen de la puja oferta-demanda, las empresas compiten entre sí en búsqueda de una mejor tasa de ganancia ya que unos capitales invierten proporcionalmente más en medios de producción que en mano de obra[1]. Como sólo el trabajo asalariado crea valor, a menos mano de obra, menores ganancias y menor rentabilidad[2].

Esa competencia entre productores se manifiesta con sobreofertas en algunos sectores y déficit en otros. De esas deviaciones del equilibrio del mercado se formará un precio que garantiza una tasa media de ganancia para todos las inversiones, grandes, medianas y pequeñas. Se forma así los precios de producción.

A propósito de esos p. de producción, desde la aparición del Libro Tercero de El Capital, edición que corrió a cargo de Federico Engels, el apologismo burgués no ha cesado en descalificarlos. Los ha considerado como prueba de la negación de Marx del valor como fuente de la riqueza. Tal negación les ha costado hasta premios Nobeles, como el caso de Paul Samuelson quien tuvo el tupé e calificar a Marx como inconsistente en sus planteamientos teóricos, pero se mostró incapaz de penetrar en la esencia misma de una de las obras más voluminosas, demostrativas de una coherencia, consistencia e integralidad de ideas económicas, sociológicas y filosóficas sujetas estrictamente a un pensamiento dialéctico, o sea, que recoge hasta hora la más acabada crítica evaluatoria del sistema capitalista.

Desde luego, para entender El Capital hay que ubicarse debajo de la pelleja del proletariado, sujeto a quien está dedicada esa obra para que pueda defenderse con voluntad propia ante una realidad imperialista a quien viene manipulando la clase más explotadora hasta ahora conocida.

La mano invisible del mercado

Seguimos. Los precios de producción, ya establecidos en el mercado, quedan sujetos a los desequilibrios coyunturales entre la oferta y la demanda. Sobrevienen sobreprecios y subprecios[3] que oscilatoriamente al final determinan los precios de mercado, en el caso de libre mercado, razón por la cual Adam Smith introdujo un nombre para ese culpable anónimo llamado la mano invisible del mercado que determinaría los precios.

Esta formación de precios es un fenómeno macroeconómico, o sea, que involucra a todos los demandantes y oferentes, y del cual no suelen ocuparse los empresarios. Los estudios macroeconómicos suelen correr a cargo del Estado y para cuando se conocen los resultados sus informes no pasan de ser letra muerta e histórica que a ningún inversionista le interesa.

El empresario capitalista es actualista por excelencia: vive el día a día en correspondencia con la dinámica de la economía en la cual participa sujeto a sus leyes, entre las cuales priva la minimización de los costes y la maximización de la ganancia, al punto de que si compra medios de producción a precios bajos, los cargará a los precios del día cuando estos suban; y si compra a precios altos, a estos cargará así bajen los del mercado actual.

Los falsos costes

Sobre este tema casi no hay literatura; no podría haberla toda vez que desde antes de la contabilidad que ideó Luca Pacioli, que ya lleva sus 5 siglos, entre las partidas de costes aparecen las depreciaciones de las maquinarias* y sus correspondientes reservas para sus reposiciones. Aparecen también las partidas de alquileres inmobiliarios y mobiliarios; aparecen los costes por concepto de "salarios" pagados al personal gerencia y al de vigilancia, con todas las añadiduras por concepto de mobiliario de oficina. También aparecen los pagos al personal de contabilidad, sus muebles y libros.

Se trata de unas partidas derivadas de todo proceso de trabajo que, sin embargo, son costes que no tienen por qué ser cargados al coste de producción con miras a añadirlos al precio de venta de las mercancías producidas.

En realidad, el valor que recibe el consumidor es el costo primo de las mercancías; el resto de esos costes falsos son desembolsos que el capitalista se ve obligado a realizarlos para la custodia y administración de su patrimonio, y para lograr una mayor productividad de sus asalariados. Operar con las manos es mucho menos productivo que con ayuda de maquinarias.

P.D.: No es cierto que la Misión Barrio Adentro opere a 100% en Carabobo, ni Valencia se reduce a Ciudad Chávez. Le aconsejamos a la nueva Ministra que escoja mejores fuentes informativas.

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* La falsedad del costo de esas depreciaciones y los alquileres pone en evidencia que, si los trabajadores reponen sus salarios y a las depreciaciones el capitalista las carga a los consumidores, la cacareada propiedad privada de los medios de producción también es falsa en consecuencia.


[1] Todo comenzó con la mecanización de los procesos de trabajo: Se mejora la productividad del trabajador a punta de incrementar las inversiones en maquinarias, en lugar de mejorar las condiciones del trabajador para que este pudiera sentirse más animado a dar lo mejor de sí a la empresa. Un trabajador satisfecho con sus condiciones de trabajo se torna más creativo de valor en menor tiempo.

[2] La distribución del capital entre las diferentes fuerzas productivas se sintetiza en la compra de medios de producción y mano de obra; en la versión de El Capital se habla de capital constante y c. variable, respectivamente. La relación por cociente entre ambos tipos de fuerzas productivas-rigurosamente complementarias-da la composición orgánica de capital. Esta composición es la que resulta diferenciada entre los inversionistas, y las empresas con mayor proporción de mano de obra que medios de producción suelen obtener mayores tasas de ganancias, sobre la base de una mayor contrata de asalariados o creadores del valor durante determinada jornada, una parte para cubrir su salario y otra que gratuitamente deja en la empresa.

[3] Hablamos de sobreprecios y subprecios como desviaciones del valor de las mercancías.



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Manuel C. Martínez


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