El CLAP: preciso antídoto

    “No hay mal tan malo de que no resulte algo bueno”

(El Guzmán de Alfarache) Mateo Alemán 1547-1614

 

La presente realidad de nuestro país está allí, dispuesta para ser interpretada, sujeta al ojo escrutador de quienes se aventuren a escrutarla, por supuesto, nunca quieta, siempre en constante movimiento. Distintos analistas, atendiendo a sus particulares enfoques ideológicos y teóricos, siendo que “la cosa observada no es independiente del observador”, la abordan arrojando, como es natural, resultados contrapuestos.

Para quienes se ubican en el campo de la oposición, es evidente y notorio, que la compleja situación económica por la que atraviesa el pueblo venezolano es atribuida, a lo que consideran las desacertadas políticas que ha aplicado el gobierno bolivariano, presidido por Nicolás Maduro, que no serían más que prolongación de la errática conducción que hizo Hugo Chávez desde el mismo momento en que asumió la dirección del país, trastocando el rumbo `positivo que este llevaba (así lo sostienen), cuando ellos, quienes ahora están en la oposición, tenían la dirección política de la nación venezolana.

En esa sentencia encierran su interpretación y cuestionamiento de la controversial realidad nacional, en base a sus particulares apreciaciones cognitivas, pero, con ella, al mismo tiempo, intentan encubrir o ideologizar la real maquinación que han venido instrumentalizando en función de la reconquista del poder político del país.

Pasados de maraca

Francamente, quienes así analizan la situación del país, obvian, interesadamente, los propósitos desestabilizadores que desde los inicios mismos del proceso bolivariano han motivado a esos sectores que lo adversan y enfrentan; pues, es claro y ostensible que tanto la gestión del Comandante Chávez como ahora la del Presidente Nicolás Maduro han estado sometidas a un acoso sistemático e implacable, sin darles respiro en ningún momento.

Se entiende que a la oposición le corresponde jugar, en un escenario democrático, un definido papel de contraste al gobierno respectivo; pero, es público y palmario que, desde el primer día, como decimos en criollo, se han pasado de maraca, atentando contra la estabilidad del país, desafiando a la Constitución y poniendo en cuestión la paz del pueblo venezolano.

Como se ha señalado y ampliamente testimoniado, la revolución bolivariana, al no corresponder a los designios del imperialismo, de la derecha internacional y de los lacayos locales, ha sido y está sometida, a la orquestación de una guerra no declarada, geoestratégicamente enmarcada en lo que ahora se denomina como guerra no convencional o de cuarta generación que es esencialmente ideológica, de ideas y que no se expresa en los términos beligerantes tradicionales (ejércitos definidos enfrentados en campos de batalla).

Sin balas

Esta guerra no convencional, en la que se hace uso de la legalidad para velar la acción insurreccional y desestabilizadora, que, básicamente, no se libra con balas y misiles, está destinada a tocar la mente y el estómago de las personas, afectando la psiquis colectiva y la primaria necesidad humana de la alimentación, incentivando el miedo, la inseguridad y la angustia en la población, incidiendo en sus emociones, promoviendo la inversión de valores de los venezolanos y venezolanas, con el expreso propósito de socavar la moral o fuerza política del gobierno y poner de relumbrón que es incapaz de gobernar con efectividad.

Está claro que los orquestadores estratégicos de tal guerra son los centros de poder imperialistas norteños que cuentan con los grupos oligárquicos económicos-comerciales y mediáticos locales, los opositores antipatrióticos y golpistas y sectores de las ambivalentes capas medias como articuladores y operadores.

En función del objetivo que tienen planteado, han apelado a un haz de artificios, como el de la guerra psicológica (con cuyas operaciones, convertidas en armas estratégicas apuntan hacia el control mental social); la guerra mediática (desarrollada tanto a través de los medios tradicionales como por lo que hoy constituye un potente recurso, las redes sociales) que con el falseamiento y manipulación de la realidad promueven la angustia y la desesperanza colectiva; los ataques al sistema eléctrico nacional; el aguzamiento de la inseguridad ciudadana con el montaje de hechos intimidatorios implementados a través de extrapoladas prácticas paramilitares; la presión internacional con características de cerco político y financiero; el arco de bases militares con el que tienen circundado al país; la contracción manipulada de los precios petroleros en el mercado mundial; etc.

No hay mal que…

Pero, sin dudas, la guerra económica (escasez inducida y acaparamiento de productos, enlentecimiento de la producción, contrabando de extracción, manipulación monetaria, bachaqueo, etc.) que, a pesar de las múltiples evidencias, la oposición, las empresas mediáticas privadas y los intelectuales de derecha, dados para el celestinaje cómplice, se empeñan en negar, es el instrumento más potente con el que intentan doblegar al gobierno bolivariano y debilitar la capacidad de resistencia del pueblo venezolano; con esta arma, básicamente, fue que lograron alzarse con el control de la Asamblea Nacional en diciembre del 2015.

Y, en ella, la guerra económica, es que la oposición, y por mampuesto los orquestadores norteños, cifran sus esperanzas de quebrar, finalmente, a la revolución bolivariana, pero, como siempre, menospreciando la dialéctica social, no esperaban que del mismo frankenstein que engendraron, les surgiera el preciso antídoto con el que una vez más serán derrotados: los Consejos Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), que han devenido en una extraordinaria respuesta a la crítica situación coyuntural planteada en el país y que, más allá, despuntan como réplica creativa del propio pueblo al problema estructural de la sociedad venezolana, el rentismo petrolero. No hay mal que por bien no venga. Ya veremos. 



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Miguel Ugas

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