Las tristezas de Rufino

(ENSARTAOS.COM) A pesar de tener un Presidente que lee, y buenos libros, por lo general en Venezuela se lee poco. El presidente Luis Herrera Campins también leía, pero le faltaba valor para entender los libros, le faltaba carácter para encarar las verdades de los libros. Por ejemplo, yo dudo que exista un venezolano que haya leído más trabajos sobre Bolívar que Ramón J. Velásquez, pero a la vez dudo que exista alguien más incapacitado para entender las ideas del Libertador que este señor. Toda la vida se la pasó escapando de sus verdaderos logros, de sus pasiones sinceras por la patria, de su gran fervor nacionalista. Para leer con provecho es necesario tener carácter, valor personal para encarar las verdades y un decidido empeño para hacer realidad los sueños que emanan de las buenas lecturas. Hay que leer para incendiar el mundo, para pulverizar a los imbéciles y cobardes, para salir por allí a colocar guillotina en cada esquina.

Lo mejor de Rufino Blanco Fombona es su Diario. En Venezuela este género de la biografía ha sido muy poco practicado por nuestros creadores. Los diarios más crudos y sin tapujos, han sido en Venezuela, los de Rufino y los de Argenis Rodríguez. Escribía Argenis en su Diario de 1970, el 23 de junio. “Compra de una antología de cuentistas rusos y de un libro que contiene relatos de Chejov que ya conozco. Aclaratoria: este hombre que escribe prefiere más la biografía de un hombre de acción o de intriga que la biografía de un escritor morigerado o “tranquilo” o embebido demasiado en sí mismo. Ejemplos: prefiere Robespierre a Rikke. Prefiere a Fouché a Kafka. etc. Ah, pero otra cosa, nunca leería los discursos de Robespierre y en cambio ha leído a casi todo Kafka. Tampoco, nunca ha leído las memorias de Fouché y en cambio ha leído unas cuantas obras de Kafka.- Y sigue: prefiere la vida de Stalin a la de Dostoievsky, pero no podría leer a Stalin y en cambio ha leído con gran reverencia a Dostoievsky. Nuestro hombre admira a Stalin, pero tiene a Dostoievsky como a su Dios. He llegado a una España que está en el colmo de la mariconería. La gente anda haciendo collares, criando gatos y hablando de fútbol y de Urtain.- Los pintores, los “hippis” y los vagos hacen collares y crían gatos. Y el resto habla de fútbol y de Urtain.”

Yo pasé una Semana Santa deliciosa leyéndome un saco de libros que me llevé a la montaña, entre ellos ”Dos años y medio de inquietud” de Rufino Blanco Fombona.

Casualmente, Rufino llevó cientos de páginas de su diario durante su estancia en España y el 9 de mayo de 1828 escribe este fabuloso párrafo: “La primavera. ¡Cómo turba, física, intelectualmente! No seré nunca un hombre reposado, un viejo tranquilo, un buen viejo. ¿Pero viejo, por qué? Siento los bríos que me retozan en el cuerpo y en el alma. Ya sé que la máquina de relojería empieza a claudicar. ¡Pero la vida, cómo la siento en mí, cómo la amo y cómo la desaprovecho! Aprovecharla para un escritor es, principalmente, escribir. Y no escribo tanto como pudiera. Administro de modo pésimo mi tiempo. No solo mis quehaceres secundarios de mi negocio de editor, y cartas y personas impertinentes que me quitan el tiempo, y la política de Venezuela y el porvenir de mis hijos y otras preocupaciones, me arrebatan horas y aún turban, a veces, mi sueño, sino que yo mismo malgasto la vida sin saber cómo. O sabiéndolo y no pudiéndolo remediar. Dedico las mañanas a escribir y el drama es éste: si llueve o el cielo está gris no puedo concertar dos frases: me entra desgana, flojedad de los nervios, un estado de decaimiento de espíritu que me imposibilita para trabajar. ¿Brilla un cielo azul, luce el sol? Me dan ganas de salir, de pasear. Por lo menos de asomarme al balcón y tomar el sol. ¿Canta alguna chica del vecindario? Estoy perdido. Aquella voz me emociona. Los vecinos, sin hacer nada, por el mero hecho de serlo, también me distraen: como vea por mi balcón otro balcón, otro interior, una cama, un vestido de mujer, una poltrona donde se sienta la chica, un costurerito, cualquier cosa que denuncie la presencia femenina, ya no puedo más, ya soy todo ojos y todo inquietud. Recuerdo que antes para trabajar a mis anchas y con reposo y contracción salía a caballo –y en las playas a pie-, volvía como los toros después de la suerte de varas, con menos vigor. Entonces me ponía a escribir y escribía horas enteras. ¡Y con qué facilidad! Recuerdo también, que cuando he tenido una mujer querida a mi lado, también trabajo a mi gusto después de un buen desayuno. La última mujer que ha satisfecho por entero mi insaciable deseo de amor y de placer –no confundo las dos cosas- ha sido Elena, la biarrota. ¡Qué boca, Dios mío, qué divina boca juvenil! Pues bien, con Elena a mi lado, después de una noche de brega amorosa y una mañana de continuación me sentaba a escribir y escribía. Mi mejor novela, LA MITRA EN LA MANO, la hice a su lado, así.”


jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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