Viaje al fondo de la selva de Canagonda en busca de la extinguida especie humana

Me interné muy lejos, al sur de las montañas andinas, mucho más allá del pueblo indígena que descubriera el matemático ruso Andrés Zavrostky. Habíamos oído que por allí quedaban aún algunos seres humanos, de aquellos que uno conoció hace más de cincuenta años. Atrás dejábamos las bestiales carnestolendas con locos alzados con altavoces a todo volumen en sus carros finos, carrozas cargados con disfraces horrendos peores que los propios de cada día y de cada hora; borrachos agresivos esgrimiendo sus sonrisas de fieras ex coito; las fiestas bravas con sangre desparramadas de todo bicho de uña…

Bajo un sol calcinante emprendimos la marcha. Los bellos arboles alucinantes del orumo encendían con sus hojas el follaje. Muchas lomas quemadas, incluso en lo alto del llamado páramo de las Piedras. Hasta allá llegaron las bestias a destruir las últimas reservas de frailejones en las tierras del sur. Qué impresionantes soledades, qué extensiones delirantes de belleza parecidas a las que avistaron Jehová y su gente en lo alto del monte Nebo, desde donde se aprecia Jerusalén, Jericó, Hebrón (pasando por el Mar Muerto), Herodium, Belén (pasando por Qumran), Ramallah, Nablus…

En nuestro morral llevábamos queso, galletas y harta agua para calmar el gaznate. Luego de cinco horas de caminata vimos un hilo de humo y el brillo de unas tambaleantes láminas de zinc. Era la única casa a docenas de kilómetros a la redonda, y allí había ciertamente seres humanos, todos de apellidos Mora, Belandria, Molina, Zambrano o Newman: “Sí, pase, siéntense…” Una preciosa niña de unos cinco años, de nombre Belén, con pelo lleno de moñitos parados, de lindos ojos café, nos mostró sus muñecas de trapo. Jugueteaba con una torcaz salvaje que le dejó sobre su cabeza varias plumitas, y se entregó a hablarnos de Miguel, su abuelo, que estaba en el pueblo. El piso es de tierra apisonada, y nosotros nos acomodamos bajo un alero a oír el picotear de las gallinas, el cloqueo de unos pavos, el ronronear de unos inquietos cochinos y el canto de cientos de pájaros. A lo lejos veíamos vacas sesteando a la sombra de una enorme mataerratón. Nos trajeron café y paledonia, y nos pusimos a conversar con los humanos de cosas que teníamos siglos que no escuchábamos, de aljibe, venero o naciente de agua. A lo lejos vimos en una montaña un venero con la forma de un perfecto pubis verde. Seguimos la marcha hasta una cumbre y nos echamos a escuchar el fuerte zumbido del viento. A ver, embebidos, la abrumadora soledad del supremo silencio. A sentir que no hay nada más sublime que estar uno consigo mismo sin celulares, sin radio ni televisión, sin “noticias”, sin cuentos ni melodramas. Que uno quizá esté desperdiciando la vida entre estúpidas ilusiones, que la “muerte está allá abajo”. Y en esta nada nos cogió la noche. Tiritando de frío, pero felices. Arropado con las estrellas, con la infinitud de uno mismo tanto tiempo perdida. Con miedo de bajar y volver a ser lo que siempre hemos sido. Callados y apacibles nos dormimos.

Y sin remedio tuvimos que descender para hundirnos en un río de clarísimas aguas heladas, y anduvimos desnudos largos trechos porque por allí, como hemos dicho, no hay bestias ni alimañas. Siempre con el temor de volver a lo éramos, entramos en casa de otros seres humanos, a donde residen la señora Celestina y don Luis Zambrano. Pasamos a su mesa y comimos. Servidos y allí en un patio hablamos hasta que no hubo otra luz que la de las estrellas. Y antes de despedirnos callamos durante largos minutos. Nos fuimos con unos niños de guía por entre unos cafetales y platanales, y bordeando el río dimos con el señor José Molina quien vive en una montaña con su mujer Petra, quien hace bastante tiempo fue maestra de escuela. Pero los niños han ido desapareciendo le escuché, o nacen adultos que no necesitan enseñanza ni nada, y la verdad es que ya las mujeres no paren niños sino bestias. El señor José Molina enviudó, dejó muchos hijos de verdad que ya no sabe a dónde fueron a parar, pero la naturaleza “me dio a Petra”. Hubo un tiempo, me dijo el señor Molina, en que las mujeres parían pero se fueron quedando estériles, que ha llegado los tiempos en que se han ido cerrando las escuelas, y enseñar nunca más ha sido necesario ni útil. Eso es lo que pasa, y por eso los humanos se han extinguidos. No sabíamos eso. Qué cierto.

jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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