En El Tigrito, yo conocí, no hace mucho tiempo, un personaje que todos los domingos se trepaba encima de un banco de la plaza que está frente al Liceo Guanipa y, gaceta hípica en mano, arrancaba a narrar las carreras de caballos, como si estuviera en el hipódromo La Rinconada. Aquel espectáculo se veía tan gracioso y tan real que muchos de los guanipenses lo rodeaban y de manera todavía más pintoresca hacían sus apuestas, es decir, montaban ahí calientico, un remate que para los que no conocen el término, es como una subasta al mejor postor.
Buena era la que se armaba cada vez que sin saber cómo ni cuándo, una yegua que apenas andaba cruzando el poste de los ochocientos se lanzaba contra el lote que ya casi llegaba a la meta de los mil doscientos y los pasaba de un viaje y entonces comenzaba el narrador “ yyyyyyyyy saca uno , saca dos, saca tres, saca cuatro “.
Yo sé que muchos no me lo van a creer pero había quienes hasta le daban su libre a aquella especie de Ali Khan callejero, razón por la cual una vez me dijo el doctor David Figueroa, que ni él como psiquiatra era capaz de saber quien estaba mas loco, si el locutor o los apostadores. “ Yo creo que los locos somos nosotros dos, David “, le dije un día para tranquilizarlo.
Aquel hombre tenía tan internalizado su papel que, cuando en la página de la revista, que abría al azar por requerimiento del público presente, le tocaba por ejemplo el Clásico “Fuerzas Armadas”, comenzaba con una saludadera a cuanto nombre de General le pasaba por la mente, los de la guerra independentista incluidos, lo que por supuesto calentaba a los apostadores que esperaban ansiosos el inicio del espectáculo para lanzar sus apuestas.
Todo marchaba sobre ruedas o mejor sobre cascos, hasta que un día llegó al Destacamento No. 74 de la Guardia Nacional de San Tomé un capitán, que tenía dos historias tristes en su vida. Complementarias ambas y convergentes en lo mismo. Decían que su padre había perdido hasta la casa en los juegos del 5 y 6, de maneras que a él no le quedó mas remedio que alistarse en las FFAA y para remate de vainas, ya de teniente y recién casado, su mujer lo abandonó por un cuidador de caballos de Fuerte Tiuna. Así que aquel milico lo que sentía era tirria por todo lo que oliera a caballerisa.
La primera instrucción que dió el capi fue una orden de allanamiento a todos los establecimientos techados o al aire libre donde existiera tansiquiera una sospecha de juego de caballos ya fuera legal o no. Por supuesto cayó el pobre narrador de la plaza,
y fuera un gusto revisar los archivos del diario Antorcha, para leer una especie de remitido de los asiduos asistentes a aquél centro hípico de carreras virtuales, en el que reclamaban la libertad de los presos políticos entre los que por supuesto estaba de primero aquel humilde narrador de carreras del cual lamento no recordar su nombre.
Dicen que el Difunto Edmundo Barrios, que sí era un hombre serio, se negó a publicar aquello como noticia pero tuvo que aceptarlo como remitido pagado, aunque al final casi lo manda para los avisos clasificados.
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