Viaje a Damasco en medio de vientos de pavor sobre América Latina

Siempre que dejo por pocos días mi país me dominan sentimientos de culpa, como si muchas voces me señalaran que dejo un crucial frente de lucha. Me da mala conciencia. Verdad que uno siente que está en una guerra, y recuerdo a todos aquellos iraquíes que no se encontraban en su patria cuando EE UU invadió a su país. Entonces, desde el Líbano, desde Siria, Jordania y Egipto centenares de autobuses partieron hacia Bagdad atestados de nobles iraquíes que ansiaban dar la vida por su pueblo. Hoy todos ellos, seguramente ya estén muertos. No hay como morir por la tierra de uno, por el pueblo del que venimos. Entonces me decía que si por alguna razón algo le pasaba a Venezuela en medio de tantas tensiones y amenazas, regresaría inmediatamente. Pensar así me daba un gran consuelo.

Uno en verdad que está condenado a ser lo que ha sido siempre. Uno no es bolivariano ahora, a partir de 1998, no señor. Uno no es socialista ahora, a partir del 2005, no señor. Uno nació con esa marca, con esa zambra de arrecheras atávicas arremolinadas en el pecho desde que lo echaron en los ardientes llanos del Guárico, por allá por donde parieron al general Emilio Arévalo Cedeño. Uno sí es verdad que es un maldito sin retorno. Dejaba Mérida en medio de un candente reflujo de traidores que se estaban disputando los huesos del pacto social, los sitiales claves de la batalla gubernamental contra la derecha (pero para pactar con ella), pero mi compromiso con un viaje a Damasco se hacía ya inaplazable. En Caracas, poco antes de abordar el avión, pude ver la marcha en Mérida encabezada por el gobernador Marcos Díaz contra Sant Roz. Aquella vaina era de película. La trasmitían por VTV. En el gobierno de Mérida, como lo dice el escritor Juan Veroes, sólo emplean y favorecen a los que defienden al alcalde opusdeista Lester Rodríguez (padre puta-tivo de Nixon Moreno) y a los que odian a Sant Roz. Qué cosa.

No íbamos, pues, a Siria para poseerla no con los valores de adulterados de Occidente. No íbamos como turistas (¡zape!), como investigadores academicistas (¡sacúdanse!), ni como diseccionistas de antigüedades o como lánguidos reconstructores de lenguas perdidas. Íbamos a respirar aires que en América ya están horriblemente mefíticos por esas cataplasmas de centros comerciales en cada esquina, por frívolos periquitos gringos (refracción de tetas, narices y traseros) en esa descomunal y colgante ubre de la clase media super acomplejada, y de esa boyante proliferación de mariqueras tecnológicas de punta. Eso sí, viendo el caldeado panorama que reventaba por todos lados contra Globovisión, íbamos a lamentar mucho no estar presentes para el día de su cierre. El Presidente lo había dicho muy claro, “me dejaría de llamar Chávez…”, y toda la población sentía aquello muy inminente. Con el mayor convencimiento del mundo dejábamos el país en la certeza de que aquella decisión se daría en cosa de horas.

El viaje por CONVIASA tardaría en ir 12 horas, directo. Para el regreso (a contraviento) el vuelo sería de unas 14 horas. En realidad son más horas. En nuestro caso nos tocó ir en un vuelo charter en un Airbus contratado por CONVIASA a la línea española superpiratísima Air Comet. El destino del vuelo era Teherán, con escala por supuesto, en Damasco. Un vuelo plagado de aeromozas españolas apestosamente acicaladas, muy feas, muy novatas, groseras y racistas. Una verdadera chapuza de vuelo porque allí nadie sabía nada de nada. Faltaban cobijas, faltaban almohadas, no funcionaba la luz, ni ningún aparato de los que se usa en los asientos para medio paliar la gran travesía. Aquello era una perfecta chatarra interiormente, perfecta para caribear a Venezuela. La comida ni que decir que era pésima.

Para poder salir de Maiquetía nos echamos casi tres horas después de estar instalados en nuestros asientos porque las azafatas no sabían contar a los pasajeros. Pasaban con un contador de extremo a extremo del avión, en unos casos les faltaban pasajeros y en otros les sobraban. A cada rato solicitaban por los altavoces que nadie se metiera en los baños y que nadie se moviera de sus asientos. Aquellas vainas eran propias de un circo con payasas yendo y viniendo con sus carotas bien arrechas porque los culpables éramos nosotros los pasajeros. Se les veía a las claras que odiaban a los árabes, porque además debo decir que los únicos no-musulmanes éramos mi esposa y yo. (Ya dije en un trabajo anterior que me estoy preparando para convertirme al islamismo). Lamentablemente el Airbus de CONVIASA se encontraba en reparación y creo que en hangares de Iberia, en la misma línea que hizo quebrar a VIASA. Cosas increíbles. Esa denuncia la leí por Aporrea.

Pues bien, aquello comenzaba a calentarse y el ambiente se enrarecía. Evidentemente había un descomunal desorden: unas azafatas contaban 150 pasajeros y venga a empezar; a otras les daba 148 y hubo una que contó 170. Según normas aeronáuticas, que me estaba aprendiendo allí mismo, se estipula que si en algún caso no aparece un pasajero, entonces hay que desembarcar todos los equipajes. Aquello de verdad que me parecía de pánico. Gracias a Dios que no fue así, y corrió la noticia de que sí estábamos todos los que éramos.

Pues se dio la orden se cerrar puertas, y vinimos a partir como a las seis de la tarde; como hay una diferencia de siete horas y media entre Caracas y nuestro destino, ya sabíamos que llegaríamos a la una de la tarde a Damasco, cuando allá el sol estuviera en la plenitud de su fuego.

Una vez instalados, con las cinchas apretadas a la cintura, buscamos algo con qué entretenernos; del espaldar del asiento cogimos una revista llamada “Lugares”, cuya portada estaba espectacularmente ilustrada por una modelo de altura: don Mario Vargas Llosa. Es de esas revistas frívolas que suelen estar dedicadas a misses, pero esta vez, era lo mismo, la monopolizaba toda el famoso escritor ex peruano. Aparecía el personaje en docenas de poses muy bien estudiadas, con miradas pensativas, otras tiernas y con rostros de ensoñación. Sólo le faltó aparecer en bañador. Y me llamaba la atención esto en momentos cuando el susodicho había creado un gran escándalo en Venezuela. Hacía pocos días, este genial lacayo acudió al foro “El desafío Latinoamericano”, organizado por CEDICE (dependencia de la CIA), y allí dijo que Venezuela iba camino de convertirse en una segunda Cuba. Que si bien aún no se había instalado en el país un régimen de este cariz, cree que Venezuela se acerca a este modelo. Explicó que siempre las utopías totalitarias han tratado de sustituir a la" imperfecta democracia", pero todas han fracasado convirtiéndose en dictaduras. Al tiempo que pensaba en todas estas cosas, me iba diciendo cómo es posible que también nos metan estos Airbus, perfectos caballos de Troya. Me puse a leer la delicada entrevista al sesudo intelectual ex peruano y me fui enterando pues, que el tipo tiene una exquisita manía de coleccionar suvenires hipopótamos y los tiene de todos los países y ciudades del mundo, de Bolivia, Perú, Nueva York, etc. Recordé que esta pasión es muy parecida a la de un ex famoso adeco de nombre Héctor Alonso López quien coleccionaba con enfermiza pasión elefantes rosados, y creo que tenía más de quinientos. Vargas Llosa confiesa que le encanta Londres, que le seduce estremecedoramente el estilo de vida inglés. Que además de ser orgullosamente español es también un british-man.

En estos vuelos es imposible conciliar el sueño. Uno mira al del lado, mira los techos, al que pasa, cierra los ojos, trata de pensar en algo y no ver para nada el reloj. Repentinamente aparece una luz que rápidamente va cubriendo el espacio. Se ven islas en el mar Jónico, luego inmensas montañas con trazos como cebras, y me digo que son los Altos del Golán, y en los alrededores, el desierto. Comienza el descenso, y allá abajo nadie nos espera, a no ser que le hubiesen informado al líder de la guerrilla de Hezbollah, el jeque libanés Hassan Nasrallah.

En el aeropuerto de Maiquetía mientras nos chequeábamos habíamos conocido a una joven de nombre Gina (viajaba con su madre y sus hermanas), amiga de mi entrañable camarada Luís Vargas. Pero muy pronto le perdimos la pista a Gina. Lo importante fue que al llegar a Damasco, nos conseguimos en el aeropuerto también, por casualidad, a un señor que trabajaba en la embajada de Venezuela, de nombre Himad. ¡Qué noble y extraordinario personaje!

En el Aeropuerto nos hicieron una encuesta sobre el problema de la gripe porcina y posteriormente nos hicieron un breve chequeo para ver si teníamos fiebre. Todo en regla. Avanzamos hacia la salida, para con Himad luego dirigimos a su casa. A las puertas de Damasco todavía sintiendo los mitos y las augustas historias bíblicas entre las fortalezas de los tiempos: aire, sol, desiertos. En un confortable calor como el de Calabozo en el Estado Guárico, donde Himad vivió un tiempo.

Cansados pero con el fuelle del alma a millón (con miles de horas de vuelo en el alma), dejamos nuestros macutos y salimos, invitados por Himad a comer algo. Allí en el centro de Damasco, con las calles atiborradas de jóvenes, la fiesta del verano, como si nada nos fuese extraño, como si Mérida estuviera a dos pasos de allí del pequeño restaurant donde nos encontrábamos. Mirando y sorbiendo todo en el engranaje de la memoria colectiva que nos decía: has vuelta de nuevo a tu patria. Aquí, donde surgió la dialéctica de la verdadera ciencia, la fuerza natural y noble de la poesía. Con un shawarma en las manos, con abundante ensalada y yogurt, con melocotones, cerezas, duraznos, higos, pistachos y nueces a falta de mango y piña. Aquí en este oasis del mundo sin tener que toparme con gringos ni con europeos con sus morralitos y cámaras, con sus gorritas y sus miradas prepotentes. Como un terrorista cualquiera bajo el telescopio bárbaro de los invasores que quizá nos miran desde las torres infernarles de oeste. Así, plenos de dicha, inmersos entre los nuestros hasta que finalmente fuimos a recalar en el convento cristiano de Saint Paul, con la finalidad de alojarnos, el día domingo 22 de junio. Hasta aquí, esta historia que continuará.


jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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