Fuegos cotidianos

Epopeya de la huelga y la arepa

Antonio Ledezma miró glotón y marcial la cámara 2 y de reojo la 3 y la 4. Venía de librar la memorable batalla de la huelga de hambre asistida, donde derrotó cuanta arepa le disparó el enemigo. Se sentía aromado de la gloria de Junín y Las Queseras del Medio. Sobre todo de las Queseras, obvio. Sin la mayor consideración por la audiencia -tropa que lo sigue, peló por un fajo de 30 cuartillas. El canal del globo amarillo suspiró. El general de la insomne carne mechada  se lanzó a leer su  parte de guerra.  

 Esa pieza oratoria ha de preservarse para el Archivo Histórico de la Gastronomía Bélica. Roberto Hernández Montoya debería  incorporarla a su recordada obra  titulada “Ramillete de la Cursilería Universal”.

 Un análisis semiótico de la cosa confundiría al mismo Umberto Eco, en caso de ponerse a analizar qué resultaba más dramático: si la retórica inmarcesible del tribuno, sus gestos de gesta patria, su mirada adeca de Napoleón frente a las pirámides o la cara en éxtasis de la reportera del canal belicista.

 El discurso, émulo del Juan Vicente González en su relato  del 5 de julio, parecía un pelo exagerado para la pírrica victoria gastronómica frente a una inerme reina pepeada. Tampoco había originalidad en la culinaria batalla: Bandera Roja, una y mil veces, cruzó el Rubicón de una huelga de hambre y cortó el nudo gordiano de toda arepa alzada en armas, al belicoso grito de  “Desechar las ilusiones y prepararse para la papa”.

 Es obvio que Ledezma se inventó la epopeya de la glotona huelga  para lanzarse a algo, una forma de picar adelante entre el almirantazgo oposicionistas. Por ello los mariscales de ese campo brillaban por su ausencia. Eso de ser comparsa de una suerte de Quijote adeco (perdón Cervantes) que en lugar de fajarse con molinos de vientos, la coge con una pobre arepa, no es muy prometedor.

 Lo sublime en política es letal; menos riesgoso es el ridículo. Una vez Carlos Andrés Pérez llegó a Barcelona y sólo fue a recibirlo el CES. De inmediato agitó los brazos como aspas ante lo que él llamó “una multitud impresionante”. Una noche Eduardo Fernández se fue a dormir con su cónyuge en un rancho. Cuando bajó del cerro declaró haber comido arepa, toda una revelación nacional. La relación entre la arepa y la demagogia exige un estudio serio, si las ciencias políticas quieren verle el queso a la tostada de este fenómeno.

 Ledezma habló media hora con el canal  amarillo pegado a la flama y flema de su verbo. Levantaba el dedo como Fidel, espetaba alguna palabra inextricable como Betancourt, mostraba el librito azul  –contra el que tanto luchó en las guarimbas- como Chávez. Aquello era un espectáculo digno de Sábado Gigante. Una ex pava de la coordinadora lo calificó de “surrealista, chama”. Otra, para no quedarse atrás, conceptualizó la apoteosis de Ledezma de “kafkiano, divinamente kafkiano”.

 Luego, el vencedor de la condimentada huelga,  cual Ulises cuando regresó a Itaca, preguntó: ¿Hay alguna pregunta? Ah, no, no la va a haber. ¿Es que acaso puede

Alejandro Magno retornar de la conquista de Egipto  e irse liso? Esta segunda parte del acto tampoco tuvo desperdicio. Otra dura prueba para la semiología. ¿Qué resultaba más patético, las grandilocuentes respuestas de Ledezma o las minilocuentes pregunticas (con respuestitas incluidas) que le hacían los corresponsales de guerra de los conmovidos medios criollos. En verdad, nunca una avituallada huelga de hambre y varias arepas subrepticias le habían aportado tanto al teatro universal. Grecia quedó atrás.


earlejh@hotmail.com


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Earle Herrera

Profesor de Comunicación Social en la UCV y diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV. Destacado como cuentista y poeta. Galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo, así como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (mención Poesía) y el Premio Conac de Narrativa. Conductor del programa de TV "El Kisoco Veráz".

 earlejh@hotmail.com

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