Arma silenciosa y letal

Shafik Nadal, candidato de la izquierda a las elecciones presidenciales en El Salvador, confesó que había sido derrotado por el miedo al comunismo, intensamente explotado por su adversario, el candidato de la derecha y de Estados Unidos.

La explotación del miedo al comunismo no requiere un gran esfuerzo. Esta arma silenciosa y letal anda en correrías por el mundo desde hace ciento cincuenta años, desde cuando los amos de los entonces emergentes grandes capitales comenzaron a sentir el trepidar de la naciente conciencia de los trabajadores al calor de la aparición, en 1848, del Manifiesto de Carlos Marx y Federico Engels. Ciento cincuenta años de intensa y permanente propaganda anticomunista han penetrado y sembrado en las mentes, huesos y carnes de millones de personas, de generaciones tras generaciones, las más confusas y satánicas ideas sobre el comunismo, algunas de ellas confirmadas por los errores, aberraciones y hasta torpezas de los Partidos Comunistas.

Desde entonces, los laboratorios ideológicos y propagandísticos de la gran burguesía y de sus aláteres sólo han refinado, aguzado y agregado detalles para aplicarlos en cada país y según las circunstancias. En Venezuela, la propaganda de la ultraderecha atribuye al Presidente Chávez las más estridentes intenciones demoníacas, pero la de mayor efecto es esa, la de intentar establecer un “sistema comunista”, aún a pesar de la absoluta seguridad de que Chávez no es comunista.

Ciento cincuenta años de comprobar los efectos de la explotación del miedo al comunismo como sutil y poderosa arma de la contrarrevolución, debería conducir a los factores del movimiento revolucionario a una estrategia que se afinque no sólo en intensificar la batalla de las ideas sino también en la obligar de evadir la trampa tendida al descubierta por la ultraderecha. No es necesario citar autores ni tesis, ideologías, sistemas y vías transitadas en otras latitudes para impulsar las luchas populares y los procesos de cambios históricos en Venezuela, si podemos tomar aliento de las raíces de nuestros pueblos, asumir las contradicciones y particularidades propias de nuestro país y elaborar nuestras propias propuestas sin desdeñar las experiencias de otros pueblos y otros tiempos.


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Guillermo García Ponce


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