¡Victoria opositora! ¡Derrota chavista!

Esos serán los titulares que desde ya están ordenados por los editores de primeras páginas de la prensa de derecha en todo el continente para el lunes 24 de noviembre, un día después de cumplirse las elecciones regionales en Venezuela.

Es una vieja práctica ganar en lo virtual lo que no se logra en la realidad echando mano de los recursos del poder económico. No se nos olvide que hay potencias que se precian de su indisputable poderío militar mientras pierden todas las guerras en donde intervienen. Ni que hablar de la aniquilación de mundos y galaxias enteras a manos de héroes solitarios gracias a la magia del cine. El temor y reverencia a las barras y las estrellas no tiene fronteras, todo producto de la propaganda y la semiología.

Lo cierto es que en Venezuela el próximo 23 de noviembre no se va a surtir una lid entre “chavismo” –como se repite con desdén- y oposición, eso ya está resuelto, sino entre bolivarianos y disidentes. En realidad la oposición sigue por fuera de la política (motu proprio) y le ha dejado todo el espacio a los bolivarianos. De no ser por los medios masivos que están en sus manos y la compasión que inspiran en sus pares ideológicos en el continente estos sectores en la práctica tendrían vida marginal. Su presente y futuro seguirá siendo la fragmentación. Cada opositor se siente con arrestos para derrotar a Chávez y por eso acude a fundar su propio partido, a más de granjearse unas dádivas de las que siempre están dispuestas a girar, agencias estadounidenses rendidas a no dejar morir el “hálito democrático”. De tal hilaridad está macerada la megalomanía opositora.

Por eso conviene mirar con calma lo que se oculta bajo la fiebre opositora. Son éstas, elecciones regionales, ni municipales ni parlamentarias, ni presidenciales. No está en juego el cargo del presidente, sólo los liderazgos regionales. 22 de los 23 Estados (Amazonas, tiene elección atípica) eligen sus gobernadores y alcaldes.

Del total de mandatarios estadales en juego los bolivarianos controla 16, los disidentes 4 (Aragua, Carabobo, Guárico y Sucre) y la oposición 2 (Zulia y Nueva Esparta. La oposición, ante la incapacidad para ganar influencia en las urnas tiene como estrategia mediática mostrar como propio el guarismo de las administraciones disidentes. Esas gobernaciones fueron logradas en el 2004 por la alianza revolucionaria y por desarrollo del proceso político han terminado en las filas de la oposición o jugándose un espacio disidente o fraccional. Los bolivarianos quieren dirimir ese pleito en las urnas para saber con quién están esas bases. Es curioso que un “autócrata”, como llama a Chávez la derecha, apele a la democracia para resolver asuntos de control político. En las vecindades la derecha no se para en mientes en el momento de liquidar contrarios.

Es por esto que medios y encuestadoras repiten sin miramiento ético alguno que la oposición puede ganar entre 6 y 8 Estados. De ser eso así, la oposición triunfaría en 12 o 14 de los 22 Estados en liza, si sumamos los que detenta actualmente. Cosa en rigor improbable. En el mejor de las casos la oposición mantendrá lo que tiene ahora y esto no se lo ha dado el crecimiento electoral sino la casualidad de la disidencia o el ajuste del proceso bolivariano. Hecho que tiene sus explicaciones. Mientras los socialistas rompieron con la tendencia a la atomización creando un único partido, el PSUV, la oposición va en sentido contrario rumbo a duplicar su número de siglas. Mientras los rojos ungieron sus candidatos en elecciones abiertas y mediante el voto popular, la oposición definió sus nombres sobre acuerdos o encuestas, proceso que rondó, en algunos casos, en la anarquía y la ruptura. En ese trayecto los aliados del bloque oficialista no aguantaron el ritmo y prefirieron porfiar en la negociación grupal. El PSUV optó por profundizar la dinámica partidaria a la transacción burocrática.

Ahora bien, qué puede ocurrir en los “Estados disidentes”. Hay un hecho curioso, en esas entidades el bloque revolucionario ganó de manera holgada (Aragua, 67.6 %; Guárico, 78.4 % y Sucre, 62.1 % de los votos), en la práctica la oposición que por anticipado cobra el triunfo no tuvo posibilidades reales de asomar victoria alguna. Allí, con excepción de Carabobo donde el triunfo socialista fue ajustado, 51.7 contra 48 % la contienda la va a resolver la base bolivariana. Es en esas zonas en donde el presidente Chávez ha enfatizado su acción proselitista apelando al pueblo para que éste resuelva el debate. Por cierto, la oposición se molesta que el jefe del Estado haga activismo electoral, olvidan que él es el presidente del principal partido venezolano y que el PSUV participa en la contienda. Que lo hace desde el Estado, bueno y qué dicen de sus parciales que controlan administraciones regionales y que aspiran a la reelección. Casos para citar habría en abundancia. La razón de esa queja es que el segmento opositor no tiene una figura que los aglutine y que además el presidente Chávez obtenga un desempeño de popularidad positiva, en todo tipo de encuestadoras entre el 50 y el 65 %, mientras lo sigue el propio PSUV entre el 20 y 30%, en tanto que los guarismos de imagen positiva, intención de voto o popularidad de la oposición –personalidades y partidos a nivel nacional- renta por debajo de los 15 puntos.

Que “la agresividad del discurso chavista busca intimidar al votante para estimular la abstención”. Que lo hace “porque el chavismo le tiene miedo a la participación popular”. Pues la verdad muestra que en todos aquellos eventos electorales de alta participación (Referendos revocatorios, elecciones presidenciales) cuando la votación crece, se amplía la diferencia a favor del voto socialista. Lo que muestra la historia es que a la oposición le cuesta pasar de los 4 millones y medio de votos, en tanto que los bolivarianos tienen un activo electoral cuya fluctuación ronda entre los 4 y 7 millones de votos. Y por el contrario, es la abstención bolivariana la que le permitió a la oposición lograr la única victoria (Referendo constitucional, 2007) en más de 11 confrontaciones democráticas.

En el 2004 los socialistas obtuvieron el 58.04 % (3.761.000), la oposición el 39.16 % (2.537.000) de los votos, una diferencia de 1 millón 200 mil sufragios. De las 332 alcaldías en juego la alianza roja ganó 221 (MVR 194, Podemos 10 y PPT 17); la oposición dominó en 71 (AD 39, COPEI 18, PJ 5, Convergencia 5, MAS 3 y UNT 1).

Ahora, en este 2008, todo dependerá del comportamiento electoral en Zulia, Miranda, Carabobo, Lara, Aragua y Caracas (Libertador). En esas entidades se concentra más del 50 por ciento del potencial electoral. En todas ellas, en el 2004, los bolivarianos sólo perdieron Zulia (54.02% contra 44.40 % de los votos).

Los pronósticos de la actualidad nos indican que los rojos están dispuestos a ganar el Zulia, allí la contienda puede ser muy cerrada. Mientras la oposición se ilusiona con el papel de la disidencia en Carabobo. Allí, los socialistas lo saben, está en este periodo su talón de Aquiles. En el 2004 ganó el polo bolivariano con una diferencia mínima, 51.2 % contra 48.09%; ahora va con candidato del PSUV pero tiene enfrente a un competidor que representa la tradicional impronta derechista en la zona y en la disidencia a quien encabezó el triunfo en el 2004.

En Lara la victoria fue fértil y holgada (73.5 % de los votos) y otro tanto en Aragua (67.6 % de los votos), con la anotación que en éste ultimo, se presenta como dijimos antes el ajuste de cuentas bolivariano.

Agreguemos algo de Miranda y Caracas, que toca analizarlos en conjunto por aquellas extrañas e inexplicables consideraciones que nos hace tan tropicales como folclóricos. La Caracas metropolitana (para efectos la capital de Venezuela) tiene no un alcalde sino seis. Esto es, el alcalde mayor, el de Libertador, Sucre, Baruta, Chacao y El Hatillo. De ellos las 4 entidades últimas votan por gobernador de Miranda no así Libertador. Esto obedece a que el crecimiento demográfico es más ágil y menos vacilante que la ley. Pero lo interesante es que acá el voto rojo por razones administrativas está en desventaja con el voto opositor, porque precisamente esas cuatro entidades son el autentico fortín electoral de la oposición en todo el país lo que afecta de manera grave el voto del Estado de Miranda. Sumados son casi el 50 % del potencial electoral de Miranda y sin embargo hacen parte del casco urbano de la capital del país, que no del Estado. Allí la oposición (gobernación) ganó Baruta con el 79%, Chacao 81.2 %, El Hatillo 83.4% y estuvo a punto de ganar en Sucre donde perdió 49.6% contra 50.3%. En cambio el fuerte rojo está en Libertador que no cuenta para Miranda, allí el alcalde actual obtuvo un sobrado 73.8% de los votos.

Con todo, la alcaldía mayor en su conjunto, por el peso del voto rojo de Libertador, al igual que la de Libertador misma, seguirán siendo rojas aunque con menos diferencia de votos respecto del 2004, producto no de la calidad de los aspirantes opositores como si de la deficiencia administrativa de los funcionarios bolivarianos. Que es la misma circunstancia de la cual va a depender el triunfo socialista en el municipio Sucre.

Hoy, salvo el ajuste de cuentas entre bolivarianos no hay razón para pensar que haya sobresaltos espectaculares. Todo va a depender de los efectos del cambio de postura de Podemos (oposición), PPT (disidencia) y fortaleza del bautizo de fuego del PSUV que se bate con sus cuadros regionales. Si se me permitiera una licencia de proyección me arriesgaría a decir que la hegemonía democrática va a continuar, muy a pesar del deseo de la “prensa libre”. Y me atrevo a pronosticar que la mayoría de las entidades electorales arrebatadas coyunturalmente por la disidencia volverán a ponerse la camiseta roja. Va a ser el resultado lógico de la polarización que vive Venezuela a la que la oposición en uso de su providencial inteligencia contribuye de manera febril.

marpez01@gmail.com


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