Debates para la historia: una izquierda que nunca existió

Comunistas venezolanos: 40 años más perdidos que el hijo de Lindbergh

Cierto sector del PCV ahora está molesto porque Chávez dijo que su gente no protestó a Clintón, y ellos aseguraron lo contrario. Pero hay algo que sí es innegable, y lo pueden revisar todos los que siguen paso a paso la historia reciente nuestra: EL PCV hizo una protesta pública ante el gobierno de EE UU, cuando “The New York Times” sacó una reseña en la que CAP aparecía como viejo agente de la CIA, y que había cobrado cientos de miles de dólares por trabajarle a esta agencia. Yo tengo todos los datos si alguien lo necesita. ¿Qué tal? Lo de Clinton, pues, se quedó chiquito.

Lo que aquí se llamó izquierda en Venezuela fue una mera formalidad política, sin trascendencia revolucionaria ninguna, sin verdadera preparación ni espíritu de lucha algunos, con unas muy pocas excepciones. Yo milité en la Juventud Comunista desde 1958, di un discurso en un acto con Gustavo Machado en la Plaza de los Samanes, en San Juan de Los Morros y fundé el grupo de Los Pioneros Rojos, que era un movimiento de muchachos menores de edad, que hasta un himno le compusimos, parodiando letra y música del himno de la Federación.

Con qué orgullo nosotros luchábamos entonces, verdaderamente decididos a morir en aquellos primeros años de la década de los sesenta. Mi hermano Argenis se fue a las guerrillas, mi hermano Adolfo se internó en los llanos a organizar grupos de campesinos para la toma de las tierras en el Guárico y yo me uní a los grupos subversivos que actuaban desde los liceos Gustavo Herrera y Andrés Bello (de noche Juan Vicente González). Fui echado por mala conducta del Gustavo Herrera y acabé en el liceo privado Alcázar, que concentraba la mayor cantidad de estudiantes expulsados de Caracas. Pronto el caos, que se llamaba aquella izquierda, lo minó todo. Unos bandidos asaltaban bancos y comercios para hacer negocios; los altos jefes de aquel mal llamado movimiento revolucionario nunca se fueron a la guerrilla, a excepción de Fabricio Ojeda, y fue poco a poco cundiendo un estado de confusión y desengaño que ya para principios de los 70’s se puede decir que ya no quedaba el menor rastro de izquierdismo en Venezuela.

Entonces el dirigente comunista Teodoro Petkoff comenzó a dar los pasos que Betancourt había dado en 1939, porque entrevió que para gobernar en América Latina era (lo hemos dicho mil veces y nunca se remarcará suficientemente) imprescindible contar con el apoyo de los norteamericanos. Ya Petkoff admiraba y emulaba el temple blindado del hombre de Miraflores, de quien había aprendido una cosa meritoria: no tener remordimientos por todas las mentiras que sostuviese, hablando de socialismo, de revolución política y transformación social, haciéndole llamados a los estudiantes para que salieran a la calle y los mataran como perros, o se fueran al monte a resistir sin ningún apoyo moral ni material. Aquella horrible falacia de su otro carnal, Pompeyo Márquez diciendo que la guerra sería larga, la urdieron ambos en un hotel mientras libaban buen licor y tragaban de lo bueno y de lo caro, preparando con magnates adecos y copeyanos y agentes extranjeros la más grande traición con la izquierda.

Un solo hombre se atrevió a denunciar esta horrible farsa, y fue Argenis Rodríguez con sus libros: “Entre las breñas”, “Dónde los ríos se bifurcan” y “Escrito con odio”. Más nadie alzó la voz, sabiendo que se estaba cometiendo un crimen horrible contra la patria, y en esto tienen una monstruosa culpa José Vicente Rangel, Domingo Alberto Rangel y el resto de todos los grandes caimacanes de aquella izquierda infiltrada más allá de los calcañales.

Cuando se logra esta falta de escrúpulos un dirigente de “izquierda”, está maduro para debutar como profesional en el campo del cinismo político. Petkoff y Pompeyo ya lo estaban. No fue que se hicieron revisionistas, que renegaban del aventurerismo o les interesaba la paz. No, nacieron para venderse, y su fuerte fue siempre los negocios y los pactos secretos de partidos. El revisionismo es revisarse en el espejo; ellos conocían todos los trajes de la impostura política. No necesitaban mirarse largamente a los ojos y hacer morisquetas reformistas a solas.

Petkoff cae perfectamente dentro de la categoría de los intelectuales de izquierda, que según Bakunín, intentarán tomar el poder aupándose a través de los movimientos populares de masas. Luego de hacerse conocer mediante acciones espectaculares, tomar contacto con el enemigo para dominar y neutralizar a sus grupos a cambio de dinero. Es decir, convertirse en servidores del “capitalismo de Estado”. Esa fue la evolución de Teodoro hasta que llega a ser ministro de Rafael Caldera en su segundo mandato. Noam Chomsky nos dice que es extremadamente fácil pasar de una posición a la otra. Que es extremadamente fácil experimentar el denominado síndrome del “Dios fracasado”, algo que en Venezuela veremos de manera contundente en casi toda la década de los setenta y ochenta: la élite intelectual de la izquierda se pasó casi en cambote a la derecha, aunque siguieran sosteniendo que no renegaban de Marx: Adriano González León, Rafael Cadenas, Pedro León Zapata, Manuel Caballero, Caupolicán Ovalles, Américo Martín, el propio Domingo Alberto Rangel, etc. Dice Chomsky, que se empieza básicamente como leninista y formando parte de la “burocracia roja”, que luego desde allí adviertes que ese no es realmente el poder y que entonces poco a poco fácilmente te vas volviendo un ideólogo de las derechas; que dedicas a denunciar los pecados de los antiguos camaradas, que aún no han visto la luz ni se han subido al carro del poder. Y para ello apenas tienes que cambiar, simplemente actuar bajo una estructura formal de poder diferente. En la Unión Soviética los mismos tipos que fueron los matones comunistas, pasaron a dirigir bancos, a ser entusiastas partidarios del libre mercado, elogiando a Norteamérica, etc.

El “marxista” Manuel Caballero, quien estaba ansioso por ser invitado algún día al palacio de Miraflores, para ver cómo y qué se comía allí; cómo se manejaba el poder desde esas alturas, en cuanto consiguió un pase, reconoció que estaba equivocado. Miró hacía abajo, con lástima hacia toda su generación de extremistas y subversivos que en alguna época compartieron los mismos ideales. “Así no se lucha. Así no se hace una revolución ni se transforma positivamente a un país”. Al odiado Rómulo Betancourt, le miró en su perfecta dimensión: con un “coraje físico y mental admirables”. “Rómulo –descubriría-, es nacionalista porque siempre prefiere las caraotas negras y el caviar le da rubéola.”

Poco a poco iría Manuel Caballero echándole flores a los adecos, hasta concluir que él mismo había desperdiciado su vida colocándose del lado de un marxismo que no provocaba alientos de grandeza en nadie; por el día cuando el presidente Jaime Lusinchi le haga palpar las dulzuras de los platos que se servían en Miraflores, se volcará sin pruritos hacia la exaltación del héroe máximo del Partido del Pueblo, y dirá en un artículo, en El Nacional, que Jaime Lusinchi es superior a Simón Bolívar[1].

El 5 de febrero de 1967, se produce una espectacular fuga del cuartel San Carlos y escapan los tres importantes dirigentes del PCV, Guillermo García Ponce, Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff. Los presos salieron por un túnel cuya construcción se estuvo haciendo durante más de un año. Realmente un cuento que casi nadie se creyó, porque había que ver la cantidad enorme de gandolas cargadas de tierra que tenían que haber sacado de allí, en las mismas narices de guardias y visitantes. Un estudio de ingeniería da que debió sacarse de allí más de 200 camionadas de tierra. Parece que el cuartel San Carlos es el lugar ideal de Venezuela para recrear las más absurdas y ridículas leyendas, porque realmente a estos fugados la policía ni se molestó en buscarlos; hasta tuvieron el tupé de presentarse como candidatos a diputados y senadores en las listas de Unión para Avanzar, UPA. Recordemos el sainete aquel de 1928 en el San Carlos, cuando a Raúl Leoni un pelotón de soldados lo persiguió echándole plomo por la espalda pero ni siquiera le rozaron, y en esa acción Rómulo Betancourt sufrió grandes traumatismo en el hombro derecho por los culatazos del máuser, manejado por él con inexperiencia de novato.

Aquella fuga del 5 de febrero, se produce en medio de las fiestas de carnaval, y cuando en el seno del PCV se daba una grave fractura. Pompeyo y Petkoff estaban enfrascados en responder unas supuestas agresiones de Fidel Castro contra el PCV, y planteaba urgentemente un repliegue. Realmente Fidel les había descubierto el fiambre de un negocio que tenían que las próximas elecciones, con lo que dejarían de lado para siempre pedir justicia por los miles de jóvenes que había asesinado Betancourt. Al Comandante cubano le llegaban informes que hablaban de que los dirigentes como Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez nunca se habían ido a la guerrilla y se hacían tomar fotos (que luego hacían difundir por la prensa) con trajes militares, cargando un fusil y mostrándose barbudos, pero tomadas en unas quintas de Caracas. Le llegaba informes de guerrilleros que ahora estaban ricos y haciendo tours por Europa o el Caribe, convertidos en prósperos negociantes y propietarios de mansiones y carros de lujo. Por otro lado hubo muchos de estos dirigentes que lo que deseaba era que los tomaran prisioneros, y por eso se dejaban capturar, para así sentirse más seguros. Luego pretendían dirigir la guerra desde la cárcel; cuando lograban tener harta familiaridad con los jefes de los cuerpos represivos, traficando con el asunto de las delaciones, se “escapaban” y se dedicaban a la buena vida, seguros de que ya nada les pasaría.

Surgió en aquel aciago año de 1967, el debate de que ya se hacía ineludible aceptar la derrota política y militar de los grupos alzados en armas. Que la vía era buscar integrarse en otros escenarios que le permitiera a la izquierda subsistir del orden capitalista como cualquier otro partido del sistema. Se alegaba que era para buscar un mayor contacto con los obreros, con los campesinos, con el pueblo en general, “sin desdeñar la posibilidad de dar la pelea en el mismo terreno electoral.” Por eso Fidel luego les dice: “Ah, ya sé, ustedes quieren echar los muertos al pasquín electoral.[2]” Y… ardió Troya.

En aquellos días, Teodoro Petkoff con el mayor desparpajo se la pasaba casi todos los días en el café de Ateneo de Caracas, rodeado de camaradas lechuguinos, hablando de política, de economía y pacificación. Iba de un lado a otro en un carrito fiat que todo el mundo se lo conocía, el cual estacionaba sobre la acera y a la entrada del Ateneo; para demostrar que seguía siendo rebelde lo cruzaba sobre la acera, interrumpiéndole el paso a los peatones. Cuando no estaba allí, se le veía de lo más fresco en la UCV, siempre con su pose de héroe invencible e incapturable. Nadie se molestaba en detenerlo. El último día del mandato de Leoni, con su típica viveza, se hizo detener en la Plaza Altamira. Montó así otro espectacular show: el invicto fugado de todas las cárceles venezolanas volvía a ser enjaulado. Su detención había sido acordada por el propio Caldera quien le había dicho al “legendario guerrillero” que tenía listo un sobreseimiento para que prosiguiera en libertad. Todo el mundo recordará aquella frase de su hermano Luben Petkoff, quien le contara en una entrevista al profesor Agustín Blanco Muñoz: “Mira, esas cárceles para nosotros eran como unos hoteles.”

En medio de estos debates, una frase que se escuchaba mucho mencionar era: “hay que rectificar”, e incluso la mencionaba el propio Presidente Raúl Leoni. “Hay que darle al extremismo una oportunidad para que rectifique”, comentaban con regularidad el asesino del profesor Alberto Lovera, Gonzalo Barrios.

A las pocas semanas de la fuga del San Carlos, el 1º de marzo, se produce un hecho monstruoso que estremeció a toda la nación: Julio Iribarren Borges, Presidente Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, IVSS, fue secuestrado y a las 70 horas hallado asesinado cerca de Pipe. Lo encontraron con un balazo en la cabeza, con cantidades de agujas y con quemaduras de cigarrillo en su cuerpo.

La prensa señaló como culpables de este crimen a los subversivos, a los extremistas castro-comunistas. Llamaba la atención, que este señor Iribarren no era un hombre de figuración política y que además no ostentaba un cargo que tuviese que ver  con las decisiones represivas del gobierno. Tampoco se comprende en absoluto el extraño ensañamiento con que le mataron; la sevicia conque se le torturó, metiéndole agujas y quemándole en distintas partes el cuerpo. Pronto corrieron las condenas, desde el sector de Fedecámaras, pasando por todos los partidos y llegando hasta los dirigentes de la FCU de la UCV, por voz de los comunistas Juvencio Pulgar y Alexis Adam.

Los “replegados” de la izquierda condenaron con extraordinario vigor esta monstruosidad, al tiempo que no se ahorraron adjetivos a la hora de señalar a los supuestos aventureros que habían cometido tan horrendo homicidio. Se habló con delirio crítico contra los posibles culpables, entre los que se mencionaron a Máximo Canales, a “El Loco Fabricio” (Eleazar Fabricio Aristiguieta), entre otros. Al Loco Fabricio como lo acusaron hasta los propios camaradas sin saber si realimente era culpable, la policía lo persiguió con tal saña, que a las pocas semanas lo ametrallaron si compasión. Algo que se dio con mucha frecuencia en aquellos meses de 1967, fue el ataque, tanto desde la izquierda como desde la policía, contra un grueso de los que participaron en la lucha armada, por lo que murieron en pocos días más de cincuenta de ellos. Denuncias, delaciones, acusaciones… incluso hubo dirigentes del MIR que fueron a la policía política del régimen a denunciar públicamente a muchos de sus ex compañeros, dando sus nombres y posibles lugares donde se encontraban

Luego se difunden, unas supuestas declaraciones dadas en La Habana por el extremista capitán Elías Manuit Camero, quien dice: “Nuestro movimiento decidió aplicar la justicia revolucionaria sobre Julio Iribarren Borges, alto personero del gobierno, cómplice del engaño, de los desafueros…[3]” Se quiere implicar a Cuba en el crimen, pero Fidel no vacila en catalogar este crimen de algo abominable. Él no sabe lo que realmente está detrás de este hecho, y por eso dice que “un revolucionario debe evitar aquellos procedimientos que se asemejen a los de la policía represiva. Nosotros ignoramos cómo se produjo esa muerte, ignoramos quiénes la realizaron, ignoramos incluso si se produjo de una manera incidental o accidental, si fueron o no los revolucionarios…[4]

Hay que decir, que si el gobierno cubano no fue directamente infiltrado por la CIA, sí lo fue a través de quienes con él tenían contacto en Venezuela.

Fidel Castro no entiende lo que está pasando con el llamado repliegue del PCV, y en un discurso del 13 de marzo de 1967, desde las escalinatas de la Universidad de La Habana, desenmascara la pose “revolucionaria” del PCV, de los que andan en plan de entregarse y a los que no duda en calificar de “renegados, ineptos, claudicantes, indecisos y derrotitas”. Para Fidel, esa palabrita que estaban echando a rodar de buscar la Paz Democrática, no era otra cosa que traición a la lucha armada. “Comenzó la dirección del PCV a hablar de Paz Democrática. ¿Y que es esto de Paz Democrática?” nos preguntábamos nosotros mismos, dirigentes de la Revolución Cubana. No entendíamos. No entendíamos, pero a pesar de todo queríamos entender. ¿Qué significa esto? Le preguntábamos a algunos dirigentes venezolanos. Y entonces venía la consabida y elaborada teoría de aquella táctica, de aquella maniobra, que no era ni con mucho abandonar la guerra, no, no, sino una maniobra para ampliar la base, para destruir al régimen, para debilitarlo, para socavarlo. Y desde luego, nosotros no veíamos aquello claro de ninguna manera. Sin embargo, teníamos confianza y esperábamos, a pesar de que aquello de Paz Democrática parecía absurdo, parecía ridículo, porque puede hablar de paz un movimiento revolucionario que está ganando la guerra, porque empieza entonces a movilizar todo el sentimiento nacional a favor de una paz que sólo se puede lograr con la victoria de la revolución, y entonces se movilizan los espíritus, se moviliza la opinión, se moviliza el pueblo y su deseo de paz sobre la única base posible, que es el derrocamiento de la tiranía, de la explotación. Pero hablar de paz cuando se está perdiendo la guerra es precisamente conceder la paz sobre la base de la derrota.[5]

Ante las verdades de Fidel, el 15 de marzo el PCV responde indignado y califica su discurso del 13 de una agresión cargada de soberbia que le hace el juego a la reacción y al imperialismo. El 3 de abril, Tribunal Popular sale respondiendo con largas declaraciones de Pompeyo Márquez. Fidel comienza a darse cuenta de que ha despilfarrado su tiempo y sus recursos tratando de ayudar a unos hombres que no piensan sino en entregarse, sino en pactar con el enemigo, sino en ir a unas elecciones y buscar una curul en el Congreso. Todo lo que le informan Luben Petkoff y su gente, está plagado de mentiras, de falsas batallas triunfantes y de ataques vigorosos al enemigo.

Pompeyo Márquez, muy alterado, le responde a Fidel: “La ignorancia de Castro sobre la situación venezolana lo lleva a concebir que para el PCV hablar de la utilización del proceso electoral como un medio revolucionario para conservar, reagrupar, promover y desarrollar fuerzas nacionalistas y democráticas, aislar a los gorilo-betancouritas y asestarle un duro golpe a esta camarilla agente en el poder de los monopolios norteamericanos, es lo mismo que los dirigentes clandestinos del partido se lancen como candidatos. ¡Qué malos informadores tiene este señor! ¡Y qué manera más sui generis tiene para interpretar los hechos y la política del PCV![6]

Todos estos informes hacen que Betancourt y Caldera deliren de alegría y confiesen que el rompimiento entre Fidel y el PCV debe ser inmediatamente aprovechado para consolidar la democracia representativa. Después de Betancourt, el más inflexible anticomunista dentro de AD es CAP quien sostiene que no cree en poses hacia la Paz Democrática del PCV y que lo deben hacer los verdaderos amantes de la democracia y de la libertad es segregar y aislar cada vez más a los “extremistas”, hasta reducirlos a la nada.

En realidad, con velocidad se va produciendo una gran desbandada entre los grupos de izquierda. Cae el desembarco del 7 de mayo, en Machucuruto, una “invasión” dirigida por Moisés Moleiro y Héctor Pérez Marcano. El 1º de junio son detenidos en el puerto de la Guaira, a borde del buque español “Satrústegui”, Américo Martín y Félix Leonet Canales. La verdadera versión era que Américo Martí se había entregado, era de los otros “rajados” que pasaba a engrosar las filas de los “suaves” o “blandos” del MIR.

Todo el movimiento revolucionario estaba profundamente infiltrado por la CIA. Casi simultáneamente se descubre que el llamado Comando Estratégico de Sabotaje, CES, funcionaba sin una real conexión con el Comando General de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, FALN, ni con el Comando Político-Militar urbano, y que su jefe, Adolfo Meinhardt Lares, era un infiltrado de la CIA. Meinhardt Lares fue quien asesinó y le dio el tiro de gracia a Julio Iribarren Borges.

Entonces comienza un rastreo y un mundo de averiguaciones, en los que se trata de saber, cómo y por qué había llegado Adolfo Meinhardt Lares a ser uno de los principales jefes de las FALN. Se dice que la culpa fue de Fidel, quien lo había recomendado, pero al Comandante cubano casi todos los venezolanos que han ido a la isla le habían mentido.

De aquí en adelante, la izquierda se pierde en un berenjenal de salidas y reacomodos que buscan pactar con el formalismo democrático de la derecha, con toda una terminología de repliegues, foquismo y contrafoquismo, virajes tácticos, revisionismo-reformismo, pacifismo, aventurerismo, anarquismo, caudillismo, inmediatismo, dogmatismo, improvisación, vanguardismo…

Luego en los 80’s, de lo que en una época se había llamado izquierda prácticamente no quedaba nada. Las páginas sociales de la época recogían notas en las que Julio Escalona, Moisés Moleiro y Rómulo Henríquez aparecían felizmente, libando licor muy fino con la ultraderecha[7]. Recoge la crónica rosa que Escalona decía: “- Me siento muy bien en este ambiente, mientras Moisés tintineando su inseparable scoth and water al ice, agregaba: LA EXCELENCIA DEL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS[8]”.

La falsa izquierda entonces estaba repartida en más de quince partidos y grupos políticos. Casi todos vivían de la divagación en cafés, tascas y bares de Sabana Grande. Hasta un bandido, policía y soplón como José Manzo González aparecía como gran dirigente de izquierda. Cansado de su pose volvió a regazo de su madre, CAP, convirtiéndose en su ministro del Trabajo, en su Secretario privado. El ex  Manuel Alfredo Rodríguez, cargado de carnes y de una poderosa voz de locutor, trataba de buscar un espacio en esa atmósfera gris de balbuceadotes de oficio y lo callaron nombrándolo Presidente del CELARG. Venía de una ala de de la derecha de AD, el ARS que también se hacía pasar por grupo de izquierda.

Hubo algunos que hicieron gestos valiosos como el caso de José Ignacio Arcaya, el ex canciller que se negó a condenar a Cuba a principios de los 60’s, pero que realmente era un pequeño burgués. Al poco tiempo vemos a Arcaya convertido en magistrado de la Corte Suprema de Justicia, CSJ, y dedicado a jugar golf en Lagunita Country Club.

Otro que había sido un furioso comecandela, el doctor Jesús María Casal, ex fundador del MIR y ex Vicepresidente de la Cámara de Diputados, también lo compran y lo hacen magistrado de la CSJ.

El supremo jeque del MIR, Domingo Alberto Rangel, se mete a profesor en la Facultad de Economía de la UCV. Cargaba un horrible aspecto de derrotado, aherrojado en su propia familia que estaba profundamente derechizada y que era hasta medio fascista. Fue DAR girando poco a poco hacia la derecha hasta el punto que hoy lo vemos decir que los caribes eran de ideología nazista y que las universidades autónomas representan lo más representativo de la libertad nacional cuando todo el mundo sabe que es allí donde se concentra el detritus y la sentina de lo más reaccionario de Venezuela. Hoy es colaborador del pasquín más asqueroso de la derecha actual, “2001”.

Gumersindo Rodríguez, ex mirista, acabó siendo un vulgar y repugnante perrito faldero de CAP. Siendo ministro de CAP, despachaba desde sus oficinas en Nueva York y París.

Luis Miquilena, uno de los más grandes traidores que tuvo el PCV, se hizo hacendado, se metió a negociante con el magnate Tobías Carrero con quien se robó más de 80 mil millones de bolívares, con la impresión de las tarjetas para el llamado y aprobación de la Constituyente.

De modo que lo que Chávez encuentra en 1998 es una izquierda desvencijada, dividida, pobre, plagada de pequeños burgueses que se dedican a pantallar y a vivir del cuento. Ya ni siquiera la CIA se preocupaba de infiltrarla porque sencillamente no existía. Esa es la verdad, duélale a quien le duela.



[1] Después tendrá el coraje de decir, cuando triunfe Hugo Chávez Frías: “Seguiré en la oposición, como siempre.”

[2] Discurso de Fidel Castro en la reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, OLAS, el 11 de agosto de 1967.

[3] Agustín Blanco Muñoz, Venezuela 1967-1968 Lucha Armada y Juego electoral, tomo VIII, UCV-Caracas (Venezuela), 2004, Cátedra Pío Tamayo, pág. 27.

[4] Ibidem., pág. 43.

[5] Agustín Blanco Muñoz, Entrevista a J. R. Núñez Tenorio y Douglas Bravo, UCV-Caracas (Venezuela), 2004, Cátedra Pío Tamayo, 1977 y 1978.

[6] Pompeyo Márquez, Insólita Agresión de Fidel Castro al PCV, Caracas (Venezuela), separata, 1967, pág. 13.

[7] Revista ZETA, año IV, No 304, 6 de enero de 1980.

[8] Ut supra.

jsantroz@gmail.com

 




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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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