Me permito proponer, desesperado, una nueva misión

Cuando aquí éramos cuatro gatos y gatas, se formaban empero unas colas que, guardando las proporciones, eran también endemoniadas. Las colas por tanto se hicieron parte de nuestra cadena de ADN y hasta de COPEYN también.

Y por parte de éste que está aquí, colas ha tenido que hacer, desde chiquito, por nunca haber disfrutado, ni de mensajero, ni de chofer, ni de espaldero y, ni siquiera de novia amantísima, que tuviera la tierna gentileza de hacerlas por él. Es más, tenía que hacerlas por ellas como prueba indubitable de amor, y, hasta para tenerlas “mesmo”, tendría que hacerlas, porque tenía tan buen gusto que siempre se empeñaba en unas tan bellas, pero tan bellas, que había que verles sus respectivas y kilométricas colas de pretendientes que siempre estaban como caimán en boca e`caño.

Pero lo que es éste que está aquí, la verdad es que nunca se acostumbró a las colas y por eso ha sido tan desventurado en esta vida. Ya está pensando, con seriedad, que las odia y sin ser en absoluto dado a la abominación. Y, cuando no las hace para cualquier cosa, siempre celebra con mucha emoción la buena nueva, echándose incluso unos guarapazos, porque en esta vida, estima, que todo no puede ser rigor. Y me ocurrió en estos días, precisamente.

Fui a un banco a una diligencia no mía, sino de una vecina muy ocupada y en una cruzada personal propia de trabajo voluntario, como para conmemorar al mismo tiempo los ochenta años del nacimiento del Che, con una carta de ella ordenando cancelar una tarjeta de crédito adicional de un hijo suyo, cuya anulación había sido solicitada, dos años antes, sin que se tramitara por parte del banco por nada del mundo, y con prueba preconstituida y demás yerbas burocráticas. Para más fortuna, ¡NO-HA-BÍA-CO-LA! y me dije: ¡ay, papá, hoy como que me sale celebración! Pero no… Fue un espejismo. Cuando hablé con el burócrata del banco (que por cierto me haría recordar mucho a Eduardo Fernández y a Juan Manuel Santos por la solemnidad tan inútil de sus respectivas entonaciones catedráticas de ocasión) me puso tantos obstáculos, para solventar una cosa tan nimia -y donde el yerro había sido de la propia institución por no haber cumplido la orden previa-, que su culpa institucional la quiso transferir, de manera insolente hacia mí como trabajador voluntario, diciéndome entonces, y en continuo tono eduardosantérico, que la señora debía venir en persona a solucionar tan peliagudo problema y que, por tanto, yo había desperdiciado la energía de mi trabajo (voluntario) e incluso hasta la relajante posibilidad de celebrar.

En síntesis, me sentí pelado por el chingo, pero agarrado por el muérgano del sin nariz… Y me dije, víctima seguro de una subida de tensión arterial, que es mi especialidad dentro de otras patologías que me ornan: ¡esta mierda no tiene compón! Y me fui con mi frustrada expectativa de celebración, para donde ustedes bien saben.

Entonces, señor Presidente, éste que está aquí le propone, con el debido respeto y comedimiento, por supuesto, la creación urgente de la “Misión Contracolas y Contra otras Anomalías Existenciales y Torturantes de la Vida Simple (MICONAETVS)”.

¿Y en qué consistiría ella? Bueno, en designar un equipo interdisciplinario (economistas, abogados, sociólogos, psicólogos, psiquiatras, filósofos, historiadores, técnicos en el manejo de camisas de fuerza de última generación, políticos, militares, pendejos anónimos como yo y todo cuanto especialista quepa en ella, porque los necesita) para analizar sus históricas y verdaderas causas, las causas eficientes para que se formen para cualquier cosa, pues, e inventar en consecuencia las soluciones efectivas a que haya lugar, para incluso prepararnos, con todos los hierros, para el “reimpulso económico” que requerirá de mucha productividad en el trabajo, que, no debería nunca fugarse, por el agujero de la necesidad de cada quien de tener que hacer colas para todo lo personal, teniendo así que descuidar su trabajo y utilizándolo incluso hasta como excusa para separarse de él y zanganear, y que, pudiera ser a propósito, una de las causas posibles generativas de ellas. Lo cierto es que por las colas se desangra la productividad de nuestra economía. Porque las colas constituyen, con toda certeza, una anomalía social por ser discriminatorias incluso y, por tanto, inconstitucionales, y que debieran ser un objetivo -no sé si hasta militar- de la Revolución. Los ricos y los corruptos -y valga el ejemplo, señor Presidente- no hacen colas. Tan así de simple ¿Habrase visto? Hacemos colas sólo los que en la cuarta llamaban, y peyorativamente además, pendejos. Estoy seguro que el “Sócrates de Caracas” me apoyaría; o mejor, lo apoyaría yo a él, porque seguro que se le hubiera ocurrido ese invento para no errar…

Mire, señor Presidente -y le ruego no vislumbrar esto como una potencial claudicación- pero en el imperio, no se hace cola, y cuando se hace camina tan rápido que uno tiene que correr detrás del que está adelante, para que no se le coleen. Y por una sencillísima razón: porque si allá tuvieran que hacer colas, para todo, y sobre todo colas tan cachazudas como las nuestras, no fueran imperio, y, si lo fueran, sería de pendejos también. ¿Nos vamos a continuar diferenciando entonces del imperio en esa tan importante “pendejada”? No creo que valga la pena. En esto debemos ser más bien como el imperio. ¿No le luce lógico?

Mi proposición entonces, en nombre de la caridad y de los millones de pendejos víctimas de la cuarta, en tal iniquidad, es que lo piense, señor Presidente, que si logramos arreglar ese problema de las colas, ¡mire!, habría revolución aquí per sécula, y no sé si hasta seculorum (todo depende de la dependedera), y pudiera ser incluso hasta un histórico “tiro al piso”, porque la revolución se nutre también, de manera vital, de la solución efectiva de las cosas tontas… En apariencia, camarada Presidente… En apariencia, tontas.

Reciba un afectuoso abrazo revolucionario.


crigarti@cantv.net


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Raúl Betancourt López


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